Bitácora I.-III

El método

VICTORIA DIALÉCTICA:
—¿Qué habéis venido a anunciarme?
— (respuesta privada).

—Insisto, ¿Por qué me habéis elegido a mí?
—Para ayudarte a realizar la obra. Atrévete.

— ¿Cómo? «La fe no es suficiente para desarrollar el contenido» (Hegel)
—«Ten el valor de equivocarte» (Hegel). 
Continúa y en su momento te
 convencerás. 


EPÍSTOLA:
(02/Noviembre/2018)

La razón de que te lo cuente ni yo misma la sé. A tus ojos, un capítulo anecdótico más de la tragedia de una sensiblera. A los míos, el intento  –¿cómo decirlo? –   ahora que estoy  ¡más `consciente de lo que hago y digo? de  sincerarme conmigo y de corroborar ciertas conclusiones contigo.

Necesito desahogarme y tú eres una de las pocas personas con la que realmente me gusta habl@r,  que tiene capacidad para ayudarme a reconocerme en el mundo otra vez y a salir del abismo en el que he caído. Un abismo del que temo no regresar jamás, pues  desde lo que me pasó sigo desandando el camino sin ganas ni oportunidad que me de esas ganas para dar siquiera un paso al frente, al firme.
Sé que opinas que es imposible que uno mismo se practique el psicoanálisis porque no es objetivo. Yo te digo que con psicosis es posible disociar tu mente en dos –en múltiples– personalidades, siendo una o varias las objetivas. El riesgo: acabar en una celda acolchada. La esperanza: si no sanar, al menos acabar con tu tormento.
Contarte lo que quiero decir sin más no es fácil. Las palabras no dicen nada cuando no hay una verdad interna que las sustente, pero nos conocemos desde siempre y entre nosotros existe esa verdad que hace que sobren muchas palabras.

No te contaré mi historia. La conoces sobradamente. Tampoco quiero entrar en qué es lo que me ha pasado. Cada cual juzgará. ¿Iluminación como la de Santa Teresa? No lo creo. ¿Todo un producto de mi imaginación? Tampoco.
No pretendo equipararme ni discutir la santidad de Teresa de Ávila. Eso es algo que me queda muy alto, pero sí matizar contigo que su iluminación ahora sería considerada esquizofrenia y sus estigmas, meras psicosomatizaciones de su delirio, fruto de una religiosidad exacerbada. Yo si tengo algún estigma es el de Caín.

Hay un libro que quiero leer, la biblia de la psiquiatría, probablemente su cientificismo se me escapará, pero me temo que con todo seguirán clasificándonos como si fuéramos donetes.  Quiero comprobarlo, así que  consultaré su edición más actual:

American Phsyichiatric Association (2014): DSM-5_Manual diágnostico y estadístico de los trastornos mentales. Editorial Médica Panamericana.

¿Recuerdas? Tenía muy claro que a los 33 estaría realizada. No me preguntes:  ¿por qué?  Coincidía con el cambio de milenio y se me antojó como punto de inflexión en mi vida. Pues bien, el ansiado momento llegó y no solo no conseguí ninguno de mis objetivos sino que además perdí mi equilibrio. Ese fue para mí el efecto 2000: una grandísima bofetada.
Todos pasamos por un vía crucis que, como a Jesús, nos es revelado en algún momento de la vida. Todos repetimos la vida de Cristo. Tocar fondo es algo obligado en la vida y yo lo toque también a los 33.

Supongo que la mujer que tú conociste aún subsiste, pero desde luego no es la que aflora ahora. La actual está perdiendo conciencia de lo que pinta en este mundo y se concentra en un punto de fuga inexistente. Tocó fondo y optó por vivir, y ahora mira al frente con timidez y sin más ambición que sanar.
Si te cuento todo esto es porque intuyo que me entiendes. Puede que pienses que me ahogo en un vaso de agua, que me detengo demasiado en las cosas pequeñas, sencillas, pero sé que no te sorprendo si señalo el gran valor que esconden y la lectura que puede sacarse de ellas.
Ayer y hoy es así como lo sigo viviendo. Saco lectura a todo lo que me rodea y la lectura es cada vez más surrealista. No sé si estoy de manicomio o de monasterio, ni me importa ya si es depresión pasajera, angustia existencial, neurosis, esquizofrenia o psicosis. Solo sé que en estas circunstancias no puedo ser útil a nadie, y que primero tengo que poner orden en mi cabeza para poder ponerlo en mi vida. Esta carta puede que sea un primer intento de hacerlo.

Ahora puedo leer y concentrarme en lo que hago. Antes me perdía en la primera línea de cada libro que escogía. Ignorándome a mí misma y manteniéndome todo lo activa que puedo he conseguido silenciar mi pensamiento:  esas ¿voces?  de modo que no estén tan presentes en mi cabeza. Las malas, aunque escasas, me acosan de cuando en cuando ensañándose con mensajes críticos e intimidatorios tan negativos que me confunden, callan y acobardan. Las buenas se despidieron con la promesa de su vigilancia desde arriba. Todas menos una: Jensiliah continúa conmigo y sabe silenciarlas hablándome, consolándome y dándome la paz interior que por mí misma no consigo, pero a los demás digo que mi intelecto continúa desdoblado y pensando en plural. Si es así, me estoy acostumbrado a la bipolaridad.

Con Jensiliah tranquilicé mi alma, pero no mi corazón. Aquel cuento del que solo conozco la versión secreta de la princesa continúa en mi maleta y, aunque sigo refugiándome en él, no consigo ver más que el aspecto viciado de este mundo que me impide conseguirlo.

De momento y sin trabajo cada vez más convaleciente en Salamanca. Lo único que deseo es que mi metamorfosis, aunque esté siendo bastante kafkiana, no sea para convertirme en escarabajo.
No te preocupes soy hábil con los puzzles y esta vez sí tengo todas las piezas para sacar el alien de mi cabeza.
Quizá debería coger el telescopio, pero como no lo encuentro sigo con el microscopio. El mundo es el mismo y desde ellos no hay nada casual. No sé… Siento que todo, hasta el más ínfimo detalle de mi vida, está ocurriendo por algo y para algo que por fin ahora empiezo a vislumbrar, y esto me da pavor.

