Bitácora I.-I

histeria contemporánea

Del miedo a la locura

SIN MÁS


A la DERIVA:

(08/0ctubre/2017)

Desde que me diagnosticaron un trastorno temporal, que acabaría siendo declarado crónico, he leído mucho intentando esclarecerme y obtener una respuesta convincente a la transcendental experiencia que lo generó.  Los escritores a los que he acudido no son  muy variados, pero sí suficientemente acertados.

Se trata de autores que, por una u otra razón, han llegado a mis manos en el momento adecuado;  me han ayudado a tomar más conciencia de mí, a  profundizar en la enfermedad que me  ha tocado padecer y, por supuesto,  aventajarla con el humor a ratos.

Considero que la Naturaleza me dio un ingenio curioso y que la sociedad de mi tiempo me ha conformado en espíritu avisado, combativo y crítico, no solo con mi propio dogmatismo, sino con el de cualquiera. Ello me ha permitido consolidar cierta libertad de conciencia que muchos tacharán de ecléctica, contestataria  y sobrecargada de mitos. Una actitud que probablemente disgustará a sus “iglesias” y por la  que seré tachada de alucinada con toda certeza. Sin embargo, fue precisamente la trascendencia de esa experiencia, causa de  enfermedad mental, la que realmente me impulsó a escapar de cualquier convencionalismo y a buscar respuestas en otra parte.

No voy  a narrar   la mística experiencia que viví en mis  33 porque, entre otras cosas, ya la he escrito  con diferente propósito, destino y al completo. Hacerlo aquí y ahora supone hacerlo con  otra cabeza y una mayor dialéctica que posiblemente me llevaría a dilatar aún más el discurso de los 15 años transcurridos  en ese limbo platónico en el que yo misma enjuicié mi cordura.

Por cuestiones de salubridad mental, que no vienen al caso mencionar, necesito un  grado de desahogo  similar. Es decir, conseguir  el medio de “expulsar”  la conciencia obtenida de tal manera que  deje de estar tan absorta en ella y pueda cambiar de óptica.   Por tanto, me arriesgaré a practicarlo aquí también escribiéndolo de un modo más somero.  Puede que así supere el estancamiento que me  ha causado.

Ahora que estoy serena y recuperada necesito  avanzar.  Dado que no encuentro lógica ni razón que suscite o sustente un posible rechazo, al menos quiero  intentarlo.  Y ante todo aportar  un testimonio  consciente declarando ya en sus primeras líneas –y  siguiendo  a  Marina–  que  me considero sobre todo una persona de fe, pero  no una alucinada; pues  «si el alucinado [al igual que yo y que todos nosotros] está seguro de lo que percibe, él por el contrario sí se rinde a sus evidencias».  No ha sido mi caso.

He leído que las creencias acaban suplantando la realidad cuando son compartidas, cuánto más lo harán entonces  si son constatadas por la percepción que nos aportan nuestros sentidos.  En ésto se basa mi defensa. No necesito aclarar que para expresar  hay que observar primero y que para observar hay que sentir, pues «son los sentidos los que nos convencen de la existencia del objeto», pero sí quiero recalcar que los míos, por la razón que fuere, me permitieron descubrir la espiritualidad más pura y carente de límites y fundirme en ella con una sensibilidad inconcebible. En parcas palabras, pues no hallo mejor expresión,  me llevaron a percibir la `existencia de Dios y a interpretar su manifestación en lo cotidiano como regulación universal. Mucho después con la consciencia sumergida en un mar de dudas supe que esta interpretación no solo era compartida por una religión milenaria como el taoísmo, que confirma  la posibilidad de vivir experiencias transcendentales sin la necesidad de  tener que ser  por y para ello un loco, también algunos presupuestos filosóficos, deducidos a partir de la metafísica cuántica, desmentían en mí una personalidad psicótica o esquizoide al confirmar que existía una fuerza superior, una conciencia universal en todo y de la que yo de alguna manera me estaba haciendo conscientemente partícipe.

De ese estado de consciencia indefinida en el que permanecí, sin poder determinar su duración hasta ahora, debo decir que entré con hombros sobrecargados y sin preguntas, y sí, salí de él descansada, pero con una cuestión: ¿Para qué semejante salto de consciencia si no es para hallar respuestas? Pues bien, no obtuve más respuesta que el convencimiento de haberlo experimentado ni más resultado que la frustración de quedar desmentido como estado consciente por la autoridad médico-científica.  Eso fue lo que me alejó definitivamente de la razón convencional y me decidió a seguir “buscando”.

Así, en busca de respuestas y aunque no creo en las iglesias ni en sus cromos,  acudí tanto al misticismo de Teresa de Ávila como al confucionismo y código ético de Lao Tse en el I Ching o a estudios de física cuántica, como el de Gribbin, que intentan desarrollar una completa Teoría del Todo contemplando los cuatro campos de Higgs e incluyendo esa partícula todavía no detectada que algunos se atreven a llamar:  la partícula de Dios…  Me centré en  aquellas ideas que por revolucionarias chocaban con nuestra mentalidad y que desconocía; las nociones de la realidad y los conceptos de la existencia más innovadores y avanzados que derribaban los pilares de la ciencia y rompían o ampliaban nuestro marco cultural.  Acabé descubriendo visiones asombrosas y originales que, convincentes o no, no me habían sido transmitidas por caprichosas, extravagantes o incomprensibles, y que unidas conformaban toda una sapiencia ninguneada y desmentida a la que no me hubiera acercado de no haber desarrollado temporalmente una hiperconsciencia que me llevara a experimentar –a tantear– la más asombrosa conexión con el Universo.

Fueron largos años de copioso estudio. Lo que Richard Yensen consideraría una biblioterapia efectiva, sin duda, pero que ni ha solucionado mi ceguera ni ha perturbado mi fe, y todavía sigo preguntándome ¿para qué semejante salto de consciencia si no es para hallar respuestas?

Obviamente, me quedé en el camino… Es lo único que puedo afirmar tras una existencia reflexionada probablemente en exceso a raíz de una experiencia de difícil credibilidad por ser del todo intransferible, y es que, aunque compartamos las mismas vivencias y con los años nos atrevamos a dar lecciones, no hay significante suficientemente eficaz que exprese la complejidad del significado existencial privado, donde lo consciente y lo inconsciente dialogan con ese secretismo que llamamos intimidad y que San Juan de la Cruz inmortalizó en un poema titulado: «Noche oscura del alma».

José Antonio Marina afirma que «ni existen palabras para describir las vivencias que exceden los límites de la experiencia ni capacidad comprensiva o inteligencia colectiva para compartirlas». Pasamos por este mundo de forma exclusiva. Por muy alienados que estemos socialmente, la experiencia existencial sigue siendo inalienable. No se puede enajenar ni traspasar.

Con todo, yo quiero intentarlo y conseguir hacerme entender de forma plena y tan global como lo hizo el anciano con el que una vez coincidí cuando me dijo que todo en la vida –”en la naturaleza” lo llamó– tiene su reflejo. Entonces no le entendí, pero los acontecimientos que se sucedieron me obligaron a reflexionar y comprender por último sus sabias palabras. Es hora de compartir este aprendizaje para que su inteligencia sobreviva a través de mi conciencia y perdure en los mapas del tiempo.

De todos ellos y de todo ello he aprendido que es imprescindible hablar con nuestra voz interna, pues es la única que posee carga espiritual y pureza intelectual, y a mí me gusta escribir. No lo voy a negar. Tampoco negaré que pretendo servirme de la fuerza expresiva que la verdad interior otorga a la palabra, adoptar múltiples puntos de vista y un enfoque algo visionario e inspirado en el verbo de los más grandes para contagiar, desde la madurez intelectual  recién adquirida, el sueño que con ellos comparto de un mundo alternativo.

Al caso viene  presentarles a  Nobra, esa niña  sobrecargada de preguntas  que todavía llevo dentro y  que me empuja a trabajar la mente; dialogar  con ella sobre la trascendencia de esa experiencia  –insólita para unos, delirante para los demás– y discurrir el método de poder comprobar /demostrar  una complicidad universal  apenas intuida o descubierta  me ha abierto al raciocinio más estimulante: el  que convence  y añade sentido de existencia.

