SOÑÉ QUE COMPARTÍA EL MISMO SUEÑO

 

No tengo nada que escribir sobre cómo estoy sufriendo esta gran crisis, el confinamiento, la vigilancia, la anulación del individuo y la supresión de garantías civiles y libertades; nada que comentar sobre  la depresión post-COVID 19 y el nuevo orden mundial que se avecina, salvo que nada me sorprende ya. Supongo que lo llevo como todos: a días… pero a cuento viene rememorar algo sobre unas alas de mariposa y un sueño que una vez compartí, y del que, por significativo, os quiero hablar.

Érase una vez una niña poco osada y no muy valiente a la que su abuela la mandó al manantial a por agua. No estaba segura del camino, pero era obediente y silenció sus temores y dudas. Su abuela, que se percató de inmediato, aumentó su confianza sugiriéndole que si se perdía siguiera a las mariposas. La niña, convencida por la abuela, partió con sus  cinco primos a los que dirigía, pues era la mayor. No tardaron en perderse y la niña, para que sus primitos de diferentes edades no  percibieran su miedo, improvisó una historia que les fue contando por el camino.

De cuando en cuando el más pequeño, ya cansado, le preguntaba cuándo llegarían a tan inalcanzable fuente y la niña siempre le contestaba, cuando vengan las mariposas.

Caminaron tanto que la niña temió que  empezaran a rebelarse  y a cuestionar su autoridad. Prolongó el relato hablándoles con toda la despreocupación que el llanto contenido le permitió. Para su sorpresa,  ninguno de los niños dudó de su habilidad para hallar la muy  valorada fuensanta. Pero hacía mucho calor, los botijos pesaban y estaban sedientos. Se reprochó su inocencia y en silencio imploró un milagro. Entonces, repentinamente, uno de los primos exclamó: ¡Una mariposa! Ella reconfortada ordenó: ¡Sigámosla! y sonriendo les dijo: ¿Lo veis? han venido a buscarnos. Al paso se vieron rodeados de decenas de vistosas mariposas que aleteaban tan cerca que les producían  cosquillas. Así, entre carcajadas y acompañados por ellas llegaron al límpido manantial y todos lo festejaron con un buen chapuzón que refrescó su regreso.

La niña creció y aquella experiencia se transformó en vívido sueño. Un sueño que nunca olvidó pues le aportaba una confianza en la naturaleza que entre los hombres no hallaba.

Al parecer había demasiada gente en el mundo. Sobrábamos muchos: gente indiferente,  invisible y a la que ningún poder echaría de menos. Entre esa gente figuraba la niña ahora convertida en mujer. De modo que si desapareciera, nadie  la extrañaría hasta el punto de enloquecer. Digo mal, salvo su madre y abuela. Aun así, daría lo mismo. Ellas también figuraban entre los invisibles.

Con la hipótesis de su desaparición, la vida que de ellas concibió, el mundo que juntas idearon, que vosotros desconocéis y que yo podría contaros al detalle, también se disiparía. Pero ¡qué más da! Sólo  se iría un sueño entre tantos más. La utopía bobalicona que nunca cumplirán: una por joven, la otra por adulta y la siguiente por demasiado mayor. El alma de tres soñadoras que en la grandeza de su feminidad nunca perdieron su particular fe en un  mundo natural lleno, digámoslo así, «de flores y mariposas». Un mundo  mágico que defendieron hasta desfallecer, aunque nunca pudieran demostrar la utilidad de su fe. Perdidas las tres generaciones en lo que muchos consideraban la  “necedad” de la fantasía, naturalizaban los sucesos de su acontecer diario y, cuales seres socialmente enajenados que nunca aprendieron de qué va este mundo, el mundo donde menos es más,  prefirieron sobrevivir con las alas rotas a aprender siquiera su política como los demás.

No hace mucho tiempo que descubrimos la importancia del otro en la preservación del ecosistema; sea natural, sea social, sea psíquico, sensorial  o espiritual. Así que yo aprovecho mi hueco aquí para aportar diversidad y, como espíritu avisado, hago acopio eidético de mis recuerdos, reduciendo la fenomenología sin perder la inteligencia exigida, tanto por los que sólo quieren ver «memes» para olvidar, como por los que ansían encontrar determinado contenido. Es decir, los que prefieren clamar por el cambio a escapar desoyendo o ignorando; los que saben  que estamos a tiempo, pero también que no hay opción de demora, pues el reloj se agota; los que armados de fe en el porvenir denuncian la necesidad de acometer un cambio sin precedentes y que  en el fondo todos, incluso  los menos visionarios, deseamos.

Claro que sí, hace muchos años existió una niña osada y muy  valiente a la que su abuela le hizo creer en la magia de la naturaleza que esconden las alas de las mariposas. De ese sueño se forjó un cuento del que muchos se rieron y se reirán. Sin embargo, sabed que hasta los cerdos y los peces creyeron en su sueño y por eso he querido contarlo. Nada más.

En nombre de ella, yo os digo que el mundo se ha perdido un gran sueño conciliador y ese sueño, como el de tantos niños y abuelos desaparecidos, era vital para el destino de la humanidad y del planeta. Pero no hay nada que temer -¿verdad?- puesto que todo apunta a que el momento del deseado cambio ha llegado.

Desde su óptica no es necesaria por tanto la revolución, ni tan siquiera el riesgo de jugársela como yo a pares y nones en este preciso instante, pero sí  que requiere recuperar esa inocencia perdida y participar de la fe que ella y su familia demostraron  en aquella ocasión tan especial, en la que, unidos como nunca, pudieron disfrutar de una comunión con la naturaleza sin igual.

 

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