Mi entrañable amigo, he querido  disfrutar del descanso espiritual de Silos, pero no me han aceptado por ser mujer, y eso que llevo el pelo corto y dispongo de hábito. Para mí  solo caben los conventos y en ellos no hay buenas bibliotecas.  El mundo es tan triste!

En Salamanca a  11 de noviembre de 2014 y a día de hoy.

Monasterio o Sanatorio.
(03/noviembre/2018)

Hablando por teléfono con este gran amigo y estando en las mismas, le conté para mi consuelo que mi psiquiatra, al que en principio encontré algo sobrado de autoridad, nunca me había propuesto que acudiera a un psicólogo, y que ante un intento de confiarme ante él lo único que me dijo fue que no le aburriese con mis historias mentales.  

No sé si ese amigo entendió el alcance de aquella frase, pero con ella el buen médico me devolvió al mundo real. Me ganó, y aunque tendría que visitar más especialistas, solo él me influyó de verdad. Mi tormento existencial desapareció. Un conflicto interno superado con fe y suficiente inteligencia para deducir de aquel comentario que, a pesar de lo que me había pasado  y de lo que había aprendido sobre el Thánatos,  debía dejar de escucharme. Si de verdad quería sanar debía ignorarme, creyese lo que fuese y aunque mi conciencia y curiosidad se opusiesen. Es decir, abandonarme al mundo, a Dios «si  en verdad prefería llamarlo así»,  aun cuando  para mí implicase perder una esencia  importante.   Pero el entusiasmo del logro   no  pasó de la mera celebración. Lo cierto es que resultó verdaderamente difícil desoír, por no decir imposible olvidar.

No obstante,  si  siempre acudía a él era porque no era un amigo invisible ni inventado y sabía que siempre podría contar con su sensatez y realismo. Es más,  suponía que  no me fallaría y  que intuiría que lo que verdaderamente quería escuchar de ambos era que a pesar de todo no estaba loca. Eso deseaba oír, pero no fue así.  Para mi desconcierto no discutió el prediagnóstico, tampoco la reflexión, solo me animó a seguir pensando con la esperanza de que  mi brote psicótico se quedase en eso, en algo episódico. Yo bastante desairada le contesté que lo que quería precisamente era dejar de pensar y muy enfadada sentencié:

—Vosotros, los que también vais de  «psicomen»  no curáis, solo escucháis  y eso de igual modo lo puedo hacer yo y cualquiera, hasta el espejo. _Colgué.

(04/noviembre/2018)

Sin embargo, desde el campo facultativo, al que por supuesto tuve que someterme, la cosa fue diferente. He escuchado a muchos psiquiatras, probablemente demasiados, y en este contexto debo decir que les he oído hablar de la religiosidad como una enfermedad mental, un tipo de psicosis que tiende un puente entre dos ámbitos enfrentados que dimensionan la realidad sin posibilidad de reconciliación:

– El sensitivo, común, lógico, natural y supuestamente científico. Dense cuenta de que no añado el calificativo: objetivo.
– El espiritual, privado, supra o infra-lógico, sobrenatural, teológico y, hoy por hoy, totalmente desacreditado.

En mi opinión, una dualidad experimental tan escasamente desentrañada que apenas explica nuestra humana cosmogonía, sin más intercesión que la del sol y la luna en los dos momentos más mágicos del día, cuando en la brevedad del fascinante encuentro astral, y con la perplejidad que provoca contemplar su interacción, descubrimos también el sentido de nuestro diálogo: nuestro enriquecimiento existencial.

Pues bien, yo pasee por ese puente y por ello me vi metida de lleno en este debate sin que todavía haya encontrado psiquiatra,  libro o amigo que me libere de esta patología –si es que la es– ni religión que me aclare de un modo satisfactorio el porqué y el para qué de mi trascendental experiencia –subconsciente, si lo prefieren- si el delirio místico que sufrí hubiera sido eso, una experiencia transcendental.

De este paseo tengo que decir que me ensimismó en un diálogo interno constante y de discurso interminable. Quedé atrapada en una espiral infinita de pensamiento viciado que bien podría ser la pesadilla más terrible de M. C. Escher; obligada a cuestionar cada día mi cordura con una segunda voz interna que nunca callaba y que, por ser segunda, sorprendía y extrañaba tanto en sus palabras que resultaba imposible no considerarla una entidad ajena y diferente.
Una voz inconsciente contra la que luché hasta el momento en que comprendí que solo escuchándola desentrañaría mi locura; hasta el instante en que descubrí que solamente racionalizando  el delirio (su mensaje) sanaría, pues quería creer que únicamente se trataba de un estado subjetivo del alma que debidamente analizado pasaría.

Diga lo que diga Freud, debatir el propio subconsciente no es difícil cuando éste se abre espacio en el plano consciente, haciéndose inteligible y con voz clara, además. Ahí continúa mi defensa. Si la información resulta cierta y enriquecedora, la experiencia puede ser realmente positiva. Yo profundicé en mi ser y conseguí aceptar mi sino, por lo que el esfuerzo no resultó gratuito.  De esta manera y aunque la constante era depresiva  pude disfrutar de periodos  considerablemente «felices» en  los que  solamente mi psiquiatra y el despiadado espejo  me obligaban a enfrentarme a mi realidad; ambos  me  mostraban con frialdad objetiva  la mirada extraviada de la locura.

Que tus ojos  te recuerden el trauma, la culpa, el monstruo que hay en ti cada vez que te miras al espejo es espantoso. Detestaba el espejo y lo evitaba todo lo que podía. Pasaba las horas dormitando en mi cuarto. Mis incursiones en lo onírico me evadían hasta que llegaba la hora de asearse, de enfrentarse al temido espejo, y comprobar una vez más como  la mirada estaba  perdiendo la serenidad de la inteligencia. Al menos aún conservaba algo de templanza. No lo había perdido todo, me repetía constantemente.

No se puede imaginar un tormento así. Tenía  más miedo a la cordura que a la propia locura.  Día tras día  despertaba ignorando  mi demencia y noche tras noche me dormía –si es que dormía– embargada por la duda de si lo vivido era real o imaginado.  Cuando optaba por lo segundo mi desconcierto era total. Los ratos realistas en los que no me evadía sentía tan profunda desazón que me veía incapaz de concursar en una conversación siquiera. Este se perfila como uno de ellos. Dejémoslo pues para mañana.

