Bitácora I.-V

Luces en la espesura.

DE NUEVO SIN MÁS

Eran las 6 de la mañana. Me levanté totalmente desvelada, me vestí y, sigilosamente, salí  del camarote dirigiéndome a cubierta. El fresco de la madrugada me sorprendió sin el abrigo adecuado. No le di importancia. Quería pensar, estar a solas conmigo misma y disfrutar de cada uno de mis pensamientos, puesto que ahora tenía la certeza de que eran míos. Mi único deseo en ese momento era despedir a mi ángel y dar gracias al universo por tan dichoso amanecer.
Esa vez no desperté  por desasosiego, sino  por impaciencia. Tenía unas ganas tremendas de recuperar el tiempo perdido y vivir el nuevo día con todo el vigor que mi ser me permitía, ahora que sabía que este ser y sentir, tan problemático  para Ilan por intenso y para Iván por tenso, era en definitiva lo mejor de mi existencia. Me dirigí a proa. La mar estaba picada. Me aferré al quitamiedos y observé como reventaban las olas ante el avance del barco.
A pocas millas se atisbaban las  luces del puerto de Alejandría; como yo, expectantes  a un amanecer  todavía adormecido. Mis ojos tuvieron que reflejar inmediatamente la belleza del instante, puesto que se encharcaron.  A mi memoria llegó entonces el recuerdo de otro mágico despertar: el amanecer de Stonehenge.
Un repentino escalofrío recorrió mi cuerpo y el enmascarado de mi sueño adolescente reapareció…

____

—¿No tienes frío? _Me preguntó arropándome con su cazadora.
Me dejé abrazar sin sentir ya temor ni sorpresa al tiempo que le anunciaba:
—Mira, ya se divisa el faro de la mítica Alejandría, guía de navegantes descarriados y…
—el momento perfecto para pedirte esto. _Interrumpió, retirando por completo la máscara de su rostro. No me sorprendió descubrir  quién era.

Atónita y todavía nerviosa, pues tenía la vivencia psicótica o esquizofrénica demasiado reciente (nunca obtuve un diagnóstico claro) no supe si reír o llorar. En mi mano había depositado el anillo perdido. Después, mostrándome una amplia sonrisa que me tranquilizó, resolvió:
—Al fin y al cabo, tú y yo tenemos los mismos centinelas del sueño.


La vida es sueño… (ya lo dijo Calderón).
(23/Abril/2019)

… y los sueños ya sabemos lo que son.  Desperté del mío musitando en silencio la reflexión final del autor y en completa paz.  Lo único que seguía oyendo ya era mi pensamiento.  Mi paso por los infiernos había durado demasiado tiempo. Ya nadie, ni el mismísimo Dante, me regresaría a ellos.  Mi sueño de juventud había concluido. ¿Alguien lo ha cumplido en verdad? Me encogí de hombros.

Unos segundos para desperezarme en la cama y me levantaría decidida a terminar el cuaderno. Obviamente el deseado final, augurado de forma tan enigmática, no se había materializado y quizá jamás lo haría, pero ya no había razón para seguir prologando el manuscrito.
De todos modos, en algún momento tenía que concluir. Qué mejor momento –pensé– que terminarlo ahora con la resolución ficticia del  misterio que lo comenzó.  A  fin de cuentas, accionar el universo  mediante el poder de la palabra escrita en un blog para favorecer el cumplimiento de aquel sueño, y demostrar así su sincronía y nuestra capacidad de sintonización, siempre ha sido  la finalidad de este experimento y  mi gran empeño. No comprendo otro modo de caminar.

Pero mucho antes Sócrates anticipó el remedio a su sinrazón.
(24/Abril/2019)

Quien practica el conocimiento de sí mismo se gobierna solo y enseña cómo. Es el origen y fundamento de cualquier filosofía.  Cualquier profano como yo lo sabe.  No obstante, por enriquecedora que resulte esta máxima no quisiera concluir el presente testimonio con la palabra de otro.  Así que a este respecto solo añadiré mi réplica a la sentencia más determinante que sobre mi «delirio» –mi diálogo interno– se ha dictaminado:

—Diagnóstico—

Dd =Patología psicótica con Ddx residual de fenomenología esquizoide leve y episódica.