En fin, en su análisis ético de las religiones, Marina afirma que «la única verificación posible a la verdad transcendental que puede dar un sentido total a la existencia es la unidad de conciencia». Quiero comprobarlo y ver si, como declara en su Dictamen sobre Dios (Anagrama, Barcelona, 2005), «la purificación de la inteligencia hace que la verdad se imponga y la ilusión se desvanezca». Si es verdad que hay sincronicidad universal –que hay sintonía– este experimento tiene que funcionar aunque  únicamente sea a base de instantes no calculados. Tal vez ahora lo vea más claro. Tal vez así todos lo veamos.

(9/0ctubre/2017)
Navegamos a la deriva, sin más orientación que el hermetismo de nuestra intuición, y seguiremos a la deriva si la única constelación que nos guía el camino sigue siendo esa compleja libertad condicional que supone nuestro falso albedrío y  que, paradójicamente, nos mantiene en una posición única en el universo, sean cuales sean los incidentes, accidentes y decisiones de la navegación. Este es el  enigma más claro de mi historia.

Mi «Soledad como Número Primo».
(24/Diciembre/2017)

No es mi deseo seguir avanzando el objetivo de este cuaderno sin introducirles previamente una personalidad, la mía, tan “normal” como la de cualquiera y como tal confesar  yo también lo siguiente:

Hoy quiero decirme que:
No demuestre a los demás cuál es mi mundo y cuáles mis sueños son, por muy afines a los suyos que sean en competencia entrarán.
Que aunque la verdad esté de mi lado nunca se la haga ver al otro,  pues por mucha sensibilidad y consideración que ofrezca  por ello me odiará.
Que cuando crea que abusan de mi confianza, que vienen a mí desde la maldad o desde la falsedad, use la inteligencia para no comprometer mi nombre. Ellos pensarán que soy débil, mas yo sabré que he vencido.

Que jamás pierda  la fe. Que ya he visto suficientes ojos del Bien y del Mal, y que ahora aprenda a distinguir y apreciar el saludo espontáneo y la sonrisa desinteresada porque en eso hallaré mi alegría.
Pero sobre todo quiero decirme que aprenda a despreocuparme de los demás para que los demás me dejen en libertad, puesto que solo en ese desapego encontraré el equilibrio.

Hoy han querido decirme:
—Tienes un noble corazón que aunque sea lastimado nunca podrá ser derrotado. Un corazón como el tuyo siempre encuentra compañero.
—Protégete invocando tu plegaria para  que todo mal que te estén enviando vuelva al que te lo haya deseado sin haberte tocado, dañado.
—Y si ni siquiera así consigues la paz que buscas.  No te preocupes. Yo estaré a tu lado.  Me llaman Soledad porque siempre estoy con los desolados.

(Desiderata de fin de año).

 Conformarse. No esperar nada de los demás. No pedir cuanto se da ni reconocimiento a ello buscar. Soportar con dulzura, empatía y compasión, etc. En resumen, claridad, discernimiento y comprensión.  ¿Conseguiré así  caminar por el justo medio?  –A propósito, Feliz y Próspero Año! – 
Vaya! no resulta tan  estimulante como la encontrada en la vieja iglesia de Saint Paul de Baltimore en 1683.  ¿Dónde han quedado sus elevados ideales y esa garantía de que la vida está llena de hermosura y heroísmo?  Yo solo puedo ver el ruido en la mía, oír su  colapso y lanzar una oración.  Quizás debería tomármela en serio y repensarla una vez más. Quizás.
(25/Diciembre/2017)

En un mundo que se resuelve únicamente por la compra-venta en b lo que voy a decir resultará obvio, pero no gratuito:

El comportamiento de uno afecta al del grupo y  de tal manera que obliga a cuestionar dónde queda el libre albedrío entonces. Trascender esta idea conduce   sin remedio a reflexionar sobre el campo de inercia de las fuerzas  negativas que ponemos en acción.  Ese campo es para mí el de la materia oscura. Mejor pensado, en él se concentra nuestra inconsciencia. Todo el potencial del silencio, la negación, la represión y la auto-censura… la opresión! Todo eso y más contiene; lo que no queremos reconocer:  el pecado, el engaño, la venganza, el oprobio, la vergüenza,  la indolencia, la mentira, las argucias, las envidias, las injusticias cometidas, el resentimiento de las recibidas,  y  especialmente esa predisposición a la inculpación  que todos  demostramos para afrontar el mea culpa. La  nulidad en la que ha caído todo acto de conciencia, pues como si de un aburrido acto administrativo se tratase engrosamos nuestro expediente  con documentos que juzgamos poco o nada importantes –puro trámite– sin tener en cuenta que son (no que serán) fiscalizados por  ese instructor universal al que nada se le escapa y que resuelve sus asuntos  con la milimetría del aquí y ahora; de modo que lo que fue siempre será y está reglado en la eternidad,  y  lo que no llegó a ser nunca será, puesto que lo único que contiene es lo que contuvo: nada.

Y nada es la soledad que  siento entre toda esa materia y la razón  por la que en ocasiones para no sufrirme, sobre todo cuando me aburre  mi  soliloquio, suelo adaptar los pasajes de otros en los que me reconozco, como me ha ocurrido con este de Paolo Giordano al revelarme con simplicidad matemática que «existen entre los números primos algunos  que los matemáticos llaman primos gemelos, como el 11 y el 13, el 17 y 19, o el 41 y 43».  Y  que, siendo uno de ellos,  entre yo y el que me sigue «siempre  se interpondrá un número par» que nos impedirá unirnos  aunque sumemos hasta el mismísimo infinito.

No obstante,   quiero darme la oportunidad de poder buscarlo o al menos permitir  que me encuentre, aunque apenas consigamos conocernos. En el silencio de esta novela  se adivina que vale su precio: tiempo. Ahora bien, la pregunta es  ¿cuánto estamos dispuestos a  pagar, a esperar?

Descorrer la cortina y descubrir la siguiente frase que transcribo como la he leído (subliminalmente)  me estremeció:

«cuando entró buscó el asiento [más extremo] con la certeza de que  [allí, en él] nadie sabría dónde estaba,  nadie vendría por ella. Tampoco ella lo esperaba» [y tampoco -añadiría-  le importaba ya, pues tampoco entonces nadie descubriría su gran secreto. Sin embargo, en aquella ocasión sucedería… ].

Giordano, P. (2009): La soledad de los números primos (Premio Campiello Ópera Prima y Premio Strega) Barcelona, Salamandra.

 (26/Diciembre/2017)
 Dios! Ahora lo sé. Ahora he comprendido de verdad lo que Giordano intentaba transmitir en su novela.
Siempre habrá un primus inter pares, pero también un impostor  que en el momento más decisivo del camino se cruzará con el único propósito de dejarme sin más libro que leer que el mío. Y al revés.  Siempre habrá un impostor, pero en mi ayuda otro número primo vendrá que en mí creerá,  la lectura del oscuro capítulo conseguiré superar y el libro podré continuar.
Comprender la razón de este designio está siendo relativamente fácil, benéfico y hasta diría que interesante. Aceptarlo  no tanto.  Pero es lo divertido de este asunto, que solo se admite  una apuesta  ¡Hagan pues juego, señores!  Así, de por vida, sin esperar la corazonada. De cualquier modo la Banca siempre gana y la críptica y su grafía continúan.
(13/Enero/2018)
Resolución:  Silencio administrativo.
Expediente desestimado. No  comprende la diferencia entre prosa y verso.

Sin embargo, hoy no he podido evitar oír confesar un secreto susurrado a voces de alguien que dice llamarse  Soledad.

(19/Enero/2018)
Una sensibilidad  duramente  aleccionada. Un conformarse y aún así la persistencia inconsciente en la persecución del encuentro y en la satisfacción del deseo. Un intento frustrado de análisis objetivo de la situación que no aporta claridad  ni resignación,  y un “ahora lo sé ” con la obligación de tener que adoptar una decisión sin convencimiento. La intranquilidad de la espera frente a la calma de la resolución y la incesante esperanza de que al caer la lluvia desaparezca al fin la incertidumbre.

Afortunadamente ya nadie muere por amor, pero qué insoportable sigue siendo el sentimiento cuando ni siquiera puedes confiar en lo que precisamente te hace vivo: su promesa; compartir la vivencia psíquica y sensorial del instante.   
¡Oh, claro que ahora lo sé!   El libro se escribe con todos los signos de puntuación,  desde luego, pero preferiblemente con frases cortas, puntos  aparte y suspendidos como esa oportunidad para una corrección a tiempo que rehusamos por temor a sentir el vacío.

(20/Enero/2018)
 Con todo, mucho más inquietante que la des-ilusión es la insensatez del juicio enamorado; que la constancia no garantice el amor y que sea precisamente su ideal el que nunca muere porque en su búsqueda somos constantes.  
(08/Abril/2018)
Duele. Es como si por nombre te pusieran Channel y de niña te vistieran con oropeles de mercadillo. El golpe que recibirás  de adulta será tan duro, cruel e intenso, como fea, vulgar y malsonante pueda llegar a ser la palabra que mejor designa el eufemismo. Pero no hablemos desde el victimismo o la condescendencia, ni actuemos desde la arrogancia o el empoderamiento.
No es en absoluto necesario distinguir el tipo de conexión que  se traiciona  –siempre es la misma: confianza– ni siquiera sopesar su alcance.  Si se trata de pura e inocente coquetería o por el contrario hablamos de   un juego mental, una  burla, una trampa, un capricho, una apuesta o –más humillante aún– un experimento, poco saca las entrañas en nuestros días, y todo es tóxico y febril.
Para   los interesados en  practicar ese tipo de mascaradas con premeditación, vileza o alevosía, todo tiene sus qués. Pero sabemos que esos qués no funcionan. Las argucias, independientemente de su mayor o menor agudeza, solo sirven para escapar de puntillas. Así que pisemos fuerte y, eso sí, despreocupados, que  poco importan sus porqués  cuando se ha obtenido el  para qué.
La vida es  ya de por sí sublime y todos prestamos atención a su clásico cántico de sirenas porque, en el fondo, todos queremos seguir descubriendo su mágica  belleza aunque sea a través del espejo o la tragedia, pero el juego de la seducción es  realmente peligroso. Precisa  gran dominio de sus bases y mucho autocontrol para poder encaminarse con la mayor determinación hacia una promesa mejor y con un propósito superior.
 Solos o acompañados el alegato es exacto.   Con magia o sin ella la  pasión engendra sufrimiento.  Siempre hay una canción que nos lo enseña.
Cantar en cambio la felicidad es imprudencia de necios, pues suele generar mala onda  en el auditorio. En este contexto, lo único que a todos se nos ha aclarado es  que, con buena o mala onda, hay una trova veraz que tenemos que aprender  a entonar. Se trata de un canto de un único verso que por experto perdurará. Nos exhorta a morir aprendiendo con digna serenidad o a aprender muriendo con  serena dignidad.  Cumplirlo de una u otra manera   es en realidad la  verdadera conquista que se nos plantea, y la  más importante y valiosa que cabe hacer en vida.  Cuando ésto se ha advertido proseguir resulta sencillo y estimulante.

Un Espíritu Indisciplinado.
(04/Junio/2018)

Recuerdo que eran las 8:55 a.m. de un día cualquiera y todo empezó. Me sorprendí de nuevo en casa de mi madre y me sermoneé  haber regresado. En cinco minutos sonaría el despertador, pero esa vez mi reloj biológico se había anticipado. Mientras apuraba los 5 minutos consagrados a meditar el viaje onírico de esa noche, contemplé socarronamente al gran dictador cuyo sometimiento había burlado aunque solo fuese por una vez. En realidad no tenía nada especial que hacer aquella mañana, pero sabía que el gran tirano no me permitiría, ni a mí ni a nadie, reanudar el viaje, así que opté por levantarme cuando la odiosa alarma insistió.

De camino al cuarto de baño, esa zona donde todo el mundo preserva su intimidad y la puerta adquiere doble sentido, comprendí lo alienada que estaba. Comencé el ritual higiénico abriendo el grifo  y, mirándome al espejo como acostumbraba, de reojo, inicié la faena. Esa mañana aborrecía mi existencia;  el cable del secador y mi madre pagaron la culpa. Dependía de ella tanto como el secador dependía del enchufe y el cable era el que imponía y garantizaba esa dependencia. En consecuencia, desconecté el aparato en un vano y rabioso intento de cortar también la extensión del cordón umbilical materno. Una extensión que con el tiempo había adquirido ¡matices absolutistas!, grité en silencio.

Ya menos impresionada que reflexiva decidí seguir yoizando la conciencia colectiva. Comprobé como todo mi entorno era reducible a puro artificio naturalizado, y a juzgar por mi peinado no podía decirse que me moviera como pez en el agua. Me vestí, desayuné siguiendo el menú que me ofertaba  la nevera y salí despidiéndome con antipatía.

Claramente, ese día no estaba de humor para nadie. Solo quería despejarme con los aires de la mañana y contemplar el ajetreo mundanal con todo su ruido circundante, a sabiendas de que los oídos que no oyen escuchan mejor.
Ahí estaba, dispuesta a tomar conciencia de mi desarrollo mental en el transcurso diario, a comprobar la interacción propia con el entorno, a constatar la impresión mediada social y culturalmente, los artificios de estímulo y comportamiento que, correcta o incorrectamente interiorizados, demostrarían o desmentirían mi equilibrio psíquico y emocional. Sonreí, en cierta ocasión  un profesor me comentó que tenía un problema de interiorización. ¡Ironías de la vida!  el desalentador comentario que tanto me había preocupado estaba siendo cuestionado por mi propio subconsciente. Así, razonando  del  único modo en que podemos discurrir con él, inconscientemente,  me percaté de que lo que me sobraba ahora era precisamente eso: interiorización.

Pensé en mi color, el azul índigo, y recordé mi piedra, una drusa heredada de cristales de cuarzo tan perfilados y afilados como la kriptonita.  De esta manera me definí: caminante solitaria, a veces desangelada, lacónica, indócil, logomaniática, descarada  y caótica también.  De acuerdo,  una indisciplinada irreverente  para el hombre, una propuesta válida para Dios.  Empecemos entonces  hablando por la circulación  sanguínea primero y el tráfico de influencias después.

Cruzaba las calles anticipándome a los semáforos. Iniciativa secundada solo por los que como yo conocían la dinámica de la circulación urbana. Ya no conducía, pero el sentido adquirido con la licencia seguía estando en plena forma. Un sentido que me permitía transitar de forma automática, sin necesidad de concentrarme en la circulación ni prestar atención a los peatones de sentido contrario. Me alegré. Nada que me sacara de mi abstracción. Ni un tropiezo, ni un choque, ni un pitido y con los auriculares en las orejas.  A pesar de todo todavía podía confiar en mis sentidos. Día tras día lo constataba e intentaba convencerme de que podía conducir, pero estaba claro que aquellas calles que había correteado miles de veces no eran ya las mismas. Era allí donde realmente podía disponer de la máquina y donde precisamente no me atrevía a usarla.

—Va! _ Exclamé en alto. De todos modos el problema no iba a quedar resuelto aquella mañana, pues la solución requería algo más que meditación: autodeterminación, seguridad, confianza en mí misma y sobre todo  en los demás, junto a cierto grado de temeridad inconsciente que mi ego no alcanzaba por el momento. Abandoné el problema y regresé al objetivo del paseo; calcular el grado de enajenación  interactuando con los demás.