(04/Noviembre/2018)

Más inútil fue mi debate entre un intelecto ansioso de argumentos convincentes que demostrasen todo el engaño de la experiencia transcendental  (aunque tales argumentos no fueran más que sofismas de certeza pretenciosamente concluyente y objetiva) por un lado y, por  otro, una gnosis sensorial de registro objetivo indiscutible que, bajo la misma pretensión, garantizaba la vivencia, convencía y esclarecía dejando al intelecto sin capacidad de cuestionar su veracidad.

En suma, un diálogo de sordos imposible, frustrante y malogrado en el que quedé enredada por no conocer el lenguaje de signos del combate existencial; por desconocer las estrategias de defensa, si es que hay alguna efectiva, contra el registro ambivalente de una contienda interior demasiado dura y peligrosa –ahora lo sé- para ser afrontada por un espíritu inmaduro, frágil y confuso como el mío: mentalmente indisciplinado y sin más táctica que la neutralidad.

Sí, avanzaba por un camino cuyos derroteros solo habían sido explorados por los que estando tan locos como yo querían cambiar el sentido de sus vidas o, cuanto menos, comprender la razón de su existencia hallando la justificación a su inexorable destino.
Y sí, mis sentidos complicaban la trama de una psique empeñada en desmentir una  «locura» declarada, pero también lo hacía mi subjetividad catequizando –y de qué manera!– la trascendencia de una experiencia existencial que me hizo sentir que tocaba el cielo y creer que recibía de los mismísimos ángeles el consuelo que ningún mortal supo, pudo o quiso darme. Ante mi insistencia por conocer la identidad de tales «voces» me contestaron con secretismo:

—Solo una vez mas ¿por qué habéis venido a mí?
—Porque  se necesitan más ángeles en la Tierra. En el cielo no pintamos nada, como las monjas en el convento. ¿Recuerdas? _de pequeña, ya lo saben, quería ser misionera y me gané una bofetada  por decirles exactamente eso.
—Mereces ver la luz. Para nosotros todos tenéis el mismo valor, pero tú eres un punto y aparte en el que queremos detenernos y trabajar en su redacción _(¿?).

Ángeles o no, lo cierto es que de su mensaje pude obtener la fuerza necesaria para seguir viviendo y mantener mis anhelos.

Pero del mismo modo que mi voluntad subyugada por esta subjetividad, algo infecta y perniciosa, se rendía creyendo obtener de este mensaje fuerzas, el juicio con toda su sensatez insultaba mi embobado pensamiento y excusaba su ofuscación como consecuencia de un trágico pasado, de un presente incierto y de un futuro desesperanzador.

Como protagonistas sin rol de un «reality» sin guion, estos parámetros interactuaron en mi mente hasta dejarme clínicamente definida como paciente crónico; obligada de por vida a tomar una pastilla diaria que me regulase la dopamina y me hiciese dormir, y para siempre condenada a sufrir una subjetividad insalvable que llegaría a maldecir por sus técnicas de combate y su capacidad para atacar desde todos sus frentes el sistema inmunitario del juicio sano, corroer la objetiva percepción de los sentidos y resistir la defensa de la razón hasta acabar con la claridad del entendimiento.

A pesar de todo, algo aprendí. Las locuras, como la mía o como la normopatía –quizás la más práctica e inteligente  por consecuente– no son más que el recurso que tenemos para explicarnos experiencias que con juicio «cuerdo» no podemos.

(04/Noviembre/2018)

Defender esta última premisa aclarando la trama que me hizo llegar a ella fue lo que me llevó a escribir, pero plasmar aquí  lo que hace tanto tiempo escribí,   y con la conciencia que el tiempo me ha aportado no lo está haciendo más fácil, pues me obliga a definir y aclarar mis pensamientos tanto conscientes como inconscientes con mayor prudencia y sincretismo. En mi situación, con el sistema nervioso enfermo, como pueden imaginar el esfuerzo es considerable. Tanto que en más de una ocasión he querido dejarlo por considerarlo un desafío imposible; más tortuoso aún, si cabe, que mi propio tormento.

En fin, un verdadero sacrificio ante el que podría haberme rendido de no haber constatado ahora algo importante. El texto antiguo mantiene su coherencia y, a medida que han pasado los años y pasan los días, el argumento se hace más inteligible para mí y la lógica narrativa que estoy empleando también aquí muestra un claro sentido.

(04/Noviembre/2018)

Ya que releer el primer manuscrito transcurrido un tiempo me aportaba la objetividad y el distanciamiento necesario para seguir desarrollando la trama de mi delirio como yo quería, sin exceso de pasión, lo convertí en método y las páginas  aumentaron lentamente hasta que alcancé ¿el desenlace? ¡Qué va! únicamente un desenlace.  Pero en ese momento me percaté de que el delirio, aunque subsistía, ya no dirigía mi voluntad ni controlaba mis actos. Entonces, mis esperanzas de recuperación se dispararon. El ejercicio funcionaba. Mi desapego progresivo hacia aquellas voces así lo demostraba, y decidí continuar con él. De este modo, con este pequeño o gran éxito, afiancé mi empeño en la escritura.

Desahogar el delirio a través de la praxis narrativa era lo más eficaz para combatir mi trastorno (esquizofrenia, psicosis, neurosis, ¿qué  importa como lo denominemos? mi médico asegura que todo es lo mismo: reacciones psicoafectivas a nuestro malestar social). Constatada su efectividad, por tanto, me creí curada y di carpetazo al manuscrito, carpetazo al pasado y, cuanto antes, carpetazo a mi tormento. Sin embargo, continuar viviendo con el certificado de salud mental ya no fue posible (me pregunto cuántos hay sin él, necesitándolo). No había considerado el lado fisiológico de la enfermedad mental (el nerviosismo y las infernales crisis). Además, el camino recorrido era tan largo que no había posibilidad para el regreso. El carpetazo era imposible porque el proyecto – problema continuaba de alguna manera en mi cabeza.