  • Factores sociales asociados: 10 puntos.
  • Sintomatología clínica e historial: resistente.
  • Encefalograma: rigurosamente normal.

Tres puntos que indexan correctamente el presente cuaderno.

Soy buena atleta, lo suficiente como para saber que sin voluntad o ánimo nunca se gana. Correr  por obligación en esa pista  ha sido mi carrera más dura.

—Ida en ambas monomanías—

¿Diálogo inconsciente? 

Nuestros escritos no eran del todo delirantes,  aunque el intelecto lo fuera y el suyo estuviera dominado  por una obsesión sentimental o el mío por una  idiopatía mística.  En apariencia el escrito de dos chifladas,  pero juntas sabíamos que los textos contenían cierto mensaje y  una verdad secreta que para nosotras negaba el puro delirio y nos mantenía a la expectativa; idas en la  monomanía.

Tras la lectura de los escritos de Nobra empecé a entender su obsesión desde su propia subjetividad. Sus poemas  constituían el relato de una espera desesperada cuyo fin clamó al cielo.  El lamento conmovió a los mismísimos ángeles, quienes  le animaron a perseverar  confirmándole  la promesa de ese amor verdadero.

Pero ¿cómo interpretar la megalomanía de los míos? Ante el anuncio del advenimiento de una nueva cristiandad en la que yo era  uno de sus profetas me limitaba a callar sin ocultar mi recelo; preguntándome lo mismo que ella: ¿cómo  la razón y consciencia no impidieron en su modestia el desarrollo de un delirio de componente espiritual, intelectual y emocional semejante?  Y lo que más me intrigaba,  ¿cómo no entender el delirio como simple fantasía  dentro de la madurez adquirida? Una madurez conseguida con creciente escepticismo y no carente del juicio crítico necesario para reprimirla.

Nobra solamente me recordó lo que ya sabía: la promesa que de niña me hicieron las monjas, sugiriéndome que tal vez aquella promesa ahora se estaba cumpliendo, pues en cierta medida ella también sospechaba que  la conversación imposible con el alma de mi padre  que tanto deseé en mi infancia y juventud estaba sucediendo.

Ubiqué la razón en los 24 años. Edad en la que conocí la frialdad de la muerte. Nunca olvidaré mi desgarrada y dolorosa negación en el momento de enterrar el cuerpo sin vida de  mi hermano aquel fatídico día de septiembre.  Aquel trágico día un  pensamiento madurado con años de estudio quedó sepultado también. Tras mi desmayo  en el cementerio –asistido por  Nobra desde luego–  no volví a  ser la misma.  Si llegué a  asumir el vacío de mi hermano fue con un gran sentimiento de culpa. Algo que todos disculparon  como una reacción normal ante la muerte y justificación en la que no encontré consuelo alguno.

La noche  que Mingo se fue yo oí su mensaje, clara y nítidamente.  Sin embargo, tardaría mucho en entender la naturaleza del estado que me estaba anunciando; sentir que  Dios pasa a través de ti y te induce cierta hiperconsciencia cósmica   descoloca  y, cuanto menos, te introduce en la  Interrogación.

A partir de esa experiencia inicial mi misticismo –si es que lo poseía– aumentó y empecé a sentir la necesidad de confirmación en los demás. Años después comprobaría la certeza del anuncio de mi hermano y accedería a ciertas «regiones» de las que obtuve harto conocimiento  e información sobre mi vida y persona. Aprendí el «lenguaje». Yo había recibido el llamado, pero el  acceso era universal; todos  podíamos percibirlo  aunque no quisiéramos escucharlo. Acabé definiendo el contacto o la comunicación   como  estar en sintonía; expresión más acorde con la sensibilidad de nuestros tiempos.