Me sorprendí contemplando como el insoportable ruido de un martillo neumático agujereando el asfalto se convertía en la opereta urbana para un sordo y me alejé del lugar acelerando el paso cuanto pude sin echar a correr. No tardé mucho en llegar a mi destino; el banco de una céntrica avenida en el que me senté totalmente decidida a confirmar mi alienación con la mente de un Vigotsky o un Piaget. Si, como afirma Piaget, la inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer mi paseo no resultaría dado en balde.   Efectivamente, no lo fue. La rutina del día me fue presentando al hombre-silbato, al hombre-autobús, la mujer-tacones, el niño-mochila y el anciano-bastón. Todos marchaban con equipaje. Deseé curiosear cada interior aunque sospechaba que su contenido sería el mismo. Todos caminaban adosados a algo y respaldados por ese algo; móviles o cigarrillos ¿qué importaba? Todos estaban mediados –instrumental y psicológicamente hablando– por algo, y todos caminaban deprisa haciendo la misma reverencia a sus muñecas. Todos menos uno. Entonces pasó el hombre-ataúd y con desconcierto comprobé que él también llevaba equipaje; si bien facturado como séquito fúnebre representativo de su banco de conciencia más próximo (su mejor  y única defensa ante  la muerte). Exclamando —¡ahí va mi pueblo! _ di el matutino paseo por concluido.

En realidad no eran muy diferentes de mí. Todos vivían aunque no lo supieran entre dos mundos; sufriendo cada uno a su manera la revolución o pasividad de sus neuronas ante la tiranía de un marco sociocultural impuesto. El problema era que en mí esa toma de conciencia había dejado un vacío de poder  mental que había sido usurpado por un nuevo sistema límbico de gobierno dictatorial, tan ajeno e íntimo al mismo tiempo, que no sabía cómo derrocar. La sumisión de mi ejército neuronal y el caos de los aturdidos neurotransmisores, incapaces de  subvertir la amígdala y frenar el fascismo ejercido por el foráneo sistema,  claramente me enervaban…

Pero ¡en qué atroz y disparatada entelequia estaba cayendo?

(05/Junio/2018)

Proseguir hablando de neuronas y sistemas conlleva aclarar primero en qué consistía la quijotesca  juventud de mi generación. Pues si nuestro paso por la universidad no fue memorable para la historia, sí lo fue para nosotros…

(06/Junio/2018)

La razón de que ese paso merezca aquí  reseña notable parte de un recuerdo previo que deseo puntualizar:

Llegado el momento de nuestra confirmación, la mayoría la hicieron por puro convencionalismo, pero tampoco fuimos pocos quienes la rechazamos. La bofetada que se recibe del obispo en la confirmación católica nos parecía una indignante forma de decir: ¡Despierta, todo esto no es más que una mojiganga que a mí me da de comer sin trabajar duro! Y no nos faltaba razón. El cachete despertaba ¡vaya que despertaba!  Despertaba y despejaba la razón de absurdas patrañas, tanto que a ninguno extrañó que mi irreverencia  hacia las instituciones católicas  fuese aumentando con la edad. De nuestros tiempos de instituto recuerdo también ser pioneros en reivindicar una asignatura alternativa a la religión. La optativa: ética, me hizo pensar y cambiar la idea de una misión cristiana sin afiliación católica por la corresponsalía periodística en los países religiosa y políticamente problemáticos. Es decir, en el llamado polvorín del mundo, el próximo oriente, aunque para ello tuviese que aprender árabe o hebreo. Mi madre, consciente de los riesgos de esa profesión, me quitó la idea de la cabeza y cursé Historia. (Acabaría ejerciendo de periodista y silenciando un particular credo que no obstante poseía).

Por entonces, ya solo creíamos en la figura de Jesucristo. Fuese histórica o legendaria considerábamos su mensaje revolucionario, pero actualmente incognoscible. Lo grave para nosotros no era nuestra incapacidad para comprender el abismal pensamiento de Cristo. Lo verdaderamente grave  era que su auténtico mensaje había quedado del todo inescrutable al ser adulterado, manipulado y explotado a conveniencia  por una iglesia hermética, corrupta y ciega de poder, erigida durante siglos en la única institución capaz de entender y transmitir la palabra de Cristo y el mismísimo concepto de Dios.

En este sentido, la vida del gran mesías cristiano (igualmente  interpretada  y versionada por los padres de la iglesia,  bajo los imperativos de su temporalidad  y con un juicio   más condicionado por intereses terrenales que espirituales)  la interpretábamos como la vida misma; lo que nos llevaba a descalificar por completo el sacrificio con promesa de futura recompensa que representa la cruz, y es que  alcanzar una supuesta y vaticinada vida eterna según  el sacrificio y comportamiento en la terrena  era una promesa que en los albores del nuevo milenio ya no convencía a casi nadie.

Ni resignación ante el sufrimiento ni aceptación de la desgracia. El bien y el pacifismo no como monedas de cambio para ganar la vida eterna sino como camino hacia la verdadera meta: la recompensa aquí y ahora; la dicha en el planeta, pues el paraíso si existía debía ser terrenal también. La felicidad debería obtenerse aquí y allí. En esta vida y en las que la siguieren,  si las hubiere. Solo así estaríamos hablando de  verdadera eternidad.

Para mí era la imaginación, y no la inteligencia, la que marcaba el progreso y nos había situado en el lugar en el que estábamos. Si  podíamos por tanto imaginar un Paraíso  es que este existía,  pero concebir una eternidad tras una muerte final con proceso judicial incluido era el engaño más  artero, sofístico y embaucador  que el hombre había generado.  La eternidad no puede tener principio y fin, pues perdería su cualidad definitoria. Pretender, por tanto, que esa muerte fuese precisamente su punto de partida, su inicio, era la trampa más falaz en la que habíamos caído.

Abreviando, acorde solo en parte con el sueño ilustrado, la especialidad elegida fue: Mundo Contemporáneo. No me arrepentí, pues me permitió corroborarlo: Tras veinte siglos de historia sinsentido los fundamentos de la era cristiana se desmoronaban. El concepto de Dios caducaba. Las iglesias fracasaban y sus pilares caían demolidos  por  el juicio ya educado de los comunes. Y,  a medida que caían, ante sus ruinas una nueva y prometedora  edad surgía en la historia de la humanidad que apuntaba ya –eso queríamos pensar– una sociedad de desarrollo exponencial caracterizada por un hombre sobradamente advertido, consciente y consecuente con el planeta, y por fin leal a la especie.

El XXI abría un nuevo periodo histórico marcado por el progreso científico y tecnológico, y nosotros lo  inaugurábamos esperanzados por la posibilidad de explorar los confines del universo, descubrir sus misterios: resolver su infinidad, los mecanismos de su existencia, su funcionamiento, su  sentido y finalidad si los tuviere, y  determinar su punto central  para deducir nuestro lugar en él era nuestro único interés.

Desde nuestra mentalidad era preferible la frustración que provocaba un conocimiento siempre insuficiente a la satisfacción del que se conformaba con creer promesas teológicas infundadas. Efectivamente, obtener respuestas alejadas de la mitología y la religión se había convertido en el gran empeño de nuestro tiempo.  Con todo, en los albores del siglo XXI vivíamos igualmente sometidos, de acuerdo, pero sometidos por la consecución de un objetivo  mucho más sensato y realista que ganar la vida eterna; resolver los grandes problemas mundiales era,  sin duda, un objetivo  más  apremiante, convincente y gratificante que el de recuperar un paraíso perdido, olvidado y probablemente nunca disfrutado.  

En todo este plan los hombres más empeñados eran  I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación).

Acabo de recordar que en este sentido tengo pendiente leer  a Savater;  regalo espontáneo de una amiga entrañable en cuya lectura quiero enfrascarme ya.
Savater, F. (2007): «La vida eterna» Ariel. Madrid.

En definitiva, ahora vivíamos entregados a la gran sabiduría. En mí: la  conquista individual de la conciencia universal  a través del método introspectivo  que Wilhelm Wundt sistematizó de manera científica.  Un logro   capaz de sosegar el espíritu científico humano y  que desde la psicología  y la metafísica cuántica se me antojaba cada vez más factible.