Puesto que  fue precisamente al terminarlo cuando entendí que con el ejemplo de mi testimonio podría ayudar a otros pacientes en la misma situación y conseguir que la sociedad en su conjunto entendiese que no todos los enfermos mentales somos Norman Bates ni vamos por la vida haciendo locuras –aunque ésta sea una– quise contarlo y declarar de esta manera que  somos simplemente personas afectadas por idiopatías inofensivas en su gran mayoría; pero para conseguirlo tenía que hacer público mi tormento y para publicarlo, obviamente, me faltaba valor. Mi psiquiatra, compartiendo el mismo interés, fue quien disipó mi miedo, despejó todas mis dudas y finalmente me impulsó a publicar  un testimonio en principio acometido como terapia y en principio escrito solo para mí.

Sorprendentemente, los estudios que proseguí me reafirmaron en mi objetivo aportándome la serenidad y resignación necesarias para continuar el proyecto. En concreto, la obra del alemán Werner Fuld “Breve historia de los libros prohibidos” (RBA, 2013) fue la que me ayudó a comprender que no debía temer tocar el tema místico y divino y menos aún temer las consecuencias de su publicación como lo estoy haciendo ahora,  aunque  sea a modo de mero resumen, pues soy consciente de que poseo suficiente alquimia verbal para otorgar todo el potencial de sanación que mi vivencia contiene a quien  lo esté leyendo desde la necesidad o la simple curiosidad.

Con todo confío –y ésto a título personal–   en que  contándolo justo ahora  y del modo en que lo estoy haciendo conseguiré  esclarecer definitivamente si no el sentido de mi vida al menos  sí la razón de todo lo vivido.

No sé qué pronóstico tendrá la enfermedad mental en un futuro, pero hoy por hoy es incurable. Se trata pues de aprender a convivir con el delirio. Conseguir que ni las alucinaciones ni las ideas delirantes transformen tu personalidad y de esa forma puedas llevar una «vida normal». En definitiva, dominar el delirio para que el delirio no te domine a ti.
Muchos se abandonan a su suerte por considerarlo una lucha perdida. Yo la afronté dialogando con mi interior, investigando el origen y  naturaleza de tales `pseudoalucinaciones´, y contrastando o cuestionando su aporte informativo con el arma más eficaz que poseemos: el raciocinio.

Ahora recuerdo que pensando en cómo «escribir lo que yo ni puedo ni sé » me contestaron:

—Tú pon las manos, Dios hará el resto. _Un consejo que recibí de la comunidad musulmana  de Fuerteventura tras una entrevista para el periódico local. El resultado ya lo están viendo.

Fruto de todo ello es este blog. Oculta una historia difícil de creer, pero verídica al fin y al cabo: el relato de una esquizofrénica o psicótica cuestionable. Un relato que contiene todas esas pesudovivencias que me han hecho lo que soy, y cuyo esfuerzo no me ha dejado agotada, vacía, vendida, rendida, ni tampoco frustrada, pero sí suficientemente mentalizada para afrontar lo que tenga que venir con determinación estoica y la fortaleza que me da el saber que algo importante he debido aprender; esté o no consiguiendo transmitirlo a lo largo de los días a mis coetáneos y sufra o no la dura crítica de la posteridad, pues sin duda serán las generaciones futuras las que con perspectiva distante, y por ello más objetiva, enjuicien de un modo diferente el grado de imbecilidad o inteligencia que he aplicado a la vivencia de mi contemporaneidad.

(04/Noviembre/2018)

Obviamente no todo en ese relato fue delirio ¿Qué sentido tendría contar un delirio sin su contexto personal y social? De alguna forma, por tanto, tenía que historiar mi vida, elegir una mirada y distinguir el mejor momento para arrancar y, lógicamente, un punto en el que terminar. La fórmula se repite también aquí.

La mirada que hallarán pues en este blog es la misma del manuscrito: el contrapunto; concepto musical con el que curiosamente consigo definir mi claro intento de dar equilibrio polifónico a todas esas voces delirantes que han orquestado mi vida y que no siempre procedían de fantasmas. Sus identidades, obviamente, quedaron resguardadas y aquí serán protegidas también.

Por otro lado, y apoyándome en el hecho de que toda obra narrativa obedece a las exigencias del proceso creativo, me permito un par de licencias literarias que no restan veracidad a mi historia.

Contrariamente a lo que se espera de un testimonio, yo en principio relaté el mío en tercera persona  y de forma anónima para protegerme. En este blog, cansada de fingir, lo haré  en primera, pero manteniendo las distintas voces  –ya que no me faltan–  para que  mi personalidad no les acabe  fatigando.  Dos razones fundamentales: me permite adoptar puntos de vista diferentes con el que gano algo de objetividad (aunque sé de antemano que ésta es imposible), y dinamiza un relato que en única  persona resultaría pesado y abrumadoramente  omnipresente.

Si con la primera licencia nació Nobra Merg con la segunda confío en desvelar un final que me puede llevar toda la vida resolver, pues, a medida que sigo desenmarañando la trama o que esta me va siendo revelada, un imperativo se está evidenciando con mayor necesidad: no puedo concluir sin esclarecer por completo el sentido de mi delirio. Pero tras tantos años madurando la trama de mi vida el proyecto sigue amenazando con ocupar el resto de mis días sin dejarme mirar a otro lado. Razón más que suficiente para trabajarlo en este blog  entre largos paréntesis mudos, porque sé que no  faltarán los momentos  en que desee abandonar y los que recupere el ánimo necesario para retomarlo.

Licencias aceptables o no, lo cierto es que se revelan adecuadas para mis fines. Con ellas denuncio el estado subjetivo de mi alma y consigo no solo demostrar lo difícil que es para nosotros distinguir la realidad de la ficción, sino que también logro ampliar el alcance de mi mensaje, al exponer de forma mucho más contundente la angustia y el tormento que se puede llegar a sufrir bajo una enfermedad que  magnifica, sobredimensiona  y –aquí viene su definición–  que sobreanaliza y desvirtúa todo lo que haces, sientes, piensas, dices y callas; todo lo que oyes y lo que no te dicen; lo que te hacen, lo que te sucede y lo que no; hasta que te descubres en alerta de crisis, desorientada en el supermercado y contándote la fascinante historia de un bote de tomate o completamente paralizada por estar analizando las repercusiones mundiales de no pisar la cucaracha que te encuentras ante la puerta de tu casa. Es decir, existiendo como un loco pero con consciencia de cuerdo… Aterrador!

La verdad es que ansié tanto terminar ese primer manuscrito que opté por forzar el final recreando un desenlace en parte impuesto por la trama y en parte dictado por la voluntad de una conciencia suficientemente curtida para poner el punto y final a mi antojo. Poco importaba ya que ese final fuese imaginado, revelado, soñado, una alucinación o que en realidad hubiera acontecido, de cualquier manera había sido vivido, poseía la misma trascendencia y el objetivo quedaba conseguido: lección, al menos una, aprendida. Incluso mi misterioso e invisible amigo, que en esos quince años no había parado de repetirme que acabaría entendiéndolo todo, se mostró satisfecho con la decisión.

Así fue el testimonio de ese borrador que titulé:  «La mirada interceptada» y así es y será su resumen y  mirada en  este blog.  En el transcurso de la lectura puede parecerles que yo misma me induje este delirio para escapar de mis circunstancias. Si fue así, les aseguro que ni consciente ni inconscientemente escapé de ellas. Como pasa con todo sufrí  y sufro,  disfruté y disfruto, pero experimentándolo, racionalizándolo y confesándolo estoy consiguiendo algo verdaderamente valioso: una paz interior que desconocía y que recompensa el sacrificio al que  estoy sometiendo mi ser, al desnudarlo para mí –para todos– y al despojarlo de los cuatro trapos sucios al uso que premian mi existencia terrenal.

(04/Noviembre/2018)

Describirles finalmente la experiencia como un vivir entre dos mundos, sin residencia fija en ninguno de ellos, es como decir que he estado de vacaciones en Nueva York y en Addis Abeba sin añadir nada nuevo a lo que todos saben ya sobre tales lugares. Es por eso que busqué respuestas donde en principio creí que solo se podían hallar: en la psiquiatría, en la psicología y en mi propio raciocinio, y ahora las busco únicamente en mi historia y en la Historia. Y ésto por tres razones:

De lo leído, solo pude concluir con Marina en que «la neurología no dice nada acerca de la verdad o falsedad de los contenidos mentales que produce, ya sean matemáticos o religiosos; pues aceptar que un teorema matemático no es más que un acontecimiento neuronal es una explicación reduccionista  que resulta cómoda»,  pero a mi juicio, y al de muchos, insatisfactoria.
De lo escuchado a los especialistas que me han tratado tampoco puedo deducir mucho, salvo que la psiquiatría lo resuelve todo con la química  aunque no siempre funcione, y la psicología no llega más allá de lo que el paciente pueda y quiera explicar o de lo que el paciente ya se explica.
Y de lo experimentado, lo único que he podido comprobar es que la consciencia en su criticismo no consigue afirmar ninguna respuesta, ni siquiera las evidencias de su conciencia.

Lo cierto es que, alienada o enajenada, yo alcancé tal estado de consciencia sin conseguir discernir su razón ni llegar a atisbar siquiera su finalidad, pero desde entonces mis días dejaron de ser cotidianos. Abrí las puertas de un campo mental sin fronteras psíquicas y entré en un mundo virginal de inviolable pureza.

Explorar este mundo se convirtió en una aventura mística cuya vivencia aún refresca mi memoria. Me permitió advertir una espiritualidad sin limitaciones ni fronteras, y adquirir la sensibilidad necesaria para disfrutar la unidad de conciencia con sus «habitantes». Unos seres inmaculados, no contaminados por interés o afán humano. Como Cristo desconocedores del odio y, como él, transmisores del mismo mensaje. Receptivos al alma humana, pero completamente sordos a todos esos pensamientos impuros que afean la especie. Espíritus elevados que habían olvidado su existencia terrenal, si es que la habían tenido, y que con la paciencia y comprensión de un maestro observaban los escritos devaneos de la humanidad en general y en detalle los de cualquier sapiens como yo.

El mundo del que siempre había sospechado su existencia,  que con las oníricas incursiones del sueño no había conseguido más que atisbar, me había sido revelado en estado consciente al fin. La sospecha se había convertido en certeza. Existían tantas formas de existencia como dimensiones en el universo. Diminutas o gigantescas, finitas o infinitas, yo había trascendido la nuestra y había conectado con una de ellas. De alguna manera había roto los cuatro barrotes de nuestra jaula dimensional y había escapado. De forma consciente o bajo una profunda y vigilante ensoñación había conseguido encontrar la salida de nuestra trampa espaciotemporal y había experimentado aunque fuera por un único segundo –según nuestro cómputo y el de W. Blake– la eternidad.

Como «oír» resultaba grato pero seguía siendo insuficiente. Para aclarar un estado de consciencia que necesitaba racionalizar y enjuiciar como fuese, y para poder confirmar también esa verdad interna que nadie comprendía, tenía que seguir buscando y así continúo indagando –no exagero– dispuesta a contrastar las herejías más exaltadas y perseguidas, las teorías más discutidas y especulativas, las doctrinas más oscuras de la filosofía e incluso la ética más acrítica y amoral, hasta que quede finalmente convencida de que no es enfermedad mental sino espiritual, ya que intuyo que si de algo estoy enferma es del alma.

En definitiva, intento acceder al compendio de un conocimiento alternativo que sospecho abierto solo a los que no se conforman con obtener el aprobado institucionalizado por la autoridad científica; a los que, como yo, quieren conocer todas las interpretaciones de nuestro lugar en el universo que han sido rechazadas por ingratas, por recordarnos nuestro modesto puesto en él y que en conjunto conforman una sabiduría desoída por oscurantista o inconveniente. Un conocimiento que tras la mística experiencia dejó de ser inaccesible para mí y que quiero enjuiciar con la lógica más sesuda, razonable y prudente que pueda aplicar para no quedar extraviada.

Heinrich Heine sospehaba que la verdadera locura no era otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas de este mundo, toma la inteligente resolución de volverse loca.

(05/Noviembre/2018)

Ahora entenderán mi motivación para acometer posteriormente lecturas como la de  Teresa de Jesús (2006):  El Libro de la Vida.  Cátedra/Letras hispánicas, Madrid . Una lectura que dejé a las 100 páginas, puesto que  por una comparación inevitable de mi éxtasis con el de la santa  temí  la excomunión .