Así es, mi  historia es increíblemente real, contrafactual diría, y ampliarla contando su capítulo sentimental no  la vuelve más veraz; el  incauto plazo pactado,  con solo Dios sabe quién, no hacía mucho que había expirado, pero estaba resuelta a no dejarme  confundir  ya por inclinaciones del momento y caí en un  gran letargo emocional. Sin pasiones no hay intrigas y el paso de los  días se hace menos duro y difícil.

¿Por qué sigo perseverando entonces? porque lo que  verdaderamente añoro es la conexión universal  que  mis ángeles me hicieron sentir en Fuerteventura. Hacía tiempo que presentía que no eran ángeles sino las voces de mis seres perdidos más queridos: mi hermano y a los que nunca pude conocer: mi padre y mi abuelo, y hacía tiempo que deseaba repetir con ellos la experiencia;  reconectar   esa sintonía y escuchar la sinfonía que el propio universo había compuesto para mí.

Una vez más me escuchasteis:
—No insistas más, no lo resistirías de nuevo _Reconocí al abuelo.
—Debes continuar con tu vida y dejar de vivir la nuestra _Argumentó papá.
—Es cierto. Has pasado demasiado tiempo con nosotros… No te preocupes lo entenderás todo _Añadiste tú, Domi.
Lloré. Os estabais despidiendo y no quería. No todavía.
—Tu súplica no será desatendida: tendremos una segunda oportunidad. _Un mensaje final cuya concreción  enseguida comprendí.

En ese instante me percaté de que ya no se estaban comunicando con palabras. Ya no se necesitaban. La conexión con ellos era absoluta y el entendimiento también.  La conversación duró  tan sólo unos segundos. Sin embargo la información  que obtuve  sobre el Thánatos en esos escasos segundos  fue  infinita.  En contacto con ellos descubrí  que el más allá  y el más acá estaban realmente unidos. Dos dimensiones existenciales  sin más separación que la físico-material, entre las cuales y  una vez conectadas la muerte perdía por completo noción y sentido. En esa  concesión de perpetuidad que me permitió seguir disfrutando de mis seres perdidos, oírlos y percibirlos  con las misma  fuerza  e intensidad que de  vivos, cifré la eternidad.

Con todo, resulta curioso comprobar cómo la tragedia condiciona nuestra comprensión del mundo.  Un mundo gnóstico por naturaleza y agnóstico por evolución, pero en el  que ante ella la mayoría optamos por el engaño – ¿de verdad hay que llamarlo así?–  y seguimos refugiándonos en la creencia  de la existencia de una vida más allá de la muerte que justifique tanto sufrimiento y sacrificio. Y es que de la manera que nuestro antropocentrismo –y quizá debiera decir también futurismo– lo permite, seguimos y seguiremos reafirmando el gnosticismo como verdad suprema o certeza inherente a nuestra naturaleza. Es precisamente esta consciencia la que nos hace sentirnos  algo más que animales evolucionados o ¿no?

Concluí mi análisis optando por una enajenación mental transitoria, una enfermedad  imaginaria solo posible desde una fantasía infantil que consolidé al ser corroborada de alguna manera en sucesivas experiencias… No obstante, la cuestión prosigue: sabemos que actuar  de forma inherente a nuestra esencia, es decir, como seres racionales de pensamiento científico es sin más lo correcto, pero ¿qué estamos haciendo con la razón espiritual?  

Pese a  la  madurez de nuestra civilización seguimos siendo arrastrados a la necesidad de creer en que tiene que haber algo más que esta vida, y  curiosamente  ese algo solo podemos concebirlo como una existencia postmorten más allá del recuerdo de los que nos sobreviven y una oportunidad de  reencontrar  los seres perdidos. Ilusión lamentable para algunos, para otros, verdad a la que nada hay que añadir u objetar.

Ya lo he dicho. Definitivamente, me reconozco gnóstica, pero no creo en las  iglesias, lamento la cruz y  condeno la ‘guerra santa’. Mi religión es ecuménica, de todas participa y en ninguna se asienta. Si he visto la luz ha sido sin sermones  o, lo que es lo mismo,  sin burka y sin tacones. Yo haré lo que tenga que hacer con ayuda de mi razón y del nuevo sentido adquirido. 

Sé que un compromiso con el mal nunca es viable, que con la negación de la libertad y de la individualidad no cabe coexistencia alguna, y  que tres tumbas para un alma joven son suficientes. Pero  sé algo más, que son los acontecimientos más nimios los que escriben en realidad nuestras biografías. Ocultan un trasfondo que va  cobrando sentido a medida que avanzamos en el camino. En esa ruta no hay nada malo en interpretar y seguir las señales,  creerse merecedor  de orientación divina y apto para lo que se nos revela. Desde mi punto de vista esta fantasía es preferible a pasar el resto de nuestros días entre buenos y malos momentos sin tener idea de cuál es la meta. 

El mensaje sobre la vida en este mundo está para mí aclarado.  A pesar de la nueva mentalidad  descrita, y de la que tanto nos jactamos, el mundo no ha cambiado.

Experimentar la “locura” te enseña a aprender a leer eso, la vida con una lógica en la que nada pasa desapercibido y por la que merece la pena dejarse llevar: la posibilidad del hombre de vivir en sintonía universal.   Y un corazón con fe escucha siempre esa sinfonía.

Y si a pesar de mi coherencia por enajenada sigo siendo tomada, señores, me importa un bledo.
(25/Abril/2019)

Con esta  conclusión doy  fin a mi  travesía por  ese  país que  no  requiere del mundo: el onírico, y con la misma independencia, con esa libertad aprendida, apunto  aquí mi tesis sobre la locura. Es más, puesto que el derecho de autodeterminación  no solo asiste a los pueblos, apelo al mío para hacerlo con grato desenfado y soltura.

En mi opinión, el viaje  tan solo discute y evidencia la sinrazón de la existencia. No obstante, resolver cómo mi inconsciente se hizo consciente es un arcano del que lo único que puedo afirmar  es que se sale y regresa de la misma manera: bajo una fuerte presión emocional.

Seguramente Freud hubiera dado al relato la altura científica que necesita, pero me temo que hubiera estado demasiado ocupado con  su  quimera como para ofrecerse a comprender la mía. Imagino la secuencia del diván y le veo obsesionado en ella, proyectando sin remedio el juicio de su propio delirio en el mío.

Sigmund Freud sostenía que la interpretación de los sueños era el camino más efectivo para descubrir el conocimiento subconsciente –nuestra sabiduría más hermética–.  Entendiendo la individualidad bajo el condicionante de especie, colectivizó sueños y delirios. Las bases de la psicología actual, que explican la locura de una sociedad como una perversión de la imaginación colectiva, quedaron entonces conformadas y se asumieron también para el individuo.

De la locura, lo que mejor distinguimos son las causas y consecuencias. Estoy pensando en el hecho histórico más conocido y estudiado: el nazismo; el  mejor ejemplo  individual y el peor delirio colectivo que hemos  sufrido.  Sabemos que Hitler, el mayor loco de todos los tiempos, no fue más que el catalizador más megalómano del antisemitismo reinante en la Europa de los 30, y que  la gran aberración del régimen  (el Holocausto judío)  se produjo por extensión o contagio de su delirio;  qué más decir del miedo…

Pero no podemos quedarnos ahí.  Aún detectando  entre las causas  cada uno de los múltiples factores sociales asociados, justificándonos exclusivamente en razones conscientes no entenderemos la magnitud de aquella inmensa locura. El hombre interacciona  de forma particular.  Sea desde el consciente, sea desde el subconsciente, cada vivencia es única y cada delirio, como expresión inconsciente de esa vivencia, también.

Sabemos, por tanto, qué es y algún porqué, pero casi nada del cómo y menos aún del para qué.  Si algo expresa el presente cuaderno es la necesidad de descubrir ese para qué. Lo introduce su prólogo y la condensa la atmósfera de sus 5 entregas.

A través del estudio de su propia psique, Freud descubrió el camino, pero no consiguió solucionar las enajenaciones de los demás, porque ésto es imposible. Solo un loco posee todas las armas que necesita para luchar contra su propia locura. No podemos pensar por los demás, por muchos psicólogos que así lo pretendan. Únicamente conseguiremos iluminar algo el camino. La curación del loco está en el propio loco y para ello el loco debe ser consciente de su locura, querer curarse y saberse escuchar. Es decir, aprender de su delirio inconsciente. Lo cual no es fácil.  No hablamos de la misma locura en una persona  que está loca y no lo sabe a la de otra que se la cuestiona.

Los ‘cuerdos’ llaman locura al mecanismo que los ‘locos’ utilizan para curarse a sí mismos de algo que no les deja estar en paz.  Desde mi enfoque, la locura es un  claro y necesario desahogo de  pensamientos, sentimientos y actuaciones  reprimidos; la expresión inconsciente de nuestra experimentación más fronteriza y silenciada que en beneficio de su propia cura  emerge en forma de delirio,  y aquí Freud tenía razón; vaciando el subconsciente, limpiándolo, conseguiremos al menos prevenir la enfermedad mental. Solamente un loco intentándose curar, intentando comprender su delirio, lo habría descubierto.

La locura es una enfermedad inherente al ser humano y a su sociedad.   Esto no lo he dicho yo, pero en mí se confirma.   Haya exceso de dopamina o de inconsciencia es al mismo tiempo debilidad y fortaleza del alma.   Son las experiencias traumáticas las que conducen a ella, el recurso que nos queda es reforzar  el sistema inmunitario  con nuevas armas intelectuales hasta dar con la raíz del problema y, de paso, reconsiderar el paradigma sociocultural de un mundo mal globalizado.

Sabemos también que aprendiendo de la Historia no repetiremos los mismos errores. Con la locura sucede lo mismo. Su práctica –aprender del delirio– funciona.   Aunque mi voz haya quedado quebrada, abrir la «caja de Pandora» me ha salvado de la más completa enajenación y he podido reconocerme de nuevo en la sociedad como una más, coherente en mis acciones  y consecuente con mis decisiones.

Desde un sentido vital diferente, he observado que si la locura no deviene por genética, lo hará por destino.  Ya lo he dicho, nada ocurre en balde; todo tiene una finalidad, la enfermedad también: se llama evolución. La vida –siempre más sabia y honesta–  decide el camino.  En mi caso el destino ha ganado la partida también en este sentido. En consecuencia, con la línea paterna de  mi estirpe desaparecida me declaro bicho raro en extinción, de ADN relevante para el mapa del génoma humano, pero sin posibilidades ya de transmisión.

Así las cosas, con «audífono» o sin él:  hipo- e hiper-consciente, -realista,  -soñadora o  -reactiva, doy por resuelto mi trastorno mental. No mi locura. No deseo contradecir a mis maestros en sus máximas, pero sí oponerles con cierta rebeldía mi existencia más extrema en respuesta. 

Si  no les parece suficiente argumento de tesis, permítanme elevar la pregunta que todos nos hacemos como estandarte en la defensa:  ¿Acaso hay alguien a quién la locura no se haya presentado en noche oscura?

Me expreso en ella como la sueño, percibo, interpreto, disfruto y sufro.
(–/–/2019)

Cuando recuerdo Fuerteventura no puedo dejar de pensar en ese viaje: las adelfas; la sintonía, el reverdecimiento de aquella rosa; mi propio tanatorio y el experimento del trébol; el recuerdo de esa mirada interceptada con la promesa del reencuentro cumplido si regresaba; la plenitud del contacto con mis seres perdidos más queridos… ¿anuncios, premoniciones o alucinaciones?, ¿profecía?

¿Qué fue lo que aquella gitana vio en mi mano: mi vida o la historia que escribiría; el relato de una espera larga y demente: mi autobiografía?

Probablemente nunca hubiera concebido este cuaderno si no me hubiera cruzado con ella. Tampoco lo hubiera escrito sin la intercesión de mis ‘ángeles’.  No de esta manera. Pero lo cierto es que aquella misteriosa mujer provocó con sus palabras [… ] mi delirio y desde entonces viví esperando su cumplimiento: la promesa de disfrutar la dicha de un amor verdadero partiendo de un viaje y un sueño.   Curiosamente, el relato termina el año en el que situé el límite a mi imprudente  –por pactada– espera.  Confío en que no ocurra lo mismo con ese viaje, puesto que para mí la aventura continúa aunque ya haya descubierto su misterio.

Fueron dos besos sinceros los que di en ambas juventudes; dos besos acompañados de sendas promesas, y que solo quienes los recibieron sabrán con este relato que esas promesas para mí son eternas. Dos versiones de un príncipe sueño en los que falta, eso, la mirada de los caballeros, y de los que esta fue su respuesta final: liberarme de ambas promesas.

No obstante, hubo un tercer beso,   legítimo y   veraz, que por  trascendental protagonizaría en sí mismo el romance de otro cuaderno. El beso inigualable de una  mirada  sensible  anunciada de forma definitiva y triunfal. La que de verdad consiguió que todos los demás desapareciesen del cuento.

De ese último beso solo me queda el enigma de su espectro fragmentado; la memoria de  un cruce  estorbado en el que la esperanza quedó significativamente frustrada, una reprimida y  delicada mano intentando acariciar mi mejilla y  aquel  abrazo  congelado en el que recordé su mirada más fugaz: el secreto del hechizo celestial en el encuentro, la intensidad emocional bajo la lluvia de  un  contacto visual inacabado, la pasión que despertó en mí oírle  pronunciar en tono tímido y meloso  mi nombre  por primera vez, y  la profundidad del deseo contenido que empañó sus terrenales ojos al girarse para anunciarme de alguna manera lo que yo ya sabía: que no me podía amar.

Llegados a este punto, tengo que decidir si  concluir aquí su dibujo o comenzar a desarrollarlo en otro cuaderno. En mi sensatez dejaré la decisión –el happy end solicitado–  en la mano invisible del  secreto  ser que me acompaña.  Su verdadero nombre  ya lo sé: Fortuna.

Quiero ver cómo acaba el cuento de la gitana,  ahora que ya no es solo un galimatías marcado en las líneas de mi mano sobre un príncipe de dos caras; ahora que el cuento está siendo escrito y publicado  en la Red, y la consecución lógica de los hechos reclama otorgar un rostro definitivo, ni basado en la búsqueda ni en la espera; ahora que se me exige «descartarme» del pasado y desoír su pregunta más inquietante: ¿quién lo ha guiado?

Y quiero apostar que lo consigo, seguir creyendo en Nobra y en su palabra de complicidad universal. Así que cuando pienso en ella, siempre que  la recuerdo, la imagino donde anhela estar: en ese barco sabiendo ya que no es la única que mira las estrellas y viendo como el océano le devuelve el sello de su mágica identidad. ¡Qué gran interrogante es el destino!

Con la inapetencia acostumbrada cogí la pastilla, pero esta vez no la tragué. 


LLEGÓ LA HORA
(13/Junio/2019)

Está anocheciendo y la imagen es desoladora. La lluvia salpica el cristal de la ventana difuminando la luminosidad incandescente de las farolas y alargando, hasta ese conocido infinito llamado horizonte, el resplandor de los faros de tan escasos coches circulando.
La atmósfera  ha conseguido traspasar el cristal  y su pesadumbre está empapando por completo mi ser. Elena ya no me ve. Se ha sentado en el escritorio ocupando mi sitio. Ha pasado a través de mí  recalcándome mi existencia inventada.
Mi tiempo se acaba y mi vida no ha sido más que bocetada. Solo siento no haber tenido el valor de descubrirme ante ella y  haberle hecho saber que  yo también hubiera querido conocer a mi «ángel»,  aunque  como yo hubiese sido solamente una re-creación.
Me pregunto si Elena, ahí sentada, concluyendo este relato que yo no quiero terminar, y con la inspiración que le aporta su guardián, siempre detrás y  velando constantemente sus sueños,  es consciente de que me desvaneceré  en el preciso momento en que escriba la palabra:   Fin

———

Así  despedí: con un cuento, un sueño, un susurro, un poema y este testimonio mi pasado con Nobra.  ¿Qué importa si fueron 3 días o 19 años los que necesité para pasar de la muerte a la resurrección. El caso es que dejé  de insistir en  buscar alguna razón a la existencia.  Todo es pensamiento y  enfadarse con el universo no es inteligente; ni siquiera en otra vida  hubiera  hallado la respuesta.

El pasado cuando de verdad  ha pasado se convierte en un loop electroacústico, un bucle audiovisual y cualquier crisis se resuelve enfrentándose a la verdad. La mía es que no sabemos lo bonita que es la normalidad hasta que la hemos perdido.  Confesarla para superar ese pasado es aceptarlo y, aunque tiene un gran mérito –eso es seguro–, si no resulta demasiado doloroso, duro o triste, sí es expuesto y arriesgado. Sobrevivir a ello implica, aunque cueste, continuar fingiendo  “normalidad” para no comprometer  la dignidad.  La vida obliga a ser coherentes con la realidad y nos vuelve indiferentes.

… ¡Qué vida, no? De cuento de hadas a película de terror…

Un «renglón» más:

Llegó la hora y ya lo ves hermano. No te has perdido nada. Solo hay un libro para todos y lo que contiene son las leyes de los fuertes. Tú quisiste simplemente dejar de soñar. Puesto que en ese sueño de alguna forma a ti te maté y conmigo lo intentaron, decidí irme contigo y abandonar mi ser.

Ahora quiero que sepas que nuestro vuelo no quedó del todo truncado. Por eso he intentado contarte del modo más universal posible hasta dónde tu aliento me ha llevado… Ha llegado el momento de  demostrar lo que me has enseñado,  despedir la embriaguez del recuerdo y compensar tu desvelo reconociendo públicamente el amparo espiritual recibido para paliar en lo posible la tenacidad de mi infortunio.

Mil gracias por ayudarme a retornar al estado cero revelándome la letra oculta más crucial de mi biografía, y más gracias todavía por haber auspiciado la evolución de mi ego con ese ángel del perdón y la gratitud tan especial que me has presentado.  ¿Sabes? Me  descubrió el verdadero valor de la humildad y de la naturalidad. Dos virtudes sumamente importantes  que han transformado por completo mi palabra.  Consciente de que si estas cualidades se expresan desde el corazón, la sabiduría lo hace desde ellas, he intentado manifestarlas en este cuaderno.

Lo conseguiste hermano. Jensiliah me convenció de que no estaba obligada y recuperé mi ser soñado. Aún así quiero obtener  la condonación de aquella terrible inconsciencia.

Levantar el vuelo otra vez, sin duda, me ha costado. No sabía que sin querer   estaba frenado mi sueño y, lo que es infinitamente peor,  probablemente perturbando tu paz. 

Luca de Tena lo ha jurado.  «Dios escribe derecho con [sobre] renglones torcidos» y otorga el descanso merecido.  No te preocupes más. Nada temo ya. Sé que nuestro adiós no será para siempre. Me dejas sin deuda, emocionalmente sana y mentalmente limpia. Llena de amor místico. En Icaria sí, pero con fe, esperanza y unas alas renovadas.

Resulta irónico que hoy, día 13 de junio (número dramático y  fecha de tu nacimiento),  deje constancia de ello.  ¿No crees?
En fin, allá donde vayas, lleva este abrazo contigo.

        — D.E.P. MOMI.
(eternamente agradecida ).

¿Para qué un renglón (de) más? Ahora todo tiene sentido.

{Fin del  autopsicoanálisis}.


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