(07/junio/2018)

Desde mayo del 68, las promociones universitarias se han sucedido en el más completo anonimato y la nuestra no fue distinta. Cierto. No éramos rebeldes, pero tampoco carecíamos de ideales y altruismo. Dominados por el escepticismo de los tiempos nos adaptábamos como podíamos, intelectualizando la vida sin más ideología que la que nos susurraban nuestras neuronas y sobre todo nuestras hormonas. Habíamos aprendido la lección de nuestros padres y la de los padres de nuestros padres. No acabaríamos aburguesados, sucumbiendo al sobrevalorado capitalismo como los del 68, pero tampoco enfrentados o esclavizados por ninguna ideología como los del 36.  Sin ideologías políticas, sin religiones, reconsiderando los fines de la economía y el valor del dinero, sin más ambición de poder que conquistar un bienestar social generalizado y generado desde la libertad, la moral y la filantropía, aportaríamos un nuevo motor a la historia y un devenir diferente a la humanidad. Con tales ideales, alimentados con cierta dosis de veneno utópico  y la fe en el porvenir que nos imprimía nuestra juventud, ninguno  imaginaba por entonces  que acabaríamos siendo una generación perdida.

Yo pensaba que esta revolución sin sangre, silenciosa e inspirada en el conocido lema anti-sistema de los 60 “imagina que hay una guerra y nadie va”, solamente se produciría añadiendo a la frase: imagina que hay elecciones y nadie va a votar. La vieja política, que con su obsoleto discurso de izquierdas y derechas se presentaba como la única garante del “Estado del Malestar Social”, tampoco a mí me convencía por mucho que siguiera dominando los parlamentos.

Ante este bipartidismo rancio, que seguía proponiéndose de forma incuestionable como única salida, el absentismo electoral era, equivocada o no, mi  respuesta. Con él exigía la búsqueda de una tercera vía, el acceso de una nueva generación de políticos: tecnócratas, no demagogos; capaces de impulsar un desarrollo sostenido /sostenible y de garantizar el (mercado de) trabajo más allá de su mero reconocimiento como derecho y deber constitucional.  Con todo, mi anárquico y contestatario idealismo (kropotkin, Proudhon, Bakunin, J. Picó, etc.) y mi fe en la humanidad se esfumaron cuando conocí la amargura del desamor y verifiqué el dicho de que los amores universitarios, como todo, son circunstanciales. Es decir, duran lo que dura la carrera.

(08/Junio/2018)

Sin desearlo, ese último año le vi a menudo. Sobre ese amor no puedo añadir mucho más. La huella se pierde en la estela de mi memoria fundiéndose con  las reminiscencias sensoriales  de  una agradable mañana de marzo.

Era mi cumpleaños y el sol brillaba tanto que no me importó juguetearme las clases cuando Rachel, una amiga de la que solo me queda la impresión de una complicidad coyuntural, vino a verme a la facultad para animarme a escaparme con ella. Me encontró esperando la siguiente clase, serena y de buen humor; convencida aún de que en aquellos pasillos hallaría el verdadero amor. Recuerdo claramente que con ese mismo convencimiento a Dios lo imploré.

En realidad, lo que esperaba era la llegada de un compañero de clase, Iván Montesdeoca Hurtado, un burgalés enraizado en El Bierzo o leonés afincado en Burgos y convencido nacionalista. La invité a quedarse y a escucharlo; sin embargo, nos marchamos.  Al toparnos con él intercepté una mirada todavía ajena al momento y al cruzarse  con la mía mis cinco sentidos sucumbieron y el sexto me corroboró que aquellos ojos verdes merecían verse a diario.

El discurso ideológico del burgalés –le dije ante su interés– se resumía en una línea de actuación: en el actual estado autonómico era necesario que Castilla y León mostrase más fervor nacionalista. No se le ocurrió mejor lugar en el que empezar a difundir aquel mensaje que en las aulas de la facultad de Geografía e Historia. Cada jueves aprovechaba los 10 minutos de descanso entre esas clases para exponer ante todos los compañeros el continuo revisionismo que iba aplicando a su discurso.
Quedaban pocos meses para finalizar el curso y todos se habían dado cuenta ya de que lo que en realidad pretendía con esas sesiones era ensayar fuerzas, probar su capacidad discursiva y corroborar con nosotros su inteligencia en la respuesta. Si pensaba cursar políticas tras licenciarse en Historia tenía que ejercitarse en el difícil arte de la oratoria. Sus intenciones eran tan evidentes que todos decidimos seguirle el juego.

La mayoría de nosotros le escuchábamos por deferencia y compañerismo. Algunos hasta intervinieron señalando su progreso, pero como estudiantes de 5º de Contemporánea a ninguno convencía y menos aun sorprendía. Al igual que él todos conocíamos a la perfección el problema de los nacionalismos. Todos podíamos explicar sus orígenes, enumerar sus fundamentos ideológicos y, si queríamos, justificar, defender y hasta predecir la génesis de nuevos movimientos basándonos en los modelos de desarrollo seguidos según los particularismos de cada nación y el contexto internacional determinado.

Si a estas alturas  –aseveré a mi amiga– no pudiésemos detallar con precisión ni rigor histórico los argumentos de defensa y desmitificación de todos los movimientos político-ideológicos que, como el nacionalismo, se han sucedido a lo largo del mundo contemporáneo, con gran vergüenza –concluí– tendríamos que reconocer entonces que la especialidad elegida de nada nos había servido.

Pero a esas alturas lo que me preocupaba en realidad era mi horror escénico. Le confesé que a pesar de estar finalizando la carrera seguía siendo incapaz de hablar en público. A pesar de mi juventud estaba ya cansada de comprobar cómo una vez tras otra mi extremado nerviosismo bloqueaba mi pensamiento y me impedía desarrollar unas intervenciones públicas coherentes. De todo lo que implicaba mi nerviosismo lo que más me aterraba era su presagio:  si con apenas 25 años ya me atrevía a vaticinar que sería mi sistema nervioso y no la falta de talento lo que realmente frenaría mi carrera, con 27 quedaría convencida de que ese nerviosismo era un claro síntoma de una enfermedad largamente anunciada que acabaría incapacitándome por completo para desenvolverme en la vida pública.

En cambio –me quejé con amargura– este compañero se exponía en público con la mayor confianza y naturalidad, y siempre conseguía expresarse con gran seguridad, claridad y convencimiento. Solía concluir ensalzando previamente la comarca leonesa del Bierzo. Todas sus charlas acababan siempre de la misma manera: silenciadas por el pataleo y la mofa de los de atrás. Aún así, de todas sus intervenciones en ninguna llegué a advertir tan siquiera un pequeño amago de nerviosismo o bloqueo en él, sino todo lo contrario; un gran autocontrol.

Eso era lo que tanto admiraba de él. Tenía justo lo que yo necesitaba: seguridad y autodominio.
Para sofocar mi frustración me interesé por el contenido de sus charlas. De ellas únicamente  me queda el vestigio de la celeridad de mis interlocuciones y el espasmo al tomar conciencia. Tratándose de él, mi encéfalo  solo se dejaba comandar  por  mis neuronas sensitivas más vulnerables y aprensivas.    De respuesta tensa pero inteligente, tenía claro que la  solución no recaía en un saber   hablar o en un mejor escuchar,  sino en ignorar toda la carga emocional que las conversaciones contenían.

Precisamente, el Bierzo era la comarca leonesa que colindaba con la comarca zamorana de Sanabria, la tierra natal de mi madre. La proximidad de ambas regiones dificultaba identificar diferencias. Aún así, ambos las conocíamos lo suficientemente bien como para reconocer nuestras peculiaridades sin dejar de sentirnos por ello hermanados.

Por otro lado –le aclaré– al comparar mi orgullo sanabrés con el que Iván manifestaba por el Bierzo, deduje que en lo que respecta al sentimiento de pertenencia no había más diferencia que la que otorgaba la escala aplicada. En un alarde culto de identidad popular  me definí:  ibérica antes que mediterránea, leonesa antes que castellana, española antes que europea, europea antes que occidental y,  en última instancia, ciudadana del mundo y del barrio.

Inculcados desde abajo o desde arriba, esos eran mis grupos de pertenencia y de ellos procedía mi identidad (la materna).  Él había antepuesto la identidad castellana a la leonesa.  Entonces comprendí su  propósito: infundir en nosotros  el sentimiento de identidad comunitaria que las demás regiones profesaban. Ahora bien, definir una identidad castellanoleonesa en base a la lengua, la historia, la geografía y la cultura era relativamente fácil. Lo difícil era conseguir la identidad como pueblo desde las conciencias. Ancha es Castilla, pero no León.

Toda esta especulación creada en torno a la concreción del programa nacionalista lo único que generaba en  nosotros era  redescubrirnos como producto de su mitología. A Iván la carencia total de conciencia comunitaria le exasperaba. Todavía puedo verlo en el “speakers´corner” lamentando nuestra falta de sentido de pertenencia y apelando a nuestra  sensibilidad y  cultura para remediar con urgencia lo que para él era una desgracia generacional.  Su  “hipersensibilidad” política no dejaba de sorprenderme; llegó a supeditar  por completo la entidad  nacional. Ese fue el dato que de verdad despertó mi interés en refutar su programada doctrina e ideario.

En realidad, la palabra  «nación» tampoco evocaba en mí otra cosa que no fuese   esos años de colegio en que sus claves: “Dios” y “Patria” estaban estrechamente unidas a un retrato de Franco en la pared;  puesto que los años pasaron, el retrato cayó y un nuevo mito se programó: Europa,   la cuestión  nacional  carecía también ya de sincero interés para mí.

No obstante, del debate algo fructificó. Si quería aprobar el examen debería reflexionar muy seriamente no solo el propio concepto  de Estado, sino  sopesar  esa “omisión identitaria” y valorar  el autonomismo practicado en la propia comunidad  en base al contraejemplo: un teórico planteamiento de desarrollo territorial jerárquico y selectivo que estuviera  generando resentimiento más que  hermandad, identidad o unidad como pueblo.  (Dieciocho años de Autonomía, recelo y conjetura serían suficientes para restar precocidad e insensatez al supuesto).

Mi gran apuesta para el examen fue Breully (1990): Nacionalismo y Estado de Pomares-Corredor. Barcelona. Hoy hubiera añadido el libro de Jesús Casquete (2009): En el nombre de Euskal Herría: la religión política del nacionalismo vasco. Tecnos, Madrid. Seguro que hubiera sacado mejor nota hoy que conozco un fundamento político importante:

“Abrir el pico” con orgullo  intelectual o ideológico, inhibe y aleja, postula y acerca, presiona  la inteligencia y  posiciona  la palabra.

Si este orgullo deriva en soberbia es un problema personal. Si la soberbia degenera en un fervor público de lo más enfebrecido es  un problema  más serio puesto que es colectivo.

En el mundo político  se suele aceptar,  ya que se asume que el orgullo   puede pecar de soberbio, pero  (o pues, ¿qué más da?) no es el peor mal. No causa indiferencia. Es más su exaltación   agremia.  Desde un punto de vista intelectual más humanista y menos práctico, generar   sentido de vinculación  a través de  la soberbia es  un demérito tan común  y extendido que, importe o no ya,  no deja de delatar la  gran necesidad que la sociedad actual tiene de un código cívico más ético.

Se trata de un asunto social intrincado ante el que  un político  preguntará: ¿Qué mejor corrección que  probar esa palabra en nuestros discursos?, y cuestión a la que nuestro  humanista comprometido le responderá con otra pregunta:  ¿ Cómo tomar conciencia del propio orgullo sin buenas  réplicas de apoyo  como armas  en la objeción o defensa?

La respuesta la tiene  una vez más el individuo:   mediante  el autoexamen,   predisposición al cambio y voluntad de mejora. O lo que es igual, poniendo en práctica su núcleo sintáctico: regeneracionismo constante.

¡Simple!

(06/Septiembre/2018)

 Era el 06 de septiembre de 1991. Mi madre estaba cosiendo y ¡sopresa! cantando. Yo estudiando. Sonó el teléfono y lo cogí.  Una temblorosa voz preguntó:

—¿Familia de Domingo González?_ Entonada la pregunta con  una  pesadumbre sepulcral, prosiguió hablando con sincero afecto.
—Sí. Su hermana._  Acorté  su protocolo bajo un claro ya estado de alarma.
—Tu hermano Domingo ha muerto  hoy a las 3:20 horas en….. _ No pude seguir escuchando, irremediablemente asocié el momento con la premonición que sobre él tuve pocos días antes, durante un trayecto de autobús: la idea preconcebida fue que su tiempo se estaba acelerando de forma indefectible para acercar su muerte. Mi estremecimiento, un preaviso.

Mantuve el teléfono hasta que terminó. Aprecié su esfuerzo por empatizar con mi dolor y consolé su frustración. Colgué. Miré a mi madre. Rara vez cantaba y ese día parecía estar realmente en paz,  feliz. A Dios agradecí haber cogido yo el teléfono, no ella. ¿Cómo decírselo? Respondió con increíble serenidad. Supongo que ella también llevaba largo tiempo temiéndolo, sufriendo en silencio.

(09 /septiembre /1991)

Tras el sepelio, me rapé el pelo al 0 y me refugié todavía más en el estudio.

Ahora sé que: por rico que sea el fondo documental con el que trabajemos, si no poseemos una visión amplia de la Historia de la humanidad y de nosotros mismos que nos permita sentir el vértigo de los acontecimientos y comprender sus derroteros, si el hermetismo de nuestras vidas no nos causa desazón, y jamás hemos intentado cruzar las fronteras de nuestra intimidad por miedo a afrontar la crueldad objetiva que esconden los secretos que solo a ella confiamos, no tendremos nada en absoluto que contar porque no encontraremos nada que interpretar, ni desde el colectivo ni desde el individuo, salvo el cansancio del incesante transitar por el camino de la insuficiencia y el miedo.

(11/Septiembre/2018)

No tengo el genio de Elizabeth Barrett y  la vida de otra Elisa (Elizabeth Baker) me apasiona  solo en la medida que me  identifica.  Desde luego no soy Sarah Margaret Fuller ni doctora en Historia, pero  tengo –si es que se necesita– licencia para hablar y, como ellas, algo que decir.   Es más,   pudiera tener una revolución que hacer también.

Aunque el discurso se haya oído, la que yo imagino  es de otro tipo y otro tiempo. Principiaría con total seguridad al igual que las  anteriores,  bajo  una crítica –siempre valiente– de sospecha saludable, pero no solapada ya por temor a su interpretación. Sin censura, sin represión.   Con esta suerte y mi mejor palabra,  en  la  certeza de que nadie objetaría mi quejoso concepto de  libertad ni mi aquejada rebeldía, intentaría  resolver el asunto tal cual, o sea, de cuatro  plumazos temerarios:

Así, empezaría por sumarme a las voces del siglo pasado, recuperar su lenguaje y continuar denunciando sin maliciar  el  estigma de la condena que arrastramos y que ocultamos como quien calla y esconde una culpa inconfesable.

En el primero, podría lamentar el llanto  ahogado por una gestapo internacional y dirigida por una organización de superhombres que gozan de un gran instinto social para domeñar el orden idealizado a un totalitarismo peor, si cabe, que el que yo estaba mentalmente experimentado.  Y de esta manera destapar con los demás la trastienda  del orden establecido y  sobradamente conocida  por estos hombres sabios y buenos, que con ese  supersentido rector someten alienando al individuo para arruinar un mundo solo naturalizado, atendido y verdaderamente comprendido por unos pocos.

En el segundo, podría reavivar  incluso el miedo que sentí  y resucitar mi pesadilla juvenil con Huxley, Orwell, Bradbury, Marcuse, Matrix, Doce Monos…  sabiendo que de esos barcos no nos podemos ya bajar.  Y al paso plantear yo también un  hipotético terror blanco basado en la consistencia  del orden y en su despotismo, que bajo el signo del odio, la violencia y la indolencia podría estar alimentando un mundo despiadado de insensibles e inoperantes incapaces de decir esta es mi voz más allá de la noticia y  de un reproche solidario en las redes sociales. Las cuales, siendo quizá demasiado suspicaces, podríamos considerar como un oportuno medio de escape y desahogo creado por el propio sistema para  neutralizar una vez más disconformes e insumisos.

De esta guisa,  sin más alternativa, podría  protestar  el resultado en el tercero: la regeneración controlada de una gran masa de pusilánimes desensibilizados   –en la que me incluyo– para  sostener el mundo que solo ellos desean y  que, pongamos llegado el quinto o sexto milenio de okupación, repite el mismo patrón social  en un planeta cada vez más devastado. Cocinar para saberlo. Fue Nietzsche, no yo, quien dijo que la razón empieza en la cocina.

Y   finalmente, podría manifestar en el cuarto como mi creciente escepticismo  hacia esa parte de la humanidad  que presume de evolucionada y que sigue funcionando ajena al espíritu y todo lo que implique un sentimiento colectivo de especie me mata tanto como fumar.  Pero ¿de qué serviría seguir carraspeando con el cigarrillo en la mano  lo que todos ya sabemos?

Puede que  el pensamiento revolucionario haya sido  el motor de nuestro pasado histórico, pero no ha creado un mundo mejor. El mundo se sigue resumiendo en opresores y oprimidos  y una nueva revolución solo  crearía otro mundo de opresores y oprimidos.   Aunque no sea tan apasionante como lección de historia, el cambio progresivo de mentalidad denota  mayor interés y eficacia.  No obstante, pienso que subyace la misma resistencia.

Ahora más que nunca procede manifestar la exasperación que  causa  formular la gran cuestión:   ¿cuántas veces  más repetiremos    la misma cumbre o conferencia  sin  diálogo satisfactorio y cuántas  iremos a la misma guerra  igualmente engañados o convencidos? Ya que la  pregunta parece ser retórica y  que su gravedad  aumenta, me planto  aquí: en su alerta. 

(12/Septiembre/2018)

¡Patético! Sobradamente advertidos  para afrontar la inconsciencia de la disidencia más poderosa y sin  pasión de ánimo para tomar actitudes tajantes y resueltas  frente a ella. La parálisis  de fuerzas es claramente notoria y esclarecedora. Sospecho que  en ella interviene un sentido de convivencia   dañado y,  francamente,  bastante equivocado.   La falta de voluntad y la pobreza de espíritu difícilmente se combaten con un talante pseudorevolucionario o  un tímido reformismo.  En mi opinión, ensalzar  ambas actitudes, condenando la palabra «revolución»  y su potencial de génesis actual simplemente  por  la historia que lo acompaña, es presumir  infalible su   acontecimiento  presente con sucesos similares en la tragedia e igualmente  cargados  de  una violencia y extremismo ya pasados.

(Ampliar la perspectiva permite advertir  cierta indefensión de pensamiento junto a  una marcada  tendencia a caer en la simplicidad más inútil de dicha nomenclatura).   

Yo ya no puedo concebir otro logro  colectivo que no sea cumplir en nuestros días el sueño más activo de las noches: despertar con la sorpresa de un desarme y un compromiso ecológico global y efectivo.  

Hasta que llegue esa hora feliz  seguiré reclamando:    

  • que  la casta militar de Neverland, siempre justificada en la guerra, pues a ella  y a esa hipotética necesidad de defensa debe su supervivencia, pierda su razón de ser  del  mismo modo  que  los mortales perdemos la  vida, de forma definitiva.  
  • que aprendan a  combatir su ociosidad de otra manera y  que   sus nobles e indiscutibles valores encuentren mejor empleo. 

Probablemente, ese decisivo día no despertaré, pero confío en que ese buen día, tan verde, pacífico y crucial, no quede señalado de  mero modo nominal en otro «día después»  o  como «solución final». Puede que nuestro coraje no sea  suficiente  y que  tampoco ahora consigamos  un avance significativo en la conquista de la libertad, pero  no soportaremos más un triunfalismo militar absurdo.

Cambiar patrones siempre es  didáctico y viral .   El espíritu revolucionario nada promete ya, pues nada contagia, salvo la urgencia del cambio social, claro está.   El reformista  acusa miedo y nada asegura, excepto la necesidad de acometer el cambio con nueva   mentalidad. Se trata de un esfuerzo   que   cualquier dirigismo geopolítico  desea y  teme,   puesto que cabe prever una desembocadura demasiado precipitada, cuando no frenada.  

Actuar por el hombre es actuar por el mundo.  Hacerlo ahora nos obliga  a  recurrir a dialécticas profundamente introspectivas;  exige tales niveles  de previsión y prudencia que  requeriremos   incluso el concurso  de los  propios ángeles. Una podría ser esta:
— Atrévete a decir todo lo que callas. _Me desafiaron.
— ¿Qué? ¿nombres sobrada y tristemente conocidos? ¿mi arrítmico  pulso ante el desenlace fatal o triunfal de un mundo insólito que intuyo inminente o mi anárquica y arrebatada disertación con  un discurso, al parecer superado y con el que no cabe nada más que hacer, por puro  juego expresivo con la palabra: «subversión»?  

No busco sublevación. Sirviéndome del lenguaje de Campo Vidal, tan solo son palabras  “desbordadas”;  recuerdo  ingenuo y sin dobleces  del delirio prosaico de una conciencia hace tiempo adquirida, ahora extinguida y de la que  ya nada más afirmo. 

¿Soy por ello peligrosa? No,  a pesar de que lo entienda y en mí despierte cierta simpatía,  no  soy  antisistema.  Si la voluntad y la consciencia de cada uno camina de forma aislada, ¿dónde queda nuestro sentido de especie y humanidad?

Quiero pensar que sé reconocer  el gran peso de la  Historia. Al menos tanto como valoro ese hondo alivio que en nosotros produce el esfuerzo   del conjunto social  por corregir y mejorar el mundo heredado (nuestro único legado) y, de esa suerte,  hacer la vida más  fácil y  bella para todos. Aunque en su práctica ni el mérito ni el beneficio sean globales, para mí se trata de un dinamismo auténtico que,  hasta  con fruto siempre inmaduro,  posee las raíces y  el ánimo requeridos para devolvernos la confianza en  el devenir del sistema y creer que caminar en paz es posible.

No obstante, tengo que decirlo también desde la introyección presente. Tampoco  soy una neta defensora  y cada vez me creo menos la Internacional.  Desconfío del hado colectivo porque así lo hago del propio y ajeno. Incluso sigo preguntándome  cuál es la lectura del  desarrollo, adónde nos conduce  nuestra evolución real y qué sentido tiene este colosal progreso tecnológico si ni aun así conseguimos quitarnos el grillete…

Acabemos con mi axioma favorito: «La Historia es el progreso de la conciencia de la libertad» (G.W. Friedrich Hegel)

¡Duele, sí!, el mundo y su progreso; su grandilocuente historia  lastima y pronuncia la insignificancia de la mía.

 (Haré algo verdaderamente revolucionario: repudiar el derecho al soma. Dejaré de fumar).


Fin de Carrera.
(13/Septiembre/2018)

La casualidad quiso que conociese a Iván pocos meses después. Gorria nos presentó una noche que prometía diversión. Iván era su compañero de piso y esa noche iban a celebrar la graduación en el apartamento bebiendo calimocho. Gorria Hernanz Collado era un navarro auténtico y, tras mi ruptura sentimental, se había convertido en un compañero inseparable, así que decidí apuntarme a la juerga. Cuando llegué sorprendí a Iván fregando el suelo.

Off de Gorria.
(13/Septiembre/2018)

Mi entrada hizo que Elena concluyese su conversación con Iván de una forma cortante y repentina. Pude observar con detenimiento como fijaba su mirada en él, mientras el rubor se extendía por sus mejillas y de un modo compulsivo giraba el anillo engarzado en el dedo corazón de su mano derecha. Cuando la saqué de su abstracción para despedirme momentáneamente (pues estaba claro que no me acompañaría a comprar las “birras”) asintió complacida con un indiferente —hasta ahora.

A mi regreso y, sabiéndose descubierta, se limitó a comentarme que era evidente que se había equivocado de príncipe. Sin apenas conocerlo ya quería desposarse con él. Tan simple como suena. En silencio le juró amor eterno y al Diablo imploró que no interpusiese ninguna traba. Su búsqueda había terminado.

Cuando salíamos ambos actuaban conteniendo su excitación para no evidenciar sus sentimientos con lo que la atracción entre ellos se disparaba. Elena sentía especial debilidad por los hombres tipo “Cristo” e Iván daba la talla. Alto, delgado, de larga y abundante melena negra y rostro viril ¡por supuesto que la daba! Si había un Cristo dentro del imaginario colectivo capaz de definir fielmente la figura de Iván sin duda alguna era el de Velázquez. Un Cristo humanizado, sufriente y con una expresividad suficientemente alejada de las idealizaciones estéticas renacentistas que tanto la disgustaban.

Salimos en grupo durante algún tiempo sin que ninguno se atreviera a dar el angustioso paso de la declaración. Recuerdo que fue precisamente en el bar de su ex cuando más decidida estuvo a revelarle sus sentimientos, pero desgraciadamente éste lo impidió. Al parecer quería recuperar la relación a pesar de que hacía ya tiempo que  nuestra Lena había dejado de pensar en él.
Le llevó diez minutos dejar las cosas claras con el ex. Cuando regresó al grupo, Iván, aprovechando el baile del momento: a empujones, le propinó un incomprensible y desmesurado golpe que casi la hace caer. Elena, mucho más desconcertada que ofendida, reaccionó lanzándole una desafiante mirada que lo achicó. No necesitó pronunciar palabra alguna para denunciar la injusticia de tan violenta actuación y expresar su estupefacta decepción.  Determinada y contundente. Por eso me gustaba y decidí ayudarla.

Era evidente que todo había salido al revés. Yo no debí haber insistido esa noche en ir a La Farándula: el bar de moda del 96 y el bar donde trabajaba su ex que, por cierto, también era mi amigo. Y ella tuvo que haberse marchado con Iván cuando antes de entrar en el bar pudo intuir en su gesto extrañado de brazos abiertos cómo le preguntaba: ¡De verdad quieres entrar ahí? … Sospecho que Iván estaba en lo cierto. No quería entrar. Pero le faltó  el valor y el coraje necesario para asirse a su mano y escapar de una situación que se anunciaba incómoda por comprometida.

Una vez más la intrusión de terceros y la fatal inercia de los acontecimientos marcaba su destino, pero de ninguna manera merecía aquel injusto empujón cargado de repulsa arbitraria e injustificado desprecio.
Obviamente, Iván no conocía a Elena lo suficiente para saber que para ella cualquier expresión de violencia, por nimia que fuese, era del todo gratuita y por ende intolerable, pero sí la intuía lo bastante como para saber que la comunicación entre ellos no requería palabras y desde luego todos pudimos comprobarlo. Sus miradas hablaron y la de ella de tal modo que Iván acabó refugiándose en un rincón, cabizbajo y perturbado, pero sin intención aparente de ofrecer una disculpa por lo que la animé a marcharnos.

—La Voz—
(15/Septiembre/2018)

Y así era, bastaba cruzar una intensa mirada conmigo para cautivarme. Aquel cruce, cuyo lapsus temporal fue tan breve que pasó desapercibido para todos, quedó grabado en mi retina para siempre.
En realidad lo único que había ocurrido es que había cazado una mirada furtiva. Sin embargo la emoción con la que viví aquel instante fue tan plena que acabé convirtiéndolo en un recuerdo perenne al que entregarme cada vez que necesitaba sentirme viva y redescubrir el aspecto mágico de la vida.

En fin, al desagradable incidente le siguió un desanimado otoño y un invierno desapacible por inactivo.  El paro laboral genera inercia y un creciente hastío social que ya acusaba. Lo más reseñable de aquel tiempo fue que tuve un último y de nuevo desafortunado encuentro con él precisamente en el bar donde tuvo lugar el desencuentro. ¿Ironías de la vida o la palabra mordaz de un destino siempre fatal?

La razón de que estuviese en La Farándula aquella noche estaba clara. Al concluir la carrera todos  regresaron a sus lugares de residencia, incluidos Gorria e Iván. En cierto modo me quedé sola, por lo que seguí frecuentando “el bar” donde siempre encontraba algún charro conocido con el que charlar.
Por entonces mi ex seguía intentando recuperarme sin lograrlo. Me cortejaba convencido de que todavía le quería, ignorando la incredulidad que profesaba a sus halagos y la insensibilidad que demostraba a sus carantoñas. Moralmente estaba obligada a dejarle actuar, así que lo mantenía en calidad de amigo sin poner nada de mi parte para que la relación progresase. Ahora sabía lo que era el amor verdadero. Sus acercamientos carecían de la intensidad que había descubierto en los de Iván a pesar del lamentable y todavía doliente atropello. La segunda oportunidad solo estaba sirviendo para tranquilizar las conciencias y corroborar que la relación estaba muerta.

Ahora bien, explicar la presencia de Iván en aquel bar cierta noche, sabiendo que no se llevaba con mi ex resultaba más difícil. Supuse curiosidad. Es decir, descubrir qué había pasado finalmente entre ambos.

Al verlo entrar disimulé mi alegría y, en principio, actué como si no me hubiera percatado de su presencia esperando no sé qué maniobra por parte de él. Obviamente, la maniobra no fue la esperada. Iván se limitó a observarme desde el otro extremo de la barra del bar, sin chistear siquiera un hola o gesticular con la cabeza o la mano un saludo convencional que diese pie a que me acercara con naturalidad.

Entonces los escasos cuatro metros que nos separaban se convirtieron en 4000. Distancia que se resolvía en apenas cuatro segundos y cuatro pasos, pero suficientemente largos para pensar el acercamiento y repensar la vuelta bajo dos supuestos de reacción: que me acogiese y retuviese o que, sin más, me saludase con aspereza e inmediatamente se despidiese.

Aunque parezca ingenua, la situación para mí era sumamente grave. Afrontarla con garantías de éxito parecía poco probable. Mi perplejidad aumentaba y él seguía observándome.  O actuaba de inmediato o la creciente presión lo impediría.

So pena de hacer el ridículo intenté   aproximarme, aclararle con la mayor franqueza la confusa situación y, ya puesta, confesarle mis sentimientos. No pude. Tomar la iniciativa y atajar por el sendero de la improvisación manifestando una confianza que  ya no tenía no fue posible. Había transcurrido demasiado tiempo para que el acercamiento resultase espontáneo.

El amago quedó interrumpido.  Una mano invisible frenó mi hombro mientras una voz interna me aconsejaba esperar argumentando que no había llegado el momento.

Vale, esperaría
—¡pero no hasta los cincuenta! _Acordé con la voz y con mi cobardía, sin advertir que pagaría caro esa soberbia.

Cuando Iván marchó quedé tan desolada que en ese momento corté definitivamente la relación con el ex y no volví por aquel bar.

El desasosiego que padecía, por haber sido  descubierta dando aparentes oportunidades a un hombre que no las merecía, no  remitía. Una desocupada mañana  de diciembre con Radio  3 de fondo, desayunando  un  reposado café en pijama y por cierto de cuadros,  me aburrí de sufrir y  dije: ¡Basta!

No necesitaba teorizar más.  No había tesis objetiva que defender ni antítesis que contraponer. La síntesis estaba clara y Platón tenía razón: vivíamos en el mundo de las sombras y guiados únicamente por las apariencias.

Así renuncié a él, pero no a su recuerdo. Mi empeño  en mantenerlo vivo se perpetuaría hasta los 40.

(15/Septiembre/2018)

Hasta donde hoy llego en eso se resume y resuelve la juventud de la licenciatura, y es en su capítulo final cuando –ahora me doy cuenta–  se gesta mi miedo a la locura.



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