Bitácora I.-IV

histeria contemporánea

La insanía.

«Si un loco persistiera en su locura, se volvería sabio»
(William Blake)


QUADROPHENIA:

Ricardo, mi otro hermano, me recogió en Barajas el  mismo día de mi partida (el  01 de noviembre del 2001). Aunque era diez años menor, yo le  consideraba mucho más maduro. Estaba felizmente casado y tenía dos niñas que estaba deseando ver. Cuando nos descubrimos me eché en sus brazos. De inmediato advirtió que no estaba bien. Prolongué tanto el abrazo que tuvo que desprenderse argumentando que mis sobrinas estaban también impacientes por verme.

Pasé la tarde en compañía de mi cuñada, Nina, rompiendo todas mis fotografías, incluida la de Stonehenge, a la vez que predicaba una oración:

_“De lo malo a lo bueno, pasando por lo neutro”.

Sin pensar siquiera en que podría arrepentirme, lo rompí todo  y me quedé sin recuerdo material alguno. Cuando mi hermano Ricardo regresó del trabajo,  Nina muy extrañada le contó lo que había hecho y  actuaron como si no pasara nada, quitándole importancia al asunto  y considerándolo una “rareza más de las mías”  .

Por la noche, las voces me sometieron de nuevo al  juicio final, pero esta vez de una forma mucho más dura. Un juicio más aterrador e insoportable  que el primero. No sabía qué hacer para escapar de mi sufrimiento. Superada por la situación, fui al dormitorio de mi hermano y,  tímidamente,  pedí ayuda. Se despertó mi cuñada y me sugirió que me metiese en la cama con ellos, al menos me sentiría más protegida. No fue así. Llegó un momento en que quise gritarles el tormento que estaba sufriendo, pero no  me atreví a despertarles e interrumpir  un descanso que ahora sabía tan necesario.

Como no podía dormir me levanté en cuanto oí ajetreo. Eran la 7 de la mañana y las niñas estaban despiertas ya. La pequeña de apenas 24 meses estaba jugando en el parque con un osito de peluche que llevaba un alambre engarzado en la cabeza. Me di cuenta del peligro que suponía para la pequeña y, con mucha dulzura, se lo quité  de sus manos y  desaté el enredado alambre consiguiendo que el osito volviese a ser inofensivo.  Cuando mi cuñada se levantó encontró el salón alborotado, el suelo lleno de cereales y el bajo ventanal peligrosamente abierto; dejando entrar un frío otoñal que ya anunciaba un invierno extremo. Yo, en cambio,  jugaba con las niñas sin percatarme del riesgo al que las había expuesto. Esa misma mañana  decidieron telefonear a mi madre  que se presentó en Madrid  el mismo día.

Todos estaban preocupados  por mí menos yo. Para mí todo era normal, incluida la repentina presencia de mi madre Annabel  y la visita de mi tía Esther. Decidieron observarme en silencio jugando a las cartas. Fue durante este juego como mi familia se dio cuenta de lo que me pasaba. Me descartaba de las cartas más importantes. Jugaba sin  sensatez ni estrategia.  Una nueva voz  había aparecido en mi  escenario mental.  

En seguida noté el intercambio de miradas entre ellos. Si se miraban era  porque   todos se habían percatado  de mi momentánea “tontera” y buscaban  el asentimiento de los demás.  ¡Esa voz había conseguido ocupar todo mi pensamiento! Me estaba olvidando de   jugar y, lo  peor, hasta de pensar. Aterrada, me levanté y cogí el móvil  para llamar, pero tampoco supe manejarlo. Me asusté. Aquella voz era terriblemente poderosa y, literalmente hablando, estaba sustituyendo mi cerebro por un ladrillo. Un SOS acongojado y al fin  reaccionaron. Con urgencia me llevaron al hospital más cercano.

Me acompañó  Nina. En aquel momento representaba para mí a Madre Naturaleza y era la que más confianza me inspiraba, pues había comprobado que sabía escuchar. Jensiliah me advirtió  que únicamente confiara en  una determinada doctora a la que reconocería por  que llevaría  un collar de cubos y esferas y de la cual fui hablando a Nina por el camino. En el hospital la doctora  determinó que estaba sufriendo un brote esquizofrénico, me puso una pastilla debajo de la lengua y recuperé mi cerebro. Efectivamente la doctora llevaba un collar de cubos y esferas. Yo no le di importancia, pero Nina  quedó estupefacta.  

Al regresar me acosté.  El monólogo  de Marie Curie, que a modo de nana  se sucedió, me depositó rápidamente en los brazos de Morfeo. Me despertaron a la hora de comer del día siguiente. Marcharía con mi madre a Salamanca, pero antes visitaríamos por iniciativa de Nina y Annabel a una vidente. La respuesta de esta mujer nos acabó convenciendo  de que ella  necesitaba asistencia psiquiátrica también, tanto o más  urgente que yo.

_   Tú no tienes “Quadrophenia” –¿!– A ti te pasa lo que a mí. Las dos hemos abierto la puerta. No la cierres. Yo hablo con la Virgen y soy muy feliz –argumentó–.

Nos marchamos  a carcajadas, y yo pensando en aquella puerta y en la fotografía de Stonehenge.


Hola y Adiós.
(11/Noviembre/2018)

Ya en Salamanca, la casualidad quiso de nuevo que me reencontrara con Iván. La casualidad, claro, y las voces que me anunciaron que éste estaba de visita  en la ciudad.  No tenía intención de salir, pero animada por la voz salí y me lo encontré. Se hizo el despistado.

—Le has encontrado, ¿lo ves?  ¿Nos crees ahora?
(Faltaría mucho más para que les creyese)
—Sí, pero o no me ha reconocido o pasa de mí _Cuestioné.
—Pues entonces actúa y salúdale tú.  No te acobardes, te verá convencida de  la amistad que os une.  Confía en tu comunión con ese hombre y no muestres demasiado dolor_Me sugirió otra voz.

Con la decisión que aporta el convencimiento ajeno quise darle un fuerte abrazo, pero de nuevo una mano invisible me detuvo. Yo dije cuatro. Él, seis. En realidad habían pasado cinco años desde que no nos veíamos. La conversación prosiguió con un dialogo  que fue tomando tintes cada vez más telegráficos y enigmáticos.

—¿Por qué te fuiste a Fuerteventura?  _Interrumpió, demandando una respuesta rápida porque tenía que irse.
—Quería trabajar  _Contesté escuetamente en un intento de atajar la respuesta  de la forma menos comprometedora, y consciente de que contarle la verdad requeriría confesarle mis sentimientos.

Percatado de  que había formulado una pregunta incomoda desvió la conversación hacia mi mano desnuda y, manifestando su pesar por el anillo ausente, prosiguió un interrogatorio que me fue resultando cada vez más molesto.

—Supongo que habrás conocido la felicidad?  _Preguntó en tono cínico.
—Sí,  me he sentido tremendamente dichosa. _Aseveré con furia.
—¿Por qué has regresado entonces? _Interpeló sin disimular cierto despecho.
—Porque la dicha se acabó.  _Reconocí finalmente, algo taciturna e incapaz de procesar el motivo e interés de un cuestionario tan directo.

Tras un silencio comedido pero significativo, durante el que sopesé contarle la verdadera razón de mi regreso, nos intercambiamos los números de teléfono y me despedí satisfecha de haber recuperado la relación.

Corría el año 2002 y era el 11 de noviembre. Esa fecha nunca se me pasaba porque fue el día que murió mi padre. Mi madre debió saberlo una noche tan gélida como ésta, supuse. La  niebla era espesa y confería a la ciudad un aspecto fantasmagórico ocultando el reloj de la plaza que había comenzado a dar las siempre puntuales campanadas. Es tarde, me dije acelerando el paso.

Medianoche.
(11/Noviembre/2018)

Salvo el encuentro con Iván el día había sido terrible, pero lo peor estaba aún por llegar:

Noche fría de finales de otoño, calles completamente vacías y un largo trayecto por recorrer. De repente, una sombra. Intenté guardar distancia, pero el individuo fue ganando corpulencia, así que resolví afrontar el temido cruce con mi porte más decidido… Tan solo un frío intercambio de miradas y la sospecha de cierto reproche paternalista  sucedió.
Después fue el paso rápido y amenazante de alguien tras de mí lo preocupante. Me concentré en el oído.
¿Cómo era posible? ¡Aquel hombre tenía que estar ya lejos! me pregunté y, respondiéndome en silencio, eché a correr aterrada sin perder un instante en mirar atrás.
Cuando ya en el portal de mi casa osé hacerlo únicamente vi un perro husmeando la basura.
— ¡Perseguida por mis propios pasos! _Exclamé, y soltando una gran carcajada en casa entré.
La niebla y un camino arenoso en el que reverberaban las pisadas habían traicionado mis sentidos y, mi condición de mujer, mi feminismo.

A la mañana siguiente.
(12/Noviembre/2018)

Me levanté muy inquieta. Apenas había podido dormir. Iván me había invitado a comer y estaba excitada. Cuando llegué, a pesar de carecer de la confianza necesaria, me acogió con tal calidez que de inmediato sentí como si tras un largo viaje –el agotador viaje de la vida– hubiese encontrado  el  hogar: ¿temporal o  mío?

Tras la degustación de unos simples macarrones que disfruté como si fueran una mariscada, y un breve episodio de acercamiento y conexión gracias a un champiñón, le conté mi crítica situación. No hizo comentario alguno. Simplemente, me miró con la tristeza infinita que caracterizaba su mirada y  comentó:
—Pareces cansada.
Asentí sin poder reprimir mi nerviosismo interno y tímidamente le pedí que me prestase su cama. Después de una breve siesta, en la que no dormí y que Iván aprovechó para fregar los platos, justifiqué una petición tan poco conveniente explicándole que me había sentido como si tras una  interminable pesadilla, hubiese despertado, desayunado y solo quisiera volverme a acostar.
—Al menos ya tengo confianza con tu cama _Bromeé.
Él se echó a reír e ignoró el revelador comentario. De nuevo, incómoda. Mi nerviosismo reapareció.

No quería que me viese tan alterada y menos en estado de crisis. Un estado que se había convertido en una amenaza constante y que me impedía llevar una vida normal. Afortunadamente, había aprendido a presentirlo. Los nervios me avisaban con suficiente anticipación y, cuando ésto sucedía, escapaba lo más rápido que podía para refugiarme en el seno del hogar familiar; el único lugar donde encontraba el sosiego y la comprensión que necesitaba. Así pues, me despedí excusándome con que tenía algo urgente que había olvidado hacer y me entregué de nuevo a mi diálogo interno.

Queriéndole como le quería, no lograba entender porque la comunicación con él resultaba tan difícil. Objetivamente hablando, poco podía decirse de la relación aparte de una confianza relativa que él no parecía querer superar.
Con andar pausado me encaminé hacia casa, pensando en el interés que había demostrado al intentar describirle la “puerta”, pero la voz se entrometió:
No interferí. Estaba disgustada y ya no quería seguir el juego de una introspección tan absorbente que me impedía sostener una conversación capaz de interesarle. Lo único que deseaba era saber si podría escapar de semejante estado de conciencia antes de que él se desencantara completamente de mí.
Sin deferencia alguna a mi preocupación, la voz dirigió de nuevo el diálogo:
—Ponte en su lugar, cinco años sin verte, llegas trastornada y no le dices que le has echado de menos, ¿qué pensarías? _ Preguntó con la sabiduría del maestro que intenta despertar a su discípulo.
— A mi manera se lo he dicho y lo ha ignorado. _Respondí  envalentonada para ocultarle el enfado que había cogido conmigo misma.

Mi secretismo fue  inútil. No pude acorazar el pensamiento, pero sí la voluntad. Acabé asumiendo la indiferencia que me demostraba y, sin esperar más noticias de él que las que mi voz me anunciaba, reduje los comunicados a un simple recordatorio de que seguía viva por Navidad.