Descubrirme con una megalomanía tan dura de asumir por insaciable casi me lleva al suicidio de no haber intercedido mi juventud, un cerebro suficientemente andamiado, y  la constante compañía  y protección de mis dos grandes e invisibles amigos : Jensiliah y Mermeliades. 

Sin embargo y a pesar de no poder acabarlo, algo me quedó claro del libro de las lamentaciones, perdón,  de la vida.  En el  mío yo no me perdería en interminables  reconocimientos de culpa exponentes de una humildad exagerada y mal entendida. Yo hablaría para el s. XXI.

El éxtasis de Teresa de Ávila tuvo que ser algo parecido a lo que sufrí yo aunque no del todo, porque al menos  yo quedé escandalizada con mi propia pasión.  Ella alcanzó  lo innombrable y lo expresó con la mentalidad de su tiempo: «Vivo sin vivir en mí».   Cinco siglos después, lo experimento yo y lo racionalizo con la mentalidad del mío: Delirio Místico.  

Un delirio que no me explico porque nunca he querido ser santa ni monja aunque, como he dicho, misionera sí. No me considero buena ni mala y nunca he podido leer por completo la Biblia. No tengo nada contra los santos reconocidos, pero prefiero los anónimos que son muchos y  pasan por la vida con penas y sin gloria. Por eso sus vidas nunca me han interesado, y ahora sé que esta  reflexión es la mejor confirmación que tengo para defender mi cordura, porque  ella se lo creyó. Yo, propia de mi tiempo,  tengo que decir: no. Y digo ‘tengo porque la duda  ante este gran interrogante ya nunca desaparecerá.

Esa es la verdadera razón de que no me quepa duda de que su poema tuvo que ser escrito en un ataque de endiosamiento: «Mas causa en mí tal pasión ver a dios mi prisionero (¡?), que muero porque no muero».  Por muy romance que fuese  no deja de ser un verso incómodo; pocos lo elegirían para describir su fe … de ahí el juicio inquisitorial.

Lamentablemente, hoy por hoy el don de la palabra sigue siendo imperfecto y limitado. No puede ser divino porque las palabras lo complican todo. El lenguaje verbal humano es el más ambiguo y confuso de todos, por eso me atrevo a dudar que sea divino y rechazo que sus obras, como continentes de palabras, sean así consideradas.   Con todo, me percaté de que la  santidad es un concepto demasiado elevado como para menospreciarlo. Es algo vivo en muerte, algo siemprevivo a pesar de la descreencia y el nihilismo –repito- del mundo actual. 

 Autoridad para una Corrección a Tiempo.
(06/Noviembre/2018)

Miguel Hernández sostenía que la vida le había hecho poeta, a mí los  `ángeles´, puesto que somos incapaces de concebir  entes superiores  o elevados que no respondan al imaginario cristiano, si algo  me habían dado era  su autorización para la corrección de un verso con otra oración,  tampoco carente de culpa,  y  con la que resolver el libro y al mismo tiempo  su-mi-ambas-nuestra megalomanía:
Entonces quise desoírlos, regresar al trabajo y enfrentarme de nuevo al papel, pero no me dejaron. Tenían algo importante que comunicarme:

—Tú no te perderás. Tú hablarás para el hombre actual. Piensa que el que habla con palabras cuenta algo, pero el que habla con hechos cuenta mucho más.
— ¿Cómo queréis que lo haga si –insisto– ni puedo ni sé?
—Con una oración.
—¿Qué oración?

Dicha oración no surgió hasta que adiviné que nadie en su  sano juicio podría tacharla de trastorno.

—Resurrección—

Domingo de Pascua, 2000
Vivos en muerte

(Hubo una niña que quiso jugar con Dios; ella creyó que le daría lo que quisiese, pues era padre y era Dios).

 Oración: 
Utilicé mi inocencia
para acercarme a Dios
y éste me enseñó
que a mi lado estaba y estaría.
Utilicé mi fe
para pedirle algo a Dios
y al concedérmelo me enseñó
la inconsciencia y gravedad de mi petición.
Sin más recurso que el arrepentimiento
al sufrimiento me condenó.
Utilicé mi pasión
para jugar con Dios
y él me enseñó
que  la pasión
no era la ficha clave del juego.
Perdí la pasión.
Utilicé la razón
para jugar a ser Dios,
y el juego me enseñó
lo peligroso que era hacerlo
y lo pecaminoso de mi empeño.
Perdí la razón.
Con  esta oración,
Ante ti, Señor pido perdón
y humildemente te doy las gracias
por haber recibido esta lección.

07/Noviembre/2018

Tras el calvario de una iluminación descreída, que «ni ordeno con el entendimiento ni sé si acerté a decir»,  mi mente descansó y me dije que hay muchas formas de participar del sentimiento divino de la comunión sin tener que llegar a ser  santo o beato.   La comunión verdadera nos es dada en algún momento de nuestras vidas. Cada uno a su manera debe decidir si la recibe o no. Quienes la aceptan, independientemente del grado de sus pecados, consiguen la sabiduría de la Naturaleza: vivir sencillamente dejando vivir. Vivir en paz.   

Yo  había sido cruel con la palabra y me despreciaba por ello. Si Dios  lo estaba siendo también conmigo en respuesta es algo que no puedo contestar, pero si el tormento es lo que nos conecta con Él,  su manifestación  –llamémoslo  arma blanca– resultaba  espantosamente insufrible. Esto para el que conoce la desgracia interna de la culpa no es ninguna perogrullada, profesemos o no la fe que sea y asimilemos el mundo cómo lo entendamos.  La vía más segura de redención es el arrepentimiento. El gran problema: perdonarse a sí mismo. De no conseguirlo ni nuestros ángeles de la guarda podrán interceder a nuestro favor en ese  temido y supuesto Juicio Final. Sin ello  no hay paz ni estabilidad.

El caso es que con esta oración me reconcilié con mi pasado y mi presente, pero una vez que la «salvación» fue un hecho, que las supuestas voces se fueron y que la culpa se difuminó, empezó  mi verdadero calvario: ¿qué me pasó realmente? y ¿cómo me integro de nuevo en la vida, en la sociedad  decadente de un país  en el que se me han cerrado todos  los caminos, especialmente el laboral?

Lo único que me  queda por tratar para la mejor comprensión del cuaderno es el factor humano, la interacción social y,  dependiendo de cómo se me dé, las terribles crisis  nerviosas y  emocionales.  

Han sido dos, a saber cuál más degenerativa: la primera con la que empezó la enfermedad  y la última  con la que espero estar cerrando definitivamente este largo y  extraño –pues no puedo llamarlo oscuro– pasaje de mi vida. Y así lo deseo, porque  de producirse una tercera sé que acabaré convertida en una anciana de 90 años o en una niña de tres.  Las facultades mentales que se pierden con cada crisis son espeluznantes: capacidad cognitiva, fluencia verbal, memoria, agilidad mental,  concentración, cálculo… Una crisis más y yo probablemente no estaría  escribiendo esto. No estaría escribiendo nada porque hubiera perdido por completo mi capacidad de comunicación.

De ahí mi soledad y aislamiento  hasta  recuperar la estabilidad emocional que necesito y, con ella, mi capacidad para gestionar conflictos y disgustos; de ahí mi horror escénico; de ahí el hecho de forzarme a leer y escribir creando este blog para  regenerar  dichas habilidades sociales, y de ahí este desahogo. Cuestión de dominio y autocontrol. Lo sé, y aunque no lo parezca intento conseguirlo de la forma que mejor entiendo: expresando desde el equilibrio y la tranquilidad que aporta la esperanza de haberlo finalmente superado.

(08/Noviembre/2018)

Es por todo ello que me he animado a publicar aquí también la consciencia y conciencia que me ha quedado de  esta particular experiencia y declarar, como ya he dicho, con la fuerza que otorga la verdad interior, la complejidad de una espiritualidad de credibilidad dudosa –repito–  por lo difícil de  asumir  que resulta para una mente moderna.  Ustedes analizarán el contenido, los conceptos y el propio proceso expositivo, y desde ahora aviso que no encontrarán  cualidad especial alguna sino todo lo contrario: cierta logomaquia y sobre todo logomanía (palabra esta última sin acepción en la RAE, que para mí significa  la necesidad de citar y,  puesto que por repetición la fórmula se aprende,  de parafrasear y reiterarme en la  expresión a veces).

Asimismo insisto, descubrirán  que tampoco me importa que vean, como un amigo diría, «mi mierda»,   si con ello y coloreando este  paisaje mental  consigo  ennoblecer una patología  cuyo solo nombre aterra.    Y aunque siga cayendo en mera fraseología reitero,  ¡qué lastima! que para el resto del mundo se siga tratando de palabras; comprendidas o no, solo palabras;  estériles para el XXI  por   ineficaces:  inútiles  a la hora de transmitir   la penalidad de la enfermedad al completo y, lo más grave, incapaces de  atenuar siquiera el verbo obsesivo de un mundo trastornado también que te exige lidiarlo  sin avisarte de que la lucha no cesa.

Del Delirio: ¿Psicosis o Transcendencia?

«La mayor de las bendiciones se presenta a manera de locura. Cuando estaban locos los profetas de Delfos y las sacerdotisas de Dodoma lograron aquello por lo que los estados y los ciudadanos de Grecia les estuvieron agradecidos; estando lúcidos, hicieron poco o nada… la locura  es un don divino». (Platón).

Todo comenzó  con un poema y terminó con una oración. En el medio un libro vital y una niña que no sabía distinguir el sueño de la realidad. Fascinada por los cuentos de hadas e impresionada  por el  misticismo de Teresa de Ávila creció desarrollando dos entelequias que la llevaron al borde de la locura siendo ya una mujer.

En su delirio, y al igual que la Santa, quiso escribir su propio libro de la vida. Pero, a diferencia de ésta, el misticismo experimentado sería racionalizado junto a las demás vicisitudes  hasta obtener una explicación convincente del sentido de su vida.

Quería hacer de este libro un poemario para que sus palabras se percibiesen como la música, sin ambigüedades, directas al alma. De la trama de su vida obtendría el argumento, de la réplica del hombre el discurso, de sí misma la fuerza para escribir un relato inteligible y sincero, y del destino, si no la conclusión ansiada, al menos  la más cabal.

Cansada de no hallar respuesta alguna, dejó la pluma y el papel y comenzó a dialogar con los  ángeles. Su subconsciente emergió y su delirio se evidenció en su mejor edad.  ¿Injusto? No juzgaré, pero así fue como en verdad nació Nobra Merg.

Dialogando con ella   experimenté la locura repasando mi existencia con un sentido nuevo, inquietante e incomprendido, aportado por un inconsciente  de dialéctica verbal manifiesta y aporte informativo excepcional. Me enfrenté a mí misma y desanduve lo andado,  investigué  cuáles habían sido mis trampas más trascendentales y finalmente descubrí la raíz de mis  idiopatías. Metaconciencia lo llaman algunos.

Lloré mucho, pero algo conseguí. Mi libro de la vida tenía ya una puesta en escena y un argumento: el discurso interno de la locura. Patología  que supe combatir con introspección. Este diálogo subconsciente de razonamiento consciente que  involuntariamente he practicado durante todos estos años fue lo que me ayudó a superar mi entelequia y quedar en paz.

Mi intento de racionalizar mi delirio no es más que  un instante  en la perennidad del pensamiento humano, pero su reflejo puede llegar a ser inmortal si su verdad es realmente comprendida y compartida. Es concordando experiencias, juicios y emociones como verificamos el conocimiento. Juntos caminamos y juntos aprendemos que la vida no es solo lo que hacemos de ella sino lo que aprendemos en corroboración con los demás.

Mi pequeño libro de la vida, sobre el desenlace misteriosamente anunciado y largamente esperado de un pacto divino innegociable, puede que contenga una importante  lección.

Así quiero entender la experiencia con esta ‘amiga tan personal, por bautismo cristiana y que frente al cientificismo actual mantuvo su fe en Dios callada, pero intacta, aunque  nunca  se confirmase en la fe católica ni en ninguna otra.

Con toda esta  vivencia un archiconocido dicho islámico  sobre Mahoma y la montaña ha cobrado sentido para mí.

Si fue eso lo que nos pasó; si en mí fue la propia divinidad quien dio confirmación a mi   fe, y si el mismísimo Dios satisfizo mi deseo de tener aquella  conversación sobrenatural con mi padre, es algo que nunca podré afirmar. Mi místico trance y mi «sintonización con el universo» hoy solo se entienden como delirios. Sin embargo, quedé reafirmada en el  gnosticismo más puro: el  que declara que partiendo de la verdad interna de la fe se puede llegar a percibir  y constatar –por no decir demostrar–  su mística más secreta con la razón y los sentidos.

En cambio Nobra buscaba otra espiritualidad y la encontró, pero quería algo más. Quería compartirla al abrigo de un amor verdadero y ese deseo se convirtió en una espera interminable que llena  las páginas de este libro de sinsabores.

Ahora piensa, aunque por diferente vía, lo mismo que yo: que  no se puede contradecir la voluntad divina porque es infinitamente perfecta, que no es viable pedirle cosas porque nos pondría una prueba que no cesaría hasta que hubiésemos comprendido el error de nuestra petición y lo infinita que es su sabiduría, que todo tiene un sentido en nuestras vidas y que el bien germina en todo, incluso en el mal.

Comprobó que Dios escucha y actúa a través de la  vida enseñando lo que cada uno necesita aprender. No hay trato posible ni se puede negociar sin pecar de necedad. Ante él solo cabe pedir fuerzas, confianza y voluntad para continuar avanzando el camino sin más ambición que progresar junto a los demás.

Con Nobra aprendí que el libro de la vida se escribe  en lo cotidiano con cada palabra  o acción impensada y que es la pureza del sentimiento que las anima lo que nos sintoniza con Dios  y con todo el Universo.

Quizá el sentido de la vida sea eso. Aprender del camino llevado hasta elevarnos espiritualmente, y obtener la paz y realización personal que tanto buscamos y necesitamos para estar por fin en  sintonía.

Y quizá lo mágico en la vida resida precisamente en ese recorrer confiado e inconsciente por –queramos reconocerlo o no– asistido, y  en  ese conato de eternidad que hoy por hoy siguen siendo los sueños,  donde no hace falta la vida ni la libertad.

Trascender el plano terrenal  complica, sin duda,  la existencia. Aunque no tengamos claro qué son los sueños, lo cierto es que conducen a  un estado de vigilia permanente,  a un existir en constante «despertar» las 24 horas del día.

Frente al supuesto destino,  solo cabe argumentar que, disputado o acatado,  todos tenemos derecho y poder para inventar nuestras propias vidas. Todos sin excepción.  Pero el desafío de combatirlo es arriesgado, la equivocación es segura y la locura probable.  Tanto Nobra como yo éramos realmente dueñas de nuestras vidas y, por tanto, quisimos experimentar con ellas  viviendo de un modo alternativo.

En un mundo tan prosaico como el nuestro ser poeta es ser un marginado, un incomprendido, un visionario, un revolucionario o simplemente un loco. Nobra no se permitía calificarse de poeta, pero sí que era osada y a los ojos de muchos  una demente. Eso rezaba en su expediente académico, personal y médico y así  se declara el mío, pero puede que no estuviésemos locas y que con esta mirada alternativa, con esta mirada interceptada por los ángeles, consiguiésemos encerrar el contenido más prosaico del gran libro de la vida  en  la estructura profunda  de una oración:  ¿Dónde nos puede llevar la osadía de jugar a ser Dios?

Puede que hayamos acertado el camino y  que los ángeles estén entre nosotros. Puede que los ángeles tengan razón y que  ninguna viviese entre tinieblas; que  simplemente buscásemos la verdad.  Puede que éstos atendieran nuestra llamada (ese SOS desesperado que lanzamos en una botella y que creíamos  ahogado en el mar) y que,  frente a la sordera colectiva, decidieran escuchar nuestro grito y actuar para que nuestro mundo, un mundo enfermo que al igual que la locura si no está vacío de contenido al menos sí  de sentido, recupere con esta mirada eso, el sentido.  Y puede que el sueño de los ángeles sea verter la ambición gnóstica en cada uno de nosotros y nos eligieran para intentarlo con nuestro particulares lenguajes en  testimonio o en cuento.

¿El testimonio de un cuento o el cuento de un testimonio?:  ¡Qué importa!

Se trata de un texto tan fantástico  como verídico,  desarrollado con retazos de vida y delirio bajo un único objetivo: anunciar  con nuestro aprendizaje el camino y su sentido; puesto que  es este aprendizaje lo único  que da verdadero sentido a la vida, vivamos la más insana de las corduras o la más sana de las locuras.

En suma, un «cuento»  como todos: de castillos, magos, brujas, ángeles, príncipes, reyes, princesas, hadas, duendes  y demonios, destinado a todos los que sueñan con el amor verdadero y conciben la espiritualidad de la manera que sea. Pero un relato  para el nuevo siglo y de transcurrir tan incierto como la vida misma, que ya tiene su fin y que termina como  fue aventurado, dejándolo en dos interrogantes:

¿Dónde acaba la realidad y empieza la ficción? ¿Dónde está la locura y dónde la cordura?

No quiero concluir mi disertación sobre el método ejercido en este cuaderno  sin aclarar que lo último que deseo  es pasar de pesadilla a profecía o caer en ñoñerías.  Si ésto sucediera, por fortuna disponemos del libro de José Ramón Alonso “riguroso, repleto de ciencia y salpicado de historias con alma  [probablemente más] divertidas”:   Alonso, J. R. (2013): La nariz de Charles Darwin y otras historias de la neurociencia.  Almuzara S.L. Barcelona.  

En el que yo estoy escribiendo el Universo está lleno de inteligencia. A mí me da en la nariz que como parte que somos de ella tenemos  un cuaderno de bitácora que  cumplir y, puesto que seremos protagonistas en el concierto-concurso universal que se prepara, yo quiero hacer cargo de conciencia.  Nada más.

Para ser del todo sincera con mi zozobra la salvación del alma es lo que menos me preocupa. Todos arrastramos  porquería  que unos no quieren reconocer ni otros excusar.  Yo de buen grado acepto perderla si con eso consigo expiar todo vestigio de culpa.
Así que dejémoslo ahí, en la nariz:  en un estar hasta las narices de meterlas y no ver más allá de ellas.



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