Sin guardar cola.
(03/Diciembre/2018)

Sin embargo, el corazón manda y  en la primavera del 2004,  a pesar de las reticencias de mi madre, decidí marchar a Madrid en busca de trabajo y, sin querer admitirlo, de él.

Allí conseguí un trabajo de camarera. Recuerdo que horas antes de mi incorporación mis fantasmas me desvelaron por fin las razones de la conjura que se había fraguado en torno a mí.  Sus voces eran cada vez más delirantes y  opresoras. Me convencieron. En Fuerteventura o en Madrid seguía  siendo víctima de un perverso complot para impedirme alcanzar el final prometido. Creí haber acabado con esa conjura escapando de la isla, pero estaba claro que no.  Me alteré tanto que llamé a mi madre por teléfono, y con voz temblorosa y nerviosa le conté como pude el problema. Mi madre se alarmó e inmediatamente llamó al SAMUR. El trabajo estaba perdido.

No habían transcurridos ni dos minutos cuando los médicos del SAMUR me llamaron para enviarme una ambulancia. Sin embargo no era necesario. Muy cerca de donde vivía había un hospital y  todavía no había perdido por completo el autodominio.

Bajé corriendo. Mi nerviosismo crecía con rapidez y la psicosis era cada vez más aguda. En la calle no pude recordar la dirección del hospital. Estaba completamente desorientada y confundida. Por un momento me arrepentí de haber rechazado la ambulancia, pero no había tiempo para pensar. Tenía que actuar y tenía que hacerlo ya. Busqué un taxi y pedí que me llevara al hospital más cercano. El taxista se sorprendió. Dudó, pero me recogió.
Tenía la cara desencajada y los nervios descontrolados. Seguro que las reticencias del taxista para llevarme se debían a eso. No había circulado 200 metros cuando el coche paró frente al hospital y entonces comprendí las reservas del taxista.

Sin guardar cola informé en administración:
—Tengo esquizofrenia y estoy sufriendo una crisis.
Una inyección de Haloperidol y todo terminó.

Aunque estaba enormemente agradecida, la estancia destruyó al completo mi autoestima:
Desperté a las dos horas con una gran sensación de bienestar, pero con unas ganas tremendas de evacuar la vejiga. Poco a poco fui ubicándome y reconociendo lo que me había pasado. Estaba en el hospital. Yo y tres mujeres más estábamos en camas dispuestas en un pasillo y otra aislada por una cortina, continuamente suspirando. Entonces lo comprendí: estaba en el pabellón de los locos y, obviamente, no había habitaciones para tantos.

Sentí una gran humillación, pero fue la mujer que estaba a mi izquierda, atada con cinchas de cuero, la única que violó mi paz. No dejaba de quejarse y maldecir. Estaba custodiada por sus dos hijos que la escuchaban mostrando ambos una comprensión y paciencia infinitas. Aunque la vejiga me apuraba, pude observar con detenimiento como atormentaba a su hija culpándola de todas sus desgracias y como exageraba las muestras de afecto al que sin duda era su favorito, el chico. Quise compartir el dolor y mirar a la intolerable por intolerante mujer con los ojos de sus hijos, pero no pude. A medida que hablaba resultaba más y más insoportable.
Localicé el baño y me levanté. Inmediatamente vino una enfermera con la cuña para que orinase en ella. Me negué y me dirigí tan decididamente al servicio que la enfermera nada pudo hacer. Solo me pidió que dejase entreabierta la puerta. A la odiosa mujer le dio envidia y   elevando el tono preguntó a las sufridas enfermeras que:  por qué a mí me permitían ir al baño y a ella no; qué había hecho yo para que me privilegiasen de ese modo.

Desde el servicio pude oír como gritaba maldiciendo y censurando mi autonomía hasta el punto de sentirme amenazada. Al parecer  —merecía una lección y  si nadie me la daba, lo haría ella_. No sé qué parrafada más soltó. La retahíla de insultos e improperios que me lanzó me enervó tanto que decidí callarla y acabar con aquella supina estupidez cerrando de un golpe la puerta.
Acababa de meterme en la cama cuando mi tía apareció y sentí un gran alivio.

Esther recogió mi ropa, pero antes de dármela me comentó:
—Me han dicho que primero te observe y si no te encuentro normal tendrás que quedarte a pasar la noche. _Me susurró manifestando una increíble complicidad.
En ese momento tomé conciencia de mi enfermedad y comprendí lo frágil que era mi independencia y libertad.
—Por favor tía no me dejes aquí. _Supliqué señalando a a la mujer atada_  Si lo haces, acabaré más loca de lo que ya estoy.
Mi tía la observó y me dio la ropa. Yo, temiendo que se arrepintiese, me vestí a toda prisa y nos marchamos mientras aquella desagradable mujer seguía focalizando en mí su odio. Al traspasar la puerta de salida del hospital prometí:
—Yo aquí no vuelvo jamás!

Con santo Haloperidol las voces callaron, excepto la de Jensiliah, claro.
— Elena, él también busca la verdad. No te preocupes volveréis a veros.
Regresé a Salamanca.

Efectivamente, los encuentros con Iván se repitieron en el tiempo. Cortos y distanciados, pero suficientemente emotivos como para seguirnos la pista por correo. No obstante, no llegarían a decantarse en una relación de pareja. Él  se limitó a responder un desconcertante “puede”.  La correspondencia evidenciaba una discreta afinidad que yo intentaba contrarrestar confiándome de la forma menos pegajosa posible. Iván por su parte, aunque siempre receptivo, contestaba demarcando y recordándome esa frontera. Descubrir que le impedía entregarse  me devanaba los sesos.

Entre encuentro y encuentro conocí a otros hombres que me reafirmarían en mi promesa de entrega a un amor verdadero. Advertida por Jensiliah, sabía que me reencontraría con el  burgoleonés, así que a todos respondería: NO
Era obvio que ninguno podía alcanzar el status de “Arturo”. Pero si no concebía un hijo el linaje de mi padre se extinguiría. Casarme era para mí una obligación más que una opción. Un deseo que fragüé en la pubertad y que surgió de un temprano temor a no conseguirlo. Temor que el tiempo y ciertos acontecimientos que no quiero recordar acrecentaron, convirtiéndolo en premonición.  Al menos entonces así lo creía y así regresé a la dialéctica de Nobra.

Amanece Sin Más.

Amanece y, sin más, nada especial: búsqueda, afán y desaliento.
Él no escucha, pero de alguna manera una respuesta da.
Tú regresas a las puertas de un cielo candado que diluyes entre las ideas cada vez menos prolíficas de tu embriagado pensamiento.
Percibes que todos tenemos algo que decir en nuestra agonía. Gritas, aún así también a ti te ahoga la cobardía.
El mundo te exige un cálculo más osado para no seguir devorando el vigor de tu fantasía.
Sigues buscando sin más y, como decía: frustración, aburrimiento y apatía.
Haces lo que en tu pequeña mano está y recibes lo que no quieres dar; Distimia.
La rutina te consume, la vida se te va, y él sigue esperando la respuesta que desea escuchar, mas tú prometes callar, porque en realidad tu cielo candado está.
Puedes prolongar la agonía silenciando tu pesar, pero la muerte sin duda ha de llegar.
Anochece y, sin más, otro día que se va.

Se suele decir que el tiempo es ese juez que ni se compra ni se vende y da la razón a quien la tiene, y el tiempo le dio razones a Nobra fundamentadas y justas, pero no ante quienes ella esperaba. No era vengativa, pero no entendía que se le negase precisamente el camino que al parecer todos recorrían.

Era injusto y justicia era precisamente lo que pedía ante lo que le ocurrió en Fuerteventura. Nobra no odiaba a nadie. Su rencor hacia Aradia y Bríxida –si lo tuvo– desapareció, pero no su dolor de haber perdido a Ilan, y ante la indiferencia del ‘I’ británico se refugiaba en el recuerdo del `J ‘ francés, confiando en que algún día regresaría.
Nobra no hablaba con la almohada. Hablaba con los ángeles y a éstos amargamente les decía que quería vivir otra navidad con él y volver a ver el mapamundi de sus iris azules. Pensar un mundo mejor en el que creer, y precisamente todo eso le habían robado: el poder hacerlo, el poder imaginar, el poder vivir y hasta el poder pensar en qué y en quién  creer.

Si ella deseaba perderse en los ojos azules de Jean, yo  deseaba hallarme en los verdes de Iván. La razón  sugería buscar el amor en otros ojos, marrones quizá, pero la experiencia predecía el  fracaso mientras no me liberase de ambas promesas.   Nobra me imposibilitaba cualquier acción positiva.  Solo hablando con Jensiliah en singular reafirmé algo mi elección y mantuve mi voluntad de esperar a Iván, sin sospechar  siquiera aún que en realidad me estaban describiendo estampas  del  devenir con otro hombre: el que en verdad buscaba, mi  alma gemela.  Preconocido  su advenimiento y devenir tardaría mucho  en  descubrir  su identidad  y percatarme de que siempre me habían estado hablando de él…

—Quiere conectar contigo. Búscalo. Le oirás decir “te quiero”. Tú sabes que te espera. Tiene miedo. Miedo a encontrarse contigo. Le asusta el amor pero te… (lo silencié).
—Pero ¿qué diablos hago siguiéndote el juego?
—Ocupar tu pensamiento
—con tonterías, claro.

— Mándale esa carta.
—¿Qué carta?
—Cuando llegue el momento sabrás de qué y quién te hablo. Lo dicho viene a por ti. Lo verás contrariado y confundido. Duerme y sonríe al verle. No le intimides.

—Créeme. Volveréis a encontraros.
—Ya, en el infinito ¿no?
—Lo has contrariado. No sabe qué hacer. Puede que él quiera comunicarse primero con otra mujer. Tú conocerás a otro hombre y tendrás que elegir quién es Arturo.
—Solo ilusiones fatuas.
—Te repito. Volveréis a encontraros.
—Será un hola y adiós y ya. Una perspectiva de éxito más que frustraré de nuevo con mi incoherencia.
—Te verá sin pretensiones, sabiendo lo que hay y reconocerá que lo has superado.
—No, no quiero insistir más. ¡Déjame en paz!
Empeñada en  que se trataba de Iván, le creí y decidí  esperar.

Falso.  Aunque   el reencuentro  con Iván  – prometido o no–   se produjo,  todo quedó en falso entusiasmo. 

En julio del 2007, aprovechando que Iván estaba en Bilbao improvisé una cita con él. Utilizaría la casa en Basauri de mi gran amiga, Anne Barandarian, como cuartel general de operaciones y  disfrutaría de unas merecidas vacaciones, devolviéndole la visita de paso. Le llamé el mismo día que llegué  y quedamos en vernos dos días después. Me recogería al caer la tarde. Hasta entonces tuve que combatir mi creciente cobardía quitando trascendencia a la cita, pues en realidad y fuera de mi “masturbación mental” lo único que por el momento había entre nosotros era amistad. Pocas horas antes del encuentro quise anular la cita, Anne lo impidió;  siempre será  mucho mejor arrepentirse por lo que se hace que por lo que no se hizo, me advirtió.

—Dos viejos amigos que se juntan para ponerse al día, nada más. Compórtate como tal y se coherente con tu presente. No vayas más allá en tus pensamientos y todo irá bien. Hasta puede que la cosa acabe como quieres _Me recordó justo antes de salir de casa para despejar la cabeza de unas expectativas y temores que amenazaban con arruinar la cita que tanto ansiaba.

Aquella tarde la atmósfera estaba extraña y pesada. Vi a Anne observando el reencuentro desde su ventana. Nada emotivo. Un saludo estrictamente cordial. Sin la ternura de un abrazo ni el discreto contacto del beso convencional. Iván, sentado en uno de los bancos del aparcamiento del Eroski, se limitó a esperar a que llegara hasta él y, con el gesto acostumbrado del que está ya cansado de una relación sentimental que se mantiene por inercia, expulsó un —hola qué tal? carente de entusiasmo y sincero interés. Una demostración más de la autosuficiencia emocional que  por  forzada y ficticia que fuese no dejaba de delatar su falta de empatía. Actitud que detestaba. De ahí mi inmediato arrepentimiento. Muy propio de él, pero completamente impropio para la ocasión, resolví en silencio. A mis ojos y a los de cualquier fémina ese aire de indiferencia hubiera sido motivo de despedida instantánea. No obstante, opté por ignorarlo y seguí actuando como si no hubiese pasado nada malo.

Iván era un hombre muy atractivo, pero hermético y con cierto aire chamánico que me recordaba a Jean. Es decir, aunque hablaba poco, cuando lo hacía sus palabras resonaban en el tiempo, pero con una diferencia; su deferente indiferencia escondía cierto miedo a un compromiso real que me atormentaba, por lo que empecé a mostrarme cada vez más tímida y acobardada ante él.

A pesar de la tensión del encuentro la noche transcurrió de forma apacible.  En su compañía las calles de Bilbao se me antojaron más enigmáticas y disfruté. Hubo suficiente ánimo y buena conversación,  hasta que al salir de la pizzería nos sorprendió un chubasco tan intenso que en escasos segundos nos caló por completo. Entendiendo la complicidad de la Madre Tierra, celebré la ducha con una risotada espontanea que Iván, sin embargo, no secundó. Su imperativo de ir al coche de inmediato destruyó la magia del momento por completo.
El coche no estaba lejos,  la calle totalmente inundada. Me descalcé.
—Te vas a cortar. No te quites las sandalias. _ Me aconsejó con dulzura “mi príncipe” sin intención de cogerme en sus brazos. Desconcertada continué caminando descalza y en el coche le dije:
—Llévame a tu casa. Quiero dormir contigo otra vez. _Tras dudar unos instantes que de nuevo me intimidaron, obedeció.

Cuando llegó el momento de acostarnos estaba ya tan arrepentida de mi petición que me acurruqué en el costado izquierdo de la cama y del mismo no me moví en toda la noche.

A pesar de todo, desperté placenteramente; ubicándome en el dormitorio de Iván y aclarando mi pensamiento sobre lo ocurrido el día anterior. No es posible atajar el tiempo, recapacité. Provocar el encuentro con Iván para acelerar el advenimiento de aquel designio anunciado había sido una insensatez. El destino no se deja engañar, concluí.
Él, por su parte, me sorprendió con un desayuno en la cama y unos “buenos días” cargados de atención y consideración a mi lento despertar. Ese día lo pasamos juntos y aunque el silencio,  siempre elocuente con él, fue tan frecuente que llegó a hacerse incómodo, para mí fue el mejor día de mi vida.

Nos despedimos como amigos. Sin compromiso, sin necesidad de excusas o disculpas, y  yo sin resignación y una idea fija en la cabeza: vale, regresaría de nuevo a Salamanca  trotando, pero esta vez saldría de ella galopando;  para mí ya no era más que una mera   estación de tránsito. 

El plan era demasiado bonito. Se quedó en la idea.  Circunstancias de diferente índole lo arruinaron. Siguieron años tristes de estancamiento y soledad en los que tuve mucho tiempo para pensar…  

¿Como imaginar  entonces que llegaría un día en que me alegraría de no haberlo realizado? ¿cómo prever  que en secreto y  de la manera  que sigue  acabaría celebrando  en Salamanca   el advenimiento del 2016 

Definitivamente tenía que haber prestado más atención a los “correos” de mis guías.

Sumario.
(28/Diciembre/2018)

Era el 28 de septiembre del 2007. Ese día tuve noticias de Iván. En su carta   me comunicaba que desde hacía algún tiempo tenía pareja. Fue entonces cuando me rebelé contra el destino –contra mi voz– y  por primera vez negué  mi fe profesando un furioso ¡NO TENGO DIOS!   que no llegué a exclamar. Mi alma, más  intimidada  y menos convencida,  lo ahogó.

Qué pensar ahora del augurio de la gitana: el viaje  en  un barco que no sabía desde dónde ni cuándo partiría, junto a un hombre que por esperado no sabría reconocer  ya.

(—Oído cocina! Mi historia  se agria, pero he de aclarar la confusión y abreviar el sumario. Al fin y al cabo, «esperar» y «esperanza»  son dos voces que  comparten  el lexema desde posturas dispares: el agobio, la impaciencia y exasperación de la espera; la ficción, la infatuación y los desvaríos de la esperanza. Convertido en sintagma: mi navegación).

Decidí afrontar el naufragio como lo hacen “las personas adultas”que  presumen  serlo; es decir,  con  flotador y  aunque supiese nadar.

En suma, momentáneamente incapacitada para la respuesta,  sin  brizna  de sentimentalismo y menos  aún  de genio y confianza,  quise que lo hiciera Nobra en mi lugar:

Quiero contarte una historia que termina donde empieza la tuya.
Es una triste historia sobre un destino cruel que interfiere una secreta promesa de amor verdadero.
La historia narra la espera desdichada, pero sosegada y silenciosa, de una mujer que creía en Dios y ante Él pidió la mano de un hombre en bendito matrimonio.
No le importaba esperar lo que fuese necesario, ¡al fin le había distinguido y ya eran amigos! Sin embargo, el desentendimiento se apoderó de ellos y a la Discordia maldijo.
Para someter su dolor huyó tan lejos como pudo, y aunque descubrió otro amor sin conseguir olvidar su promesa se mantuvo.
Los dioses la liberaron de ese falso destino y, estremecida todavía por el recuerdo de aquel gran amor, a cumplir su promesa regresó decidida.
No le importaba esperar lo que fuese. La lucha y la espera merecían la pena. Si obtenía un sí quiero una dicha verdadera conseguiría.
El Azar intervino y ayudada por sus ángeles lo encontró, pero sus demonios impidieron una declaración que postergó para un momento mejor.
Una noche  Baco apoyó en su cintura  la mano de él con calidez  y en silencio su juramento reafirmó. Era el compañero que siempre había estado esperando, y ya eran algo más que amigos.
Asentado que con otras pieles acomodo no hallaría intentó decírselo en más de una ocasión. En todas fracasaría. El Caos y las constantes burlas de Talia  truncaron sus iniciativas.
Cuando ¡al fin! las musas le permitieron decírselo; cuando Erato le confesó la tragedia que Melpómene había ideado para ella supo que le había perdido, y que proseguir este relato había dejado de tener sentido.

Y lo hizo  justo  como yo quería: de oficio,   sin  protocolo ni fórmula alguna;  cual letrado defensor de las causas más perdidas dejó la postdata en mis manos y el recurso en la postdata.  

Visto para sentencia:  oída la otra parte,   su verso no resultó hueco para la Audiencia.   Transmitió   mi verdad,  solo mi verdad y nada más que mi verdad .
La relación siempre había sido tensa pero no  forzosa u opresiva. Delataba  quiebra de confianza:   el coste psicológico de   una relación  sentimental carente de empatía y  de hecho  consumada en la apatía .

Fallo: estrategia  comunicativa de  pericia discutible  en ambos litigantes  no  penalizable  por ambigüedad, presión o  artificio.  Sentencia: acto conciliatorio  obligatorio sin posibilidad de recurso si se evidencia  infructuoso.

Pero ¿cómo despertar  de un sueño tanto tiempo alimentado? Está claro con el

Desistimiento: cuando al fin te sinceras  conmigo y me dices la verdad: no ha lugar; yo asumo el fallo  y aplico la sentencia de inmediato, ¿cómo si no?  No contestes mi retórica.   No ha sido tan difícil intuir en tu carta que   lo que realmente pretendes es  cortar todo vínculo conmigo.  En consecuencia,  rindo también mi amistad y con honestidad me despido. Suerte y nunca olvides tu derecho de última palabra en el litigio.  No luches por algo en lo que has dejado de creer. Yo desde ahora tampoco lo haré.
Cuídate.

El caso fue archivado.  No obstante Jensiliah me facilitó el acceso al documento más importante de los clasificados:
—Recibirás una carta en español del bueno, no lo estropees. Él sigue amándote. Solo siente no haberte reconocido en su momento. No hay otro hombre en tu vida. Así que espera que el deseado encuentro está cerca. Busca tu realización mientras tanto. Es todo lo que te puedo decir.
Has esperado  20 años –repito– no lo estropees en el último momento. El instante más decisivo es ahora, aunque te parezca una espera absurda no lo es.  Confía en nosotros, no lo has perdido. El  Cielo  bendice este amor. Alégrate porque lo vas a entender todo. Dios está contigo. Te lo ha demostrado de muchas maneras a lo largo de tu vida y te lo seguirá demostrando hasta que escribas el mensaje que quiere dar a la humanidad. Tus manos deben seguir siendo su pluma. No le temas.
—Yo lo único que temo perder es mi cabeza _ Susurré levantándome de la silla y saliendo del cuarto.  No era cierto.  En realidad me sentía plenamente satisfecha con mi  dualidad.

Silencio definitivo.
Sin duelo (desprendimiento interior inamovible).

CASO CERRADO.


—Vida y Obra Inmaculada—

(04 /Febrero/2019)

Es realmente triste pasar por este mundo sin saber lo que es amar o haber aprendido, pero más triste es conocer   exclusivamente su delirio. Lo cierto era que no comprendía aún la magnitud de tales mensajes.  ¿Quiénes eran y qué pretendían? ¿Qué buscaban en mí dándome semejante información? ¿Adónde querían llegar? Pude comprobar algunos avisos certeros. La comunicación  prometía puesto que se cumplía, así que decidí no interrumpirlos. 

(29 de septiembre del 2007).
Seis años transcurridos. El olvido empieza a sustituir el rencor de haber dejado de ser feliz. En verdad se aprende a ser feliz cuando dejas de creer que lo has sido alguna vez.
40 años y qué he conseguido. Una conciencia manchada y recuerdos que apenas consiguen dibujar una alegoría de la vida que contar. Medito, pero Nada. Off. Out. Blanco. Cero, Puff … Y ahora ¿qué? 
…  Lucha o perece pero siempre cree en ti. Algunos nos lo tenemos que repetir.

Prosigo:
—Dios nos ha enviado para darte Esperanza y Paz. Vas a convertirte en quien has querido ser. Conseguirás el propósito, luego conquistarás las almas que antes declaraste amar.
—Mi historia es un sinsentido. Me pregunto si llegaré a ver claro el argumento entre tanto contenido, si la trama esclarecerá el mensaje universal con suficiente altura intelectual y claridad expositiva.
Tan solo la esperanza me inspira ahora que estoy entendiendo la vida desde mi conciencia. Por lo demás, añoranza de algo que habita en mí: mi deseo de amar y ser amada, de verdad.
—Dios desea que lo escribas con lenguaje sencillo y estilo llano para que todos los que te lean te entiendan. Tu naturaleza tiene algo que motiva; sigue expresándolo con tus palabras. Descubrirás nuestro mensaje. No te preocupes, lo entenderás todo.
—Sí, claro, «La experiencia trascendental que ha conmovido el pensamiento humano. La mirada inteligente de la locura. La fuente del misticismo contemporáneo. Toda una odisea: la locura vivida con cordura convincente, etc».

—Con paciencia lo entenderás. No debes forzarte. Todo  a su momento. Tú concepción es pura; no tiene tacha para nosotros. No temas nada. Verás lo que Dios consigue con los espíritus abiertos.

(11 de julio del 2008)
Ha pasado el tiempo y ¿qué? Mi sórdida existencia a la espera de que se cumpla el designio con un hombre a cuyo silencio y ausencia  ya estoy acostumbrada y, por supuesto tú, `la voz´, y tu palabra de que no estoy perdida, que llegado el momento lo entenderé todo.
—Tu corazón conoce que el amor verdadero es eterno y lo buscas porque lo necesitas. Sois el uno para el otro. Él ya fue llamado. La llamada ahora es para ti. Alégrate pues, porque el camino está libre. No hay nadie que os separe. Os habéis reconocido y volveréis a encontraros de la manera que deseáis.
—Amor imaginado, conciencia atormentada, esquizofrenia aderezada con consciencia, ¡claro! soy el tipo de mujer que desea, ¿no?
—Estáis entendiendo lo que ocurrió; con solo una mirada os indicasteis el camino. Esa noche contempló tu sueño. Lloraste pero él también.
—Yo creo que durmió de un tirón. Aliento, nada más. ¿para qué acumular más?

(20 de julio del año 2008).
— ¿Qué estás haciendo, Elena?

—No lo sé.
—Él sí sabe adónde va.
—Sí, según tú, derechito al matrimonio.
—Yo no bromeo Elena. Prometiste esperarle. ¿Acaso le estás demostrando que le quieres? No te precipites, sabe que quieres amor sincero, ¡espérale!
Déjale hablar, ahora le toca a él; leerás una carta contándote lo que quiere de ti. Limpia de corazón le tendrás contigo. De nada servirán los actos de los malintencionados, porque os recuperaréis el uno al otro. Ambos habéis comprendido ya la inmortalidad de vuestro amor.

(21 de julio del 2008)
—Lo que ahora deseas no tiene valor aquí. Algún día contemplarás la verdadera obra de Dios. Dile a los que no quieren oír que almas inmaculadas vendrán con la misión de crear un mundo mejor y más  unido. Ciego ante la avaricia y el poder. Atento a la desgracia, dueño de la verdad y respetuoso con su fundamento espiritual.
No desconfíes. Deja que tus manos continúen siendo la pluma del Señor. Es su voluntad recordar dos mandamientos universales:

El AMOR que sentís unos hacia otros es el mejor camino para participar del espíritu supremo. En él se genera. Todos inconscientemente lo reconocéis como el hálito que ánima vuestras vidas. Su experimentación y conocimiento es lo que os distingue como especie.
Si os afanárais tanto en sentir como en saber; si hicieseis del sentimiento una ciencia evolucionaríais cualitativa y cuantitativamente hasta dar un salto de consciencia psíquica y espiritual importante para ampliar vuestra comprensión del universo. 

No solo lo que pensáis también lo que sentís debe constituir un principio de vuestra  cosmología. Su estudio os revelará el conocimiento que  tanto anheláis  y  discutís.    Este doble afán debe convertirse en vuestra gran búsqueda para que su  energía, su fuerza creativa, os introduzca con  verdadero sentido en  la vida.

La FE os guiará en esta búsqueda. Funciona a través de una creencia y confianza impolutas en su  poder y otorga el impulso vital que necesitáis. La demostración más clara y evidente para vosotros de que funciona con justicia es que creyendo conseguís lo bueno y merecido. Cuanto menos,  os fuerza a proseguir el camino bajo la presunción de vuestro acierto en el mismo. La meta ya no está lejos. Supone la vivencia de vuestra especie en armonía universal.  Para ello deberéis escucharos en conciencia, porque es vuestro inconsciente colectivo e individual el que ya funciona en armonía intrínseca con toda la creación. 

      Déjate guiar –regresó Jensiliah- que quienes te hablan conocen el mundo en que vives y el que deseas con ahínco lo tienes en tus manos. Concéntrate en lo que has vivido y valora los límites de tu consciencia. Reconoce que es tu corazón el que manda y convéncete en la misión. Tienes debilidades que no podemos suprimir, pero  digas lo que digas y  aunque muchos quieran desmentirte por debilidad también, nuestra lucha con tu escrito no quedará fallida.
—Sin vosotros no lo conseguiré.
—Y sin tu ayuda nosotros tampoco.
Resucita la filosofía, contagia el librepensamiento y descubre sin temor ni vergüenza tu conocimiento de la espiritualidad. Diviértete con cada uno de los que se confíen a tu forma de pensar, comenzando con aquellos a quienes quieres; cambiarán.  Finalmente, quita la venda de los que desean la muerte del otro con ejemplo, y  dale  gracias a Dios  cada día por tener una vida que compartir y  suficiente inteligencia para contarla.  A la esperanza que generes lo llamaran conquista celestial.
—Suena espantosamente pretencioso y megalomaniaco.
—El futuro es de los que libran grandes batallas y apuestan por el imposible.
Confía en nosotros. Alumbraremos el horizonte de los hombres con los que deseamos conectar a tiempo de conciliaros con Dios. Se os ha prometido la vuelta a la vida de las ánimas que han creído a lo largo de la vida y así será. Los limpios de corazón no sucumbirán con la muerte de su memoria.
—El espíritu vital que anima el universo y da un poco de sentido a nuestro caos planetario se mantiene gracias al coraje de unos pocos. ¿Es eso?
—Tienes fe en el mundo  y en el hombre; no puedes pasar desapercibida. Has venido a este mundo con la misión de recordar al hombre su naturaleza divina.

(24 de julio del 2008)
— ¿Te das cuenta de quién eres? Alma espiritual, locuaz y versátil.
Sí, locuaz que no elocuente y sobre todo narcisista.
— Busca el don perdido contando tu intimidad. Confía en ti. Tienes algo que dar.
Confundiste el hombre. Nada más. Continúa Elena.  Cualquiera puede escribir, pero la grandeza no se encuentra en cualquiera. 
—Acaso ¿se encuentra en la locura?
—Lo sabrás en su momento.  Ahora  solo debes escuchar.
—(…Definitivamente, quieren deshonrarme forzándome a exponer mi vida y pensamiento con cortedad).
Deja que tu espíritu quede impreso en la obra.  NO la condenses y permite que engorde con los sentimientos.  Verás que se escribe sola.  Reescribirás el borrador con aliento divino. Te gustará. Confía en nosotros.  Sentirás que tiene alma.  La materia se anima ¿recuerdas?
—  … 
—Lugarteniente de Dios en la Tierra.  Considéralo una primicia: tu deseo conduce a la conciencia universal del hombre y a vivir entre dos mundos ¡por fin! aliados.
—¿¡ … ?! Suficiente. Me estáis asustando de verdad.
NO nos temas.  Comienza relatando tu sensibilidad. Detén el tiempo en cada secuencia y te sorprenderás. El ejercicio dará su fruto. Para alimentar el relato debes darle libertad a la mano. Únicamente  así escribirás la palabra de Dios. Vuelve a intentarlo como te hemos dicho, liando la madeja con la espontaneidad del detalle, pero no desveles el secreto hasta la reflexión  final. A ver qué pasa. 
— (… )
Cierto, otros nos escucharon también y tuvieron tus problemas.   No te agobies.  Llenaremos tu espíritu de voluntad y fe. Lograremos que escribas confiada y que vivas con alegría.  No necesitarás nada.  Siendo tú entenderás lo fácil que es gustar y te querrás. Va a ser un tiempo especial.
—Y tanto, el año de mi encierro en un manicomio.
—Te lo estas tomando a la ligera Elena, pero todo esto es verdad.
—Los espíritus no hablan ¿Quiénes sois?
—Tus ayudantes y te acompañaremos hasta que escribas nuestro mensaje. Alégrate porque el mundo volverá a creer.
—¿A través del misterio de mi matrimonio?
—Tu idea sirve a nuestro propósito, pero madurarla lleva mucho tiempo.
No debes forzarte.  En su momento surgirá la letra. Distánciate.  Todo no se concibe en un único día. Tu horizonte te aportará argumentos. Ten presente que en papel o sobre la piel de los demás, cada  uno escribe su  particular libro de la vida. No quieras escribir toda su sangre y corrige ese verso. No es eso lo que Dios desea que cuentes. Dale fe a la humanidad con un buen final. Cuando releas el libro cobrarás una nueva conciencia de lo que realmente pasó. No  la insertes. Permite que sea la posteridad quien reciba la alerta. Generaciones más alejadas de vuestros afanes contemplarán la obra con ojos más prudentes y  reconocerán la importancia y urgencia del mensaje.

(29 de julio del 2008)
Me pregunto si  el que es y deberá ser entenderá que es Arturo.
—Ha vivido tu lucha, ¿no crees que debe querer decirte algo? Aclara sus preguntas. Coincidirá contigo.  Tiene la bondad del mundo y fe en ti.
Sonreiréis a la vida, porque la vida os sonreirá. Habéis conocido la desgracia y ahora vais a conocer la dicha. Nunca os separaréis. No lo dudes, así ocurrirá.  Habéis sido elegidos. 
A tiempo de conoceros con juventud en vuestras almas. Cobraréis un sentido especial que comunicaréis al mundo. Será vuestra aportación. Con vosotros otros harán lo suyo y la obra que Jesús anticipó sin ser comprendida se realizará. Apóstoles del nuevo Milenio os llamarán. 
(Lo sorprendente de todo esto es que converso con ellos y me infunden  la decisión de hacerlo… pero ¡qué estoy diciendo! Todo esto no es más que un juego para escapar de mi mal llevada soledad).
—Elena la vida está llena de sorpresas. Le darás un abrazo mirando al mar. Confía en él y en los que te quieren. Son muchos. Volverás a reír y a soñar. Te retirarán la medicación y recobrarás la imaginación.
Volverá a ti. Te lo aseguro; a Dios darás gracias por actuar como un padre para ti.
(Demasiado fuerte, incluso para mí).

(01 de agosto del año 2008)
—Ten presente que os estamos escogiendo para anunciar el nuevo testamento. Verás como unos aplauden el relato. Otros te desmentirán. Diles que evidentemente tu palabra no está destinada a ellos. Volverán a leerlo y algunos entenderán.   Los gnósticos te creerán. Podrás contar con su ayuda. Sois muchos ya. 
— ¡Basta ya! ¡Credibilidad, qué dilema! conquistar la conciencia con argumentos que la debilitan, la inquietan o la confunden… La única razón de este dialogo es satisfacer la soberbia de mi delirio de grandeza. Solo alguien como yo se atrevería a hacerlo,  pero lo que no acabo de asumir es cómo temiéndolo a ojos de los demás: ridículo, penoso y  pretencioso,  os sigo escuchando. 
—A tu manera Elena. Tú eres la elegida.

[…]

(30 de septiembre del 2009)
—Borrador  correcto, sin negatividad. La ciencia también sabrá qué hacer con tu escrito. La obra es excelente para la psiquiatría. Deja que tu médico la lea. Busca una verdad que hace tiempo sospecha y hallará el argumento que confirma su hipótesis. 
Tu esfuerzo se verá recompensado porque lo que dices es cierto y  su lectura lleva a la reflexión.
— Puede, pero también un patético reflejo y reconocimiento público de mi desesperación.
Tú virtud Elena es tu inmaculada concepción de lo espiritual.
—Busco desde ella y nada; ni siquiera mi razón puede quitarme ya la certeza de vuestra presencia.
—Todos tenemos algo que aprender en nuestras vidas y tú ya lo has conseguido. Alégrate de haber entendido el relato de tu vida. Otros no lo consiguen y ni siquiera lo intentan.
Tu evolución es un hecho.    Lo has conseguido sin más ayuda que tu introspección.  Eso te dirá tu psiquiatra  contento de tu razonamiento.  Y ten presente que el barco zarpará porque SÍ los cuentos de ahora siguen teniendo el   final de los de antaño.  La vida te cambiará en breve y resolverá  tu  libro.  Todo lo que tienes que hacer es saber esperar. No te rindas en el último instante.
TODO ESTÁ RESUELTO.

—(¿Cómo puedo estar diciéndome eso? … ¿De dónde lo saco? Esto no le puede gustar a Dios… ¡megalómana además de chalada! Es evidente).
—Todos tenemos alas. Créenos. Realmente estamos con vosotros. Te convencerás cuando veas que se cumple lo que has escrito. Alégrate, pues leerás tu libro de la vida.
Amor y Bendición.

EL ANUNCIO QUEDA ESCRITO.
—(Vacío mental)

—La Intromisión de los OTROS—
(05/Febrero/2019)

(5 de octubre del 2009)
A pesar de mis dudas y temores seguí dialogando con ellos al constatar su pesar.  Ese día  afanada además con el costurero que mi madre me regaló en Fuerteventura y sin poder explicarme cómo se habían deshilachado unas bobinas, que nunca usé  para coser un botón siquiera, pues no hacía uso de camisas y el bajo de los vaqueros solía apañarlo con  imperdibles. Desenmarañando los hilos recordé un pasaje de Goethe y, balanceándome en el asiento, lo recité.

“Contemplad pues con humilde mirada la pieza maestra de la eterna tejedora; como anima mil hebras una sola pisada.  Las lanzaderas disparan a un lado y a otro y las hebras fluyen encontrándose, de modo que un solo golpe sella mil uniones.  Esto no lo reunió ella mendigándolo. Lo ha ido maquinando desde la eternidad a fin de que el eterno gran maestro pueda tranquilo urdir la trama”.

 Una voz distinta, que reconocía e instintivamente temía, alteró repentinamente mi meditación. Intentaba introducirse de nuevo en mi pensamiento. Me puso muy nerviosa.   Lo consiguió.  Reconocía aquella presencia y sus oscuras revelaciones me aterraban.

—Je-je, lo has entendido. Has caído en nuestra trampa. Nunca serás feliz.

La fortuita maraña de hilos pasó de casual a intencionada. Alguien había enhebrado sedas de  diferentes colores a  una aguja de ganchillo clavada en la única bobina  intacta: curiosamente, la negra. Lo más tenebroso fue  cuando el monstruo me instó a coger  dicha  bobina  con mano ya temblorosa  para  obligarme a fijarme después en el hilo blanco a ella enredado.  Al parecer,   la  persona que había manipulado los hilos de aquel costurero había enredado mi destino cerrando los caminos y encadenándome, de esa manera, el alma –¡?–.  ¡Alucinante!   Otro acto cruel y cuyo ritual la maliciosa voz sin duda celebró.

  —Alguien muy querido se ha encargado de ello. No necesitas que te diga quién es ¿verdad?  _Aclaró la tortuosa voz con tono perverso.

 La percepción de su presencia me sumía en  un estado tan crítico que solo superaba con la medicación.  Cual paciente avisado tomé un tranquilizante y esperé su efecto sin poder evitar seguir escuchándola.

  ¿Por qué te resistes? Eres una de nosotros. _Afirmó  el endemoniado ser.
 — No, no lo soy. ¡Dejadme en paz! _ Grité.
 A nosotros no nos engañas. Sabemos lo que hiciste. _Dijo mi particular demonio en un tono más amenazante. Completamente acobardada supliqué:

—¡Jensiliah, hazles callar!
—No les escuches. No pueden hacerte daño _Me aconsejó mi ángel transmitiéndome serenidad.

—Sabes que tenemos razón. Tu ángel no puede ayudarte. Dios ya te ha juzgado y te ha condenado a la locura y a la soledad.  Pudo no  haber ocurrido, pero ocurrió. Y no me digas que eras una niña, porque conciencia tenías. ¿No te arrepentiste? _Argumentó el agobiante ser.
—Estaba desesperada y no sabía qué más hacer por él. _Repliqué justificándome con gran perturbación.
—Entonces aprende a vivir con ello ¡je-je!  Acabarás con nosotros. No puedes hacer nada. Te estamos esperando.

No le faltaba razón. Tendría que aprender a vivir con ello.  

Intentándolo, sufrí las consecuencias  de la mayor precariedad en el mercado laboral conocida, y acabé desarrollando un inusitado gusto por la contemplación más sencilla, pero  ¿cómo justificar mi desocupación  frente a un mundo en el que  el éxito  profesional se había convertido en principal objetivo de vida y  que con tanta furia se perseguía?

En estado de alerta constante me mantuve activa todo lo que pude. Proseguir la carrera resultó frustrante e ingrato. La   coyuntura socioeconómica del país, también crítica, me obligó a resignarme y asumir –no sin desquicio– el desempleo.  Mi carrera profesional quedó suspendida de un hilo. 

 No sabía qué hacer con tanto  ocio. Estaba  sola y sentía que mi  presencia en este mundo perdía su importancia. Mi dependencia se hacía cada vez más insoportable. Ante ello los más optimistas me animaban asegurándome que encontraría de nuevo el camino perdido y  sanaría, pero lo único que podía distinguir a esas alturas era cómo ese camino se desvanecía cada vez más en la espesa niebla de mi abrupto horizonte mental.

Mis secretos amigos se equivocaban.  ¡Claro que vivía entre tinieblas y cual karma o  castigo las sufría! Me había marchado a aquella isla escapando del ahogo de los brazos de mi madre y, por ironías del destino, a ellos había regresado con una dependencia añadida.  Como mosca que indefectiblemente  cae en  tela de araña, yo había regresado a la eternidad de su celda: mi oscuro cuarto.   Marchándome llegué a confiar incluso en que también escaparía de esa otra  locura: el amor, pero el destino no se deja engañar y su delirio finalmente se manifestó.

Mi esfuerzos habían sido vacuos. El demonio había acertado en su comunicado: a más resistencia, mayor fatalidad.    La trascendencia de ambas derrotas era incuestionable;  había quedado condenada a la soledad de la locura.  Definitivamente,  había penetrado en el lóbrego mundo de  Azael. Los lacayos de Astaroth, Lucifer y Belcebú me estaban convenciendo y, peor aún, dominando.  Me rendí y rompí a llorar. 

 Intervino  Jensiliah  y me fui  calmando hasta quedar sumida en un profundo sueño asegurado por la pastilla y su verbo amable.


La Lógica del MIEDO.
 (18/ Abril /2019)

Tras un año diseñando interiores y los siguientes en la inopia, la abstinencia de lectura que tenía era brutal, así que en el 2010  me entregué a los libros de un modo más intenso.

Perdí aquel trabajo por negarme a adoptar el look que mi jefa quería. Un look que despreciaba desde que descubrí con Jensiliah la dignidad de la vestimenta  sencilla, por ser la que menos enmascaraba la personalidad y la que más destacaba la belleza interior. Opinión que la altanera señora ninguneó hasta  que acabamos enfrentadas. Yo argumenté que me sentía ridícula y despersonalizada vistiendo a su manera y  ella me entregó la carta de despido como respuesta, no sin antes  recalcarme la importancia que la “buena imagen”  tenía en el mundo de los negocios y del comercio. La que ella dictaba, claro está.  Me hubiera gustado ver su reacción tras contarle que una mañana un cliente me preguntó cómo una tienda de alto diseño vestía a sus empleados de Zara, pero  tras constatar que el consenso era imposible decidí largarme sin desengañarla. No me importó. No era el trabajo de mis sueños. Con todo, me dolió reconocerme  nuevamente  fashion-victim, aunque en esta ocasión fuese por rebeldía y no por sumisión.

Lo que si me  importó fue volver los lunes al sol, los martes a la sombra del hogar materno, los viernes al bar hasta el próximo lunes en que reiniciaría la misma rutina con la rabia de la impotencia que  me causaba corroborar nuevamente que mi propósito de autosuficiencia se alejaba cada día más.

A pesar de todo los tiempos que vinieron no fueron peores. Con el estudio aprendí a callar mi voz y conseguí rehabilitar la mente hasta el punto de poder comunicar lo que pensaba con cierta agilidad mental. Mis opiniones, cada vez más convincentes por suficientemente argumentadas, resultaban prometedoras. En las noches me sumergía en los libros. El más acertado con el momento, que viene a cuento, me sorprendió  con el siguiente retrato de mujer:

-Dama de Palacio
-Julia Augusta (27 aC – 14 dC)

Su  nombre  siempre  será  Livia; la primera dama, la más grácil de las cortesanas; su maestría en la intriga la convierten en la mejor embajadora, la más temida y admirada, la gran aliada.  Pero mi más profundo respeto e identificación con  Claudio,  quien sin ambición  –  o con secreta – y tras pasar por el signo 36 del I Ching:  El oscurecimiento de la luz:  «  conviviendo con la muchedumbre, ocultando su resplandor y permaneciendo lúcido sin embargo»  consiguió el trono sin desearlo o  éste le cayó  sin buscarlo.

En efecto, oscurecimiento como en el caso del príncipe Chi «quien vivía en la corte del tenebroso tirano Chou Hsin, el cual sirve como ejemplo histórico de base para toda la situación. El príncipe Chi era pariente del tirano, motivo por el cual no le era posible retirarse del corte, de modo que ocultó su disposición bondadosa y simuló locura. Así se lo mantuvo como esclavo sin que las adversidades exteriores lograran desviarlo de sus convicciones».

Y tan ejemplificador como la obra de Graves sobre Claudio  y un destino  pacientemente esperado:  «No es mala vida la de un emperador. No hice protestas ¿De que servía luchar contra el destino? ¿Y qué pensamientos o recuerdos pasaban por mi mente en esa extraordinaria ocasión? ¿Pensaba en la profecía de la sibila, el augurio del lobezno, en el consejo de Polio, en el sueño de Briseis? –¿En mi abuelo, mi padre, mi hermano– y en la libertad? ¿En mis tres predecesores imperiales, Augusto, Tiberio, Calígula, en sus vidas y muertes? ¿En el gran peligro que corría en manos de los conspiradores del Senado y de los batallones de la guardia en el campamento? ¿En –él– y en nuestro -tan deseado- hijo no nacido? ¿En mi abuela Livia? –¿En mi madre?– ¿En Póstumo y Germánico, en Agripina y Nerón?  No jamás podrá adivinarse lo que me pasaba por la mente. Pero seré franc-a y lo diré, aunque la confesión sea una vez más vergonzosa».

Concluí mi consulta a la vasta obra de  Graves  animada y gratamente reconfortada por el sorpresivo  destino del débil emperador romano:  «de modo que pudiera llegar a ser  empera-triz  ¿eh?  ¡Qué tontería!  Pero por lo menos de esa manera podría consultar los archivos y hacer que la gente leyera mis libros.

¡Qué milagroso destino para un historiador!»

Graves, R (1978): Yo, Claudio (a partir de la autobiografía de Claudio).   Alianza Editorial. Madrid.

El panorama  era real y la expectativa cierta.  En ese terreno  construí mi trinchera, pero el mayor amparo  y la  mejor defensa  me la ofreció Marco P. Catón al sostener que «es de cuerdos saber disimular la locura».

Opté por jugar a ser normal. Sola o acompañada intentaba actuar con la coherencia que se le supone a la razón sana.  La práctica del juego me enseñó a  interpretar el momento con la maestría de los demás. Pero, aún convenciendo al más puro estilo Stanislavski, apenas conseguía evadirme y renovar mis esperanzas de sanación, pues si  en público  me resultaba fácil disimular la locura, en la intimidad  la culpa me consumía. Y es que no es lo mismo ser sabio que dirigente, como tampoco lo es  ser  y sentirse culpable.

Atacada por ambos frentes, el consciente y el inconsciente, era increíble que conservase la templanza. Alguien menos ingenuo me contó que los problemas nunca deben quitarnos el sueño: o los resolvemos o se se resuelven por si solos. Decidí adoptar su despreocupación sin obtener más resultado  que evasiones momentáneas. Con todo, y a pesar de las  claras y deliberadas omisiones de mi “informe” en otros campos de mi vida, en cierto sentido el oráculo y su /la lectura eran correctos.

Egun ona izan.
(18/Abril/2019)

Con ese llamémoslo optimismo, y completamente decidida a ignorar las voces y enfrentarme al mundo con la abnegación de los demás; es decir, sin saber lo que éste me deparaba, encaré de nuevo la  búsqueda de empleo  y marché a Vizcaya.  Anne, quien nunca me fallaba, me ofreció su casa.   En la maleta solo empaqueté ropa y unos cuantos libros. Atrás dejaba el viejo cuento con su triste final.

El cambio de aires en el 2012 resultó fructífero también en el campo emocional; aprendí, o eso creía, a controlar mis nervios.  Aparentaba estar animada, tranquila y estable.   Cada mañana me levantaba  ávida por experimentar el nuevo día, dibujaba la sonrisa que mejor ocultaba mi tragedia y, con renovada sorpresa por el apoyo que estaba recibiendo de mis amigos, me lanzaba a las transitadas calles de Bilbao dispuesta a empaparme de la frenética actividad de sus gentes hasta que llegaba la noche  y me  acurrucaba con Anne en el sofá. Nuestra conversación era tan animada que nos mantenía despiertas hasta las 3 ó 4 de la madrugada.

Así descubrí Radio Contrabanda. Una radio independiente y vanguardista en la que encontré  un equipo solidario e interesado en razonar con el sentido crítico que a mí me gustaba –siempre conciliatorio– los temas-tabú de nuestra sociedad, entre ellos la esquizofrenia.  Aunque rechazaron mi solicitud de empleo me invitaron a participar activamente en sus tertulias por teléfono.  Nunca me atreví.

Escuchándolas constaté que  restaba dominio a las voces. No era tarea fácil. Se trataba de ocupar el pensamiento y reaprender a pensar en primera persona. Tras tantos años dialogando conmigo misma no tenía muy claro quién de mis múltiples personalidades era.

 Sí, en Bilbao hice verdaderos amigos que cada día  me convencían de que la curación era posible, me mimaban  y   animaban a seguir luchando, y aquella  radio se convirtió en mi principal recurso para ejercitarme en la difícil tarea. Todo parecía estar bajo control.

Off de Anne.
(19/Abril/2019)

Ante el suicidio no existe culpable alguno, argumenté. Pero sí que lo había, rectificó Elena: “Un demonio llamado indolencia que nos vuelve insensibles ante el sufrimiento ajeno, que nos incapacita para soportar toda desgracia que no sea la nuestra y que, ante la impotencia, nos incita a desear hasta la muerte del que perturba nuestro sueño”.

Reflexionando sobre ello comprendí la envergadura de su estado espiritual y la magnitud de un tormento existencial magnificado, sin duda alguna, por la certeza inconsciente de su crueldad. Se sabía malvada por haber deseado el más dramático de los fines para su hermano: la muerte. Incapaz de perdonarse se mortificó imaginando un castigo divino que asumía como una dolorosa lección bien merecida.

La clave estaba en una concepción paternalista de Dios. Un Dios cuya semblanza esculpida en las catedrales aterraba, y un Dios-Padre que escuchaba  no concediendo sin enseñar algo, y que, puestos a ser crueles, nos aleccionaba con la misma moneda.
¿Significaba entonces que Dios actuaba aplicando la conocida ley de quien a «hierro mata a hierro muere» sin tener en cuenta contexto y circunstancias? ¿Significaba que, indiscriminadamente y sin compasión alguna, utilizaba y sacrificaba las vidas de unos para enseñar a otros? ¿Era ese el verdadero significado de la crucifixión de Cristo? ¿Era así nuestro Dios: un dios sin respeto alguno por la vida humana? ¿Un dios despiadado que indolentemente se servía de nuestras miserias, de nuestros deseos más inmundos y que, pacientemente, esperaba el momento más crítico de nuestras vidas para pasarnos factura?
¿Su delirante alucinación así lo demostraba? ¿A esta vida venimos únicamente a aprender y a escarmentar nuestra necedad? Lo cierto era que Elena no podía ni quería justificar la suya.

De nuestras conversaciones deduje que tenía más días malos que buenos, y en ellos el tiempo desempeñaba su papel. Como todos acusaba el cambio climático. La  rudeza de la nueva oscilación térmica le afectaba en uno u otro sentido. Comprobó  que tenía menos agilidad mental los días de lluvia que los días claros y soleados, y más excitación en las noches de luna llena.

Era verdad. Tenía los nervios desquiciados, se bloqueaba ante la más mínima presión y vivía temiendo descubrirse de repente en Bora-Bora. La enfermedad le seguía resultando extraña, angustiosa e inquietante.  De ella me contó muchas cosas que no vienen en los libros especializados: que se traspasa la realidad y se entra en un mundo surrealista y fantasmagórico, que las leyes de la lógica desaparecen, lo onírico toma presencia activa en la vida cotidiana, explicando muchas cosas que la razón no explica y convenciendo de que la vivencia es real. Estar entre dos mundos le provocaba un estado de inseguridad tan profundo que se  acobardó y perdió carácter. No obstante, el hecho de que la tratásemos con absoluta normalidad le daba suficientes fuerzas para continuar.

Esa noche  me lloró amargamente. Era el 1 de noviembre, el Día de todos los Santos… El mismo día  en que once años antes abandonara entre sollozos aquella isla.

Entre Monólogos.
(20/Abril/2019)

Mi cerebro que durante todos estos años no me había dejado descansar ni un segundo, estuviese dormida o despierta, parecía funcionar ahora con total normalidad; es decir, volvía a tener momentos en blanco. La voz se estaba alejando. Completamente relajada me acomodé en la cama y dormí. Volvía a ser un espíritu libre. Dejé la pastilla.

Eso quise creer entonces, pero no, no me libré de la voz ni de la pastilla. A la semana siguiente tuve que volver a tomarla para dar descanso a mi cerebro. No podía dejar de pensar, de dialogar con ella, y ésto me impedía dormir y descansar lo necesario: en profundidad.

Necesitaba pues aquella pastilla, pero aborrecía su dependencia; el no poder prescindir de una pastilla que cada noche y a la misma hora perpetuaba el fracaso y mi sensación de derrota.

Aunque esporádico, aquel silencio interno demostraba cierta posibilidad de cura fallida por alguna razón que en realidad no lamenté. En el fondo quería seguir conversando con mi inconsciente, seguir escuchando la voz, ahora que parecía un tanto inventada, voluntaria, una pseudoalucinación más que una alucinación propiamente dicha, pero ¿hasta qué punto lo era? Abandoné la cuestión cambiando de monólogo.

Conociéndome como me conocía, supuse que mi recién inaugurado excentricismo no era más que una rebeldía pasajera. Me equivoqué.  Hallar el amor verdadero se había convertido en un drama interno que acabé despreciando ante mi recién adquirida lógica realista. Ahora lo veía como un karma del que quería liberarme de la forma que fuese, así que me afané en conseguir un matrimonio de conveniencia (Fatalismo histórico en la mujer que juzgaba saludablemente extinguido en nuestros tiempos).   Sí, han leído bien.  En eso consistió mi nueva rebeldía, en negarme a mí misma adoptando un convencionalismo caduco y contrario a mis ideas del que no me enorgullezco. Aunque no me crean, así fue. Otra idiotez.

Decidí empezar con el chat de los “singles”. Tenía muy claro el tipo de hombre que buscaba, y confiaba en mi experiencia y perspicacia para descubrirlo a través del correo. Estaba decidida a acabar con ese karma. Atajaría el camino a la antigua usanza, pero con técnicas modernas y usando la cabeza más que el corazón.

Al poco de introducirme en el portal para solteros, alguien contactó conmigo. Su presentación me gustó. Íñigo Almeida, un portugués culto y de vida sana, 3 años menor que yo y su nombre comenzaba por `Ì ´. No pensé nada más. El elegido sería él. Así lo decidí. Al menos en ese  momento.

Se puede escapar de ciudad, pero no de pozo.
(20/Abril/2019)

Nueve horas con Íñigo y ya era incapaz de discernir si le correspondía por acabar con su soledad o por un verdadero sentimiento compartido. Confundida entre el duelo por los dos amores perdidos y su entusiasmo ante una nueva oportunidad de amar y ser amada empezó a proyectar actividades, se borró del portal y se centró en él. Yo en su “iotización” del amor. Tenía la convicción de que buscándolo a través del chat había acertado. Así que regresamos a su segundo, o según se mire,  primer tema.

—¿No es eso lo que todos queréis, lo que el mundo exige? Que me rinda. Pues bien ya lo he hecho ¿por qué te disgustas entonces? _ Me replicó.
—Yo no te he pedido que desistas de hallar el amor verdadero –contesté-. Yo solo te pido que renuncies a los hombres en los que has creído hallarlo, porque es obvio que ellos no lo han hallado en ti. No eras tú quien sostenía que el amor nunca muere porque en su búsqueda somos constantes. Es el principio que ha animado toda tu existencia. Es tu lucha, ¿por qué te rindes ahora?_ Argumenté.
—Y ¿Por qué tengo que seguir buscando? ¿Por qué no he podido encontrarlo en Íñigo? _Preguntó “funfurruñando” (palabro materno).
—Porque lo que dices que sientes por él no es verdad _Sentencié.

La conocía lo suficientemente bien como para saber que no lo amaba. No aún. Imposible en tan poco tiempo y tan a la ligera. No prosiguió la discusión. Supongo que a esas alturas estaba ya tan cansada de escuchar constantemente: “espera”, que desoía su voz como podía, pensando en Íñigo.  Me enfurecí y le dije lo que pensaba también de Iván recordándole la realidad de su última cita:  el hecho de que, sin darse tiempo al dialogo, se despidieran deseándose suerte y condenando al olvido una cita que no pudieron calificar de apasionada.

El beso en la mejilla que recibió como despedida  selló su escasa  amistad, nada más.

Fue la primera y única vez que le grité.  Tenía que  extirpar su obsesión con él.  Lo que Elena descubrió en aquel encuentro fue un hombre capaz de transmitir la frialdad más terrible y la pasión más desbordada. Un hombre verdaderamente difícil de complacer por una mujer obligada a controlar sus emociones. Al menos así lo reconoció durante el café de la mañana siguiente conmigo.

La verdad es que ante una actitud tan ambigua, fría y distante, su empeño resultó igual de vano y enfermizo que la espera del francés. Se lo comenté en varias ocasiones. En todas me contestó que tenía buenas razones, pero nunca me dio alguna; salvo un poema cargado de decepciones al que con sarcasmo tituló: “Dama de corazones”.

Su universo mental y sentimental se estaba desmoronando por una inoportuna enfermedad que le obligaba a reprimirse, a contener sus emociones, impidiéndole conquistar a quien amase. Sin esperanza,  ayuda o mano que la sujetase se hundiría, pero al menos ahora sabía perfectamente lo que este hundimiento significaba y no estaba dispuesta a resucitar el pasado. —Por mucho amor que sintiese no reviviría semejante drama nunca más _aclamó con gesto sereno, acudiendo al consuelo que su translúcido amigo siempre le ofrecía, supongo. En verdad su historia con Iván había durado lo que duran dos Cds.

Tras la disputa no volvimos a hablar ni de Iván ni del portugués.

Sin embargo, el  último resultó ser hombre sincero y la relación se fue consolidando a pesar de la distancia. Pasados unos meses le dio la oportunidad de conocer Portugal a fondo. Un país lleno de árboles que los portugueses, a diferencia de nosotros los españoles, se preocupan en conservar. Un país sin bares apenas y donde todavía se respeta el valor del euro. Donde el café y la cerveza saben mejor porque tan solo cuestan unos céntimos.

El recorrido fue de norte a sur por la costa. Desde Aveiro (la Venecia portuguesa) a Sintra, un pueblo señorial venido a menos con un castillo de cuento de hadas sobrado de estuco y elementos discordantes que impiden encasillarlo en ningún momento histórico y menos declararle un estilo. En fin, un castillo que describió como un derroche de imaginación decepcionante que le hizo sentirse clara víctima del marketing turístico. Con todo el pueblo le pareció muy hermoso. No en vano ha sido declarado patrimonio de la humanidad y con razón, me bromeó al contármelo, porque lo que sobraba allí precisamente era eso: humanidad. Estaba tan atestado de turistas que no pudo tomar una buena fotografía del lugar sin que se colase alguno de ellos.

Un Patrón Ancestral.

De película…

Anne no se equivocó. Tras el viaje,  Íñigo se desmaterializó en la Red.  No obstante, Nobra no dejó de hacer por ello “telemetría” con las palabras.

Q.-Dama de corazones.
Una muñeca abandonada en la cama.
Una noche de invierno en el lago.
Sangre en la nieve y al despertar en la mañana,
el príncipe se volvió sapo.
Es una vieja historia: Un cuento que avisa su final.
Miras al Cielo y te preguntas si alguien soñándote está.
Un amor a distancia.
Soledad disfrazada con falsa poesía.
Sangre en la montaña
y un mal día de visita,
va y te presenta como su hermana.
La historia se repite: el viejo cuento solo te cuenta un final.
Cambian las caras, pero no los caracteres,
y tú miras al cielo y te preguntas si a ese alguien soñándolo
estuvieres.
Una carpeta en el pupitre de al lado.
Pintadas reivindicando justicia, anarquía y solidaridad.
Tálamo en el servicio de un bar.
Sangre en el asfalto
y adiós a un amor universitario.
Y la historia se repite una vez más.
El cuento ya te lo sabes pero rendirte, jamás.
Miras de nuevo al Cielo y con desconsuelo preguntas:
¿Quién dirige la secuencia de tus sueños?
Una maleta cargada de pasiones cuyos nombres has olvidado.
Una noche de verano en la playa.
Sangre en la arena y un buen día a quien todo le has dado
de quererte ha dejado.
Es la vieja historia de siempre.
El cuento del que solo conoces un final.
Cambian las caras, pero no los caracteres.
Y a los cielos continúas preguntando
si realmente alguien soñándote estuviere.
Dos corazones cicatrizando.
Una fría tisana los ánimos calmando.
Licenciatura en amantes y vino.
Superar tan triste designio
la única asignatura pendiente de aprobado.
Sangre en la cama y despedida ¡cómo no! pactada.
Es la historia de siempre.
De tu colección de amantes
ni orgullo ni cuenta te ha quedado.
Acortas el guion y omites cada vez más escenas de cama.
Miras al cielo, pero ya no preguntas nada.
El cuento te aburre, pues el final nunca es el deseado.
Solo queda un vivir impaciente,
en el que la única rebeldía posible es seguir perseverando
cual estatua yaciente.

Sinatra, Lou Red, etc. Lo que Nobra me estaba contando  en la intimidad ya lo había escuchado: el  cuadro  más morboso de mi historial sentimental y un patrón ancestral.

(21/abril/2019)

En Salamanca también hice una buena amiga, Olga. Había sintonizado con ella de un modo efectivo y a menudo buscaba su compañía. Olga Bayona Lozano regentaba un bar que, al conocerme, se le  antojó rebautizar como el “bar de los números trece”. Era 8 años más joven. Es decir, había nacido al final del franquismo. La dictadura, de la que yo había sido testigo infantil y traumatizado, apenas era para ella un trasnochado y residual recuerdo, vivo en la memoria de sus padres. Estos la educaron,  no sin problemas, entre hippies y okupas, y ajena a la realidad española de la transición a la democracia. En ella descubrí, y quizá por ello, una filosofía libre de credo, fresca y diferente, por la que merecía dejarse convencer, pero lo que más me atrajo de Olga fue la coherencia de su comportamiento. Se mostraba como lo que era: un espíritu realmente libre, no contaminado por estructura alguna ni marchitado aún por la vida. La pizca de juventud que necesitaba.

A través de ella conocí a Ghâlib, El Moussaqui, un inmigrante magrebí de igual mentalidad que luchaba por hacerse un hueco entre los europeos. Había sufrido la xenofobia más cruel y violenta, pero en el bar de los números trece había encontrado gente afable a la que no le importaba su procedencia. A este norteafricano le habían partido literalmente la cabeza. Su cerebro no sufrió daño aparente aunque tuvo que afrontar dos operaciones de riesgo para recomponer su cráneo. El éxito de la segunda operación, sumado a la autenticidad y acogida que halló entre los trece, le ayudó a olvidar aquel tremendo asalto y a no abandonar su sueño europeo.

Salamanca le había dado buenas razones para sentirse capaz de forjarse el futuro que tanto ansiaba. Como la mayoría de jóvenes católicos era un musulmán no practicante, que no entendía de integrismo, fanatismo  ni   fundamentalismos político-religiosos. Tampoco necesitaba una mezquita para rezar. Por mi parte tengo que reconocer que, en principio recelosa y desconfiada, su actitud frente el dogma me convenció y, tras someterlo a un profundo examen en el que rechazó la posición que el Islam otorga a las mujeres, acabé aceptándolo como amigo.

No todo era trágico en la vida de Ghâlib. Su experiencia de inmigrante contaba con anécdotas divertidas. En cierta ocasión y  trabajando como camarero, una señora le pidió un Passport-cola. Ghalib pensó que se trataba de alguien de inmigración y nervioso,  con su pobre castellano, le dijo que no llevaba en ese momento el pasaporte. La señora insistió y Ghâlib se asustó y empezó a recorrer la barra con las manos en la cabeza y lamentando su suerte en árabe ante la sorpresa de todos los asistentes. El jefe le aclaró que lo que le estaban pidiendo era una bebida y lo despidió. La hostelería, el único mercado laboral realmente activo en este país, se acabó para él, pero no por ello se desanimó. Siempre encontraba algo que hacer: carga y descarga, limpieza de cristales y en general las chapuzas que los millones de parados españoles “preparados” nos negábamos  a hacer.

—Tú deberías buscar “curro” en Hispanoamérica. _Me comentó Olga, temiendo ser declarada parada de larga duración  al enterarse de que estaba de nuevo redependizada, pues no conseguía “venderme” en ninguna entrevista laboral.
—No puedo ir a cualquier lugar. Necesito una asistencia sanitaria garantizada. _Respondí recordando el episodio de Madrid y concluyendo:–  Tan solo puedo moverme dentro de Europa.  Como afirma mi madre, soy un pajarillo con el ala rota.

Mi acritud le hizo presentir el peso de la cruz que arrastraba y sentenció:
—A ti no te pasa nada. Tú no estás loca.
—Es mucho más fácil que al cuerdo se le declare loco, que al loco cuerdo. Yo cuando salgo pongo mi mejor cara. En casa también, pero no es real, ni siquiera sincera. Muchas noches, cuando llego a casa, me quedo en el portal a llorar, porque no quiero que mi madre sufra más por mí. De ella no puedo esconderme. Conoce todas mis caras y, aunque sé que haga lo que haga no me repudiará, no la puedo defraudar. Es la única persona que cada vez que sale a pasear me trae flores de las que encuentra por el camino para alegrar mi cuarto y mi corazón. Sin su vigilia, sus cuidados y su disposición a escucharme, no sé dónde habría acabado. _Contesté.
—Solo un cuerdo se plantea su cordura. _Replicó Olga.
—Y solo un loco se cree su locura. _Argumenté–.  Loca o no, algo sé.  Que tengo la duda del cuerdo y la fe del loco. Por eso escucha lo que te voy a decir: No le pidas nada a Dios de lo que te puedas arrepentir. Cuida mucho tus palabras cuando reces y piensa bien lo que dices. Ah! y sobre todo no desees la muerte de nadie, ni siquiera la tuya… ¿Aún sigues pensando que no me pasa nada?

Off de Olga.
(22/Abril/2019)

—Enmudecí.

Desde luego el bar se había convertido en su segunda casa. Frecuentado por números trece como ella, pasaba las horas allí, dialogando. Afirmándose con ellos corroboraba su estado subjetivo y se desprendía de su conciencia de chiflada. Tenía una habilidad innata para provocar y lidiar  terapias colectivas que resultaban agradecidas y aplaudidas por los concursantes, pero el consenso y  aprecio de los habituales no era suficiente. La verdad compartida de los números trece  debía chillarse –alborotar– para ser oída o sucumbiría ante la lógica de los etcéteras, indiferentes a cualquier SOS.

¡Claro que la creía!  Elena sufría lo más dignamente posible su particular infierno  con suficiente inteligencia para justificar sus errores, pero no lo bastante despreocupada  como para olvidarlos.   Conocía perfectamente cuáles eran sus tinieblas, el suplicio y las flagelaciones de su consciencia, sobreviviendo con la videncia de un ciego:  saberse desgraciada y tener que reconocerse, a pesar de ello, agradecida.    En ese estado exagerado de conciencia martirizada y con cierto carácter  obsesivo, acudía a mí para desahogarse. Con los cualquiera solía compartir  otros temores (los  que sabía comunes). De ellos obtenía  el humor que le faltaba, el  que otorga salubridad y refresca la mente.

Sin embargo, a pesar de gozar de su  plena confianza, seguía desconociendo las causas de su secreto tormento ¿cómo podía ayudarla? Tan solo sabía que el remordimiento no la dejaba vivir, pero como conseguir que desahogara su culpa, que la declarara abiertamente. Era incapaz de matar una mosca, no podía imaginar en ella una culpa tan grande como para provocar un dolor y un delirio semejante. Decidí no despegarme de ella por unos días.

Fiesta de Pijamas.

De camino a su casa le conminé a que se explicara. Se negó con la cabeza. Pasé de indagar en su culpa por temor a una recaída.

Esa noche  (enero del 2014) hablamos de sueños. Supe por su madre que Elena tuvo desde la infancia un sueño recurrente   cuyo simbolismo le obsesionaba. En él veía como su hermano se caía por el hueco de las escaleras de un tercer piso tras empujarle accidentalmente en una carrera. Descubrir si el empujón fue realmente accidental era  la cuestión que más le  atormentaba de aquel sueño.

Sugestionada por la conversación no pegué ojo. Elena durmió gracias a la medicación. Me levanté y busqué sus apuntes sobre la Pascua intentando encontrar una pista que me desvelara su culpa. No podía dejar de pensar en lo trascendental que tuvo que ser para ella aquel fatídico día y en su “percepción extrasensorial ” nocturna: en su hermano y el tiovivo. ¿Quién no se ha sentado en él alguna vez y no ha comprendido que, al igual que los planetas, estamos condenados a girar en una órbita específica para cada uno? y ¿quién ya mareado no se ha bajado de él con una tremenda sensación de alivio?

Si la muerte podía definirse con una sensación, ésta tenía que ser el alivio de bajarse del tiovivo, pues ¿quién no ha sentido que su vida es un círculo vicioso, un pozo del que no hay escapatoria sino es con la propia muerte?  La generalidad del símil existencial no  la consolaba. Si su hermano decidió bajarse a los 23 años,  en cierto modo ella lo había hecho también.

No obstante, algo en su relato llamó mi atención.  Por un momento deseé desdoblarme. Tener yo también otra voz  interior que  con perspectiva diferente  ampliara mi razonamiento y me ayudara a resolver su pánico a las palabras.

Elena se culpaba de la muerte de su hermano. Todos lo hicieron, me comentó su madre, pero también todos hicieron lo imposible por rescatarlo de una narcosis “nitrogenada”.  Tardó años en sobreponerse, pero lo consiguió. Al menos eso aparentaba. ¿De dónde partía su timidez verbal entonces? ¿De la consciencia de su fuerza? ¿Qué palabra hay tan poderosa que pueda llevar a una persona al suicidio? Todos nos extralimitamos en nuestras conversaciones. En situaciones extremas la impotencia nos lleva a decir lo que no queremos y los nervios se pierden. No podía estar ahí su culpa. Elena es buena razonadora y también sabe perdonarse. La respuesta tenía que ser más compleja.

Sinceramente,  aquella experiencia me intrigaba, especialmente el anuncio de acceso al más allá  (supuesto que obtuvo diez años después) y su percepción  como  amenaza. Así pues, era cierto que en su vida todo era premonición y ensayo. Del mismo modo que intuyó que tardaría en encontrar el compañero predijo su locura. Del mismo modo que soñó la muerte de su hermano pronosticó su trascendental experiencia.  Elena había desarrollado un sentido especial, pero a esta vida venimos sin borrador, y su clarividencia  –si es que puede llamarse así– de nada servía.

Esperé a que despertara… Volvía a tener la mirada serena.  Parecía tranquila. Me relajé.  Le propuse dar un paseo.  Aceptó, no sin antes lamentar una vez más su existencia.
—¡Dios mío! cuando miro atrás y veo lo que he perdido, enloquezco… Si no fuera porque supongo que algo habré ganado, que algo importante habré aprendido, me rendiría.

En efecto su gradiente de tolerancia y comprensión se había multiplicado  como también se habían multiplicado sus amistades, y aunque estuviese enajenada ¿qué duda cabía? con nosotros debía sentirse  al menos acompañada en la desdicha, le aseguré.

Jesus Christ!

Ante su insistencia, la acompañé a  Madrid para ver la ópera rock de Jesucristo Superstar.  Su temática carecía de interés para mí,  pero la curiosidad me pudo.  Quería observar en primera fila. Descubrir sus reacciones,  conocer al detalle su  impresión.

Para mi sorpresa salió del espectáculo tan fría como yo. No se metió en la historia ni se creyó a los personajes. Solo vibró con el episodio del Huerto de Getsemaní; cuando Jesús, reconociendo la  incomprensión propia y ajena, declara abiertamente la posibilidad de rebelarse contra su fatal destino.

Completamente identificada con el lamento, me confesó que a medida que iba estando más asentada en la realidad, más alejada  de Dios se sentía, y que cuando más cuerda intentaba parecer ante su psiquiatra, más comprendía la traición de Judas y la negación de Pedro. En su delirio, vivió la pasión de Cristo metiéndose en el pellejo de cada uno de los apóstoles y comprendió la grandeza de la Biblia al definir y resumir la existencia con doce figuras, doce testigos y 12 actitudes diferentes ante la revelación divina.

En su trance, había llegado a comprender tanto la pasión de María Magdalena y el seguimiento incondicional de su hermano Santiago, el menor, como la fidelidad de Juan, la curiosidad de Mateo, la devoción de Simón, el entusiasmo y la fe de Santiago el mayor, el criticismo o la incomprensión de Felipe, el escepticismo de Tomás, el respeto de Matías, la aceptación del martirio por Andrés, la traición de Judas y la negación de Pedro; doce pilares sobre los que se cimentó el cristianismo y la civilización occidental, y cuyo primer pilar precisamente se  otorgó a Pedro, a la negación.

No dudo que aquella conexión le permitiese intuir lo que tuvo que ser para esos hombres mentalizar la convivencia del Mesías: percibir la divinidad  a través de su humanidad y  su palabra única e irrepetible. Pero tuvo que suponer un coste  intelectual demasiado elevado para desear repetirla y ella extrañaba, ahora más que nunca, los mensajes y emociones que entrañaba. En el fondo temía haber perdido su sintonía universal.

Hace un par de años hubiera “sintonizado” con este gran musical. La medicación se lo impedía. Evidentemente estaba volviendo a la realidad.  Si ella regresaba al mundo, yo me alejaba a medida que me metía cada vez más de lleno en las páginas de su manuscrito. Supongo que algo de su mirada se me contagió. Quería creer, pero sobre todo y al igual que ella, quería saber. Las dos queríamos saber qué creer.

Entre los libros de su mesilla tenía por supuesto una Biblia. Le pregunté si había vuelto a leerla y muy desanimada me dijo que no pasaba del intento. Aun así, tras lo que le había pasado se sentía con la obligación de leerla y descubrir entre sus líneas la verdadera palabra de Dios. Entre sus páginas hallé una vieja hoja de calendario que hacía las veces de separador. Era de 1991 y el 6 de septiembre estaba marcado. La fecha del fallecimiento de su hermano. Elena la colocaba arbitrariamente para leer la página señalada pasado el tiempo. Esperaba hallar de este modo el verbo divino, ya que leerla de un tirón le resultaba, como a mí, tremendamente tedioso.

—Sin menospreciar la existente, pienso que el mundo necesita una nueva Biblia. Más versátil, llana y acorde a los nuevos tiempos   –comentó al  descubrir mi curiosidad por su biblia–. Los nuevos apóstoles que la escribirán están ya entre nosotros y pertenecen a diferentes iglesias –prosiguió-. Eso dicen las voces. Doce historias diferentes con el verbo divino como nexo de unión. Un verbo que tendrá una continuidad más lógica que en la actual y que se hará más inteligible a través de las doce experiencias. Estas historias, conceptualizadas y compiladas como un único corpus, contarán la nueva revelación en todos los idiomas. Sin posibilidad de ser alterada por el filtro de la traducción, la intencionalidad interesada o la censura, pues en ellas la divinidad aparecerá como una guía intrínseca en sus vidas, que nadie podrá discutir y que será aceptada bajo el abrigo de la libertad de expresión. Una verdad para la que el hombre, al parecer, ya está preparado. De ahí surgirá una religión sin iglesia, sin ortodoxia ni heterodoxias que escapará por fin a la corrupción del poder. Así me lo anunciaron.

—¿Qué te pasó, Elena? _La interrumpí, regresando al problema con tono comprensivo y cercano.

No contestó. Una mirada esquiva ahogando el llanto fue su única respuesta. Me puse furiosa y le grité que confesase de una vez. No me oyó. Estaba escuchando a su voz.
(—Lo sabe Elena. Sabe que estamos contigo. El miedo no resta la confianza inherente que os tenéis. Díselo).

La aterradora idea de razonar conmigo “su culpa” la mantenía atrapada en su mundo imaginario: Un submundo donde Pepito Grillo la tranquilizaba excusando sus equivocaciones, no sin antes aclararle cómo, cuándo y por qué era  víctima o verdugo. Este ensimismamiento   la inhibía e inhabilitaba cada vez más para la acción diaria, fue lo único que me confesó.

Su vida era una tragicomedia donde el  chiste solo lo veían los demás. Así que con cierto vampirismo psíquico buscaba rodearse de inteligencia, de aquellos que demostraban poseer un cinismo positivo y vitalista capaz de despreocuparla y   recordarle lo fácil que es vivir cuando se sabe aplicar la ironía. Una versión diferente para su libro de la vida, cuya lección  no acababa de aprender.

Quiso dejar ahí la conversación, pero no lo permití. Se estaba autojuzgando con cordura así que la animé abiertamente a continuar su desahogo. Finalmente, reiterando el consejo que me dio, declaró:
—No subestimes el poder del pensamiento y de la fe. Yo “asesiné” a mi hermano de esa manera. Supliqué a Dios que lo curase o se lo llevara de una vez, y de una vez se lo llevó. No fui consciente de mi petición hasta que ocurrió. Nunca me perdonaré mi inconsciencia…

Intenté consolarla restando importancia a su culpa, argumentando que no fue más que pura casualidad. Mi solidaridad resultó del todo inútil.
—Psiquiatras interesados y eclesiásticos escandalizados aportarían, sin duda, otro punto de vista_Objetó sin añadir más a la confesión.

Proseguir implicaba para ella perder dignidad, así que dejé que siguiese interpretando ante mí su papel de persona normal. No quise discutir su actitud, pues hablamos de esquizofrenia. Una enfermedad mental que muchos asimilan a las psicopatías más violentas, y pocos a la pérdida de facultades mentales y autoestima.

Consciente de ello rehabilitaba su mente ocupándola en el estudio y en la lectura,  pero no era suficiente; faltaba capacidad y sobraban nervios. La rebeldía y el valor que desarrolló para combatir su enfermedad me asombró. ¿Cómo ayudarla? ¿Hay peor sentimiento que la impotencia? Sobre esto Elena podría escribir páginas enteras. También sobre la resignación, señaló mientras la escuchaba sin saber qué hacer ni qué decir.

—En verdad nos matamos y resucitamos unos a otros, pero a mí me han regresado a una vida que no quiero vivir. No de esta manera.  _Me dijo con la opresión del que se sabe detenido o impedido en su progreso.

Estremecedor. Me percaté de que había llegado a una situación-límite. Si no se había bajado del tiovivo estaba a punto de hacerlo. Decidí mantener interlocuciones frías.

—A todos nos atormenta el pasado. El sentido que buscas no está en este mundo y si no supiera que no necesito convencerte seguiría con el largo bla-bla-bla que ya conoces, porque es el que te mantiene viva. Así que deja de quejarte y actúa. No te ofendas ni condenes. Con demencia o sin ella, eres una bella persona. Disfruta y aprende de lo que te queda por vivir y deja que los demás disfrutemos de ti.

Pero intentar convencer a alguien de que la vida, aún con sus miserias,  es maravillosa y merece la pena vivirla y compartirla es absurdo cuando las experiencias pesan  y las palabras no palían el desahogo, como era su caso, el mío y el de todos. Muchos usan la ironía y el cinismo para soportarla, otros optan por vivir dormidos y soñar despiertos. No hay nada malo en una u otra opción mientras se siga agarrado a la vida con lógica positiva y realista, y estaba claro que no era el caso de mi amiga.

Su frustración en el estudio y la sucesión de fracasos laborales la obligaron a reconocer definitivamente su demencia como incapacidad. Consciencia que acrecentó su cobardía y la sumió en una profunda depresión. Temía que la tragedia no acabara solamente en  locura. Definitivamente le estaba cogiendo miedo a la vida. Y tras la confesión, puesto que el mundo aconseja  silenciar los problemas, buscaba refugio en mí como alma en pena.

— Deja de “comerte la cabeza”. Todo llegará en su momento. Yo no soy asidero firme. _Le advertí presuponiendo en ella fortaleza suficiente para asentir.
— Lo único que me llega a mí es un ánimo sobrenatural.  No hay lucha más trágica ni combate más igualado que el que se lidia con uno mismo, y yo me estoy cansando de mis razones _Refutó.  

A media mañana y agobiada por la psicótica atmósfera deseé marcharme. Me despedí de su madre y dejé una nota para ella, excusando una marcha  tan repentina bajo la promesa de que nunca se decantaría  en definitiva.  El malo de esta película seguiría angustiándola, sin duda, pero en Jensiliah siempre hallaría  argumentos que evitasen su desesperación hasta el punto de bajarse definitivamente del tiovivo. Me alejé tranquila.


A Solas.
(23/Abril/2019)

So pena de la multitud de porqués que todavía me acosan, de esta manera –compartiendo o repartiendo mi culpa–  purgué mi pecado.

Por otro lado, mi soledad y carencias no me impidieron seguir constatando la perfección que a pesar de ello contenía mi vida; donde todo había sido augurio, premonición y ensayo, donde todo había sido una guía  para el aprendizaje que debía reflejar en mi particular libro de la vida. Y al efecto debo decir que, efectivamente, el manuscrito sirvió a la  Psiquiatría.

Cierto, perdí un ápice de  fe, pero la recuperé. Aprendí  a  perdonarme y decidí dejar a Dios en paz; desistí de seguir cuestionando su naturaleza y nunca volví a  pedirle nada más.

Ahora me doy cuenta de  la gentileza y alcance de las palabras de Iván   al recordarme  que  “probablemente, la razón de los locos es la única razón; la razón de nuestra comodidad nos impide aceptarla”.

No sé de quién sacó esa frase, pero no estaba desacertado.  ¿Para qué pensar?  Nada importa en realidad, puesto que nada impera. No hay nada más que discurrir. Quien no lo entienda así es que está loco ¿verdad?

Pero no nos olvidemos de que a ello Séneca  ya respondió: «Existe el destino, la fatalidad y el azar, lo imprevisible y lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y como hay destino, filosofemos».

Es por eso que hoy –18 años después  y porque los locos también tenemos algo importante que  decir– mi único deseo es  proclamar sencillamente esta verdad:
“Todo tiene explicación, incluso la locura. Sirva  mi oración para dar fe de su razón”.

En el Laboratorio

*Nota:  5,55 / 10 / 10 /10
[Latente]

¿Qué significan para mí: el 9 de diciembre del 2015, el 24 de febrero, el 18 de marzo y el 15 de septiembre del  siguiente año?   Días señalados  con la pluma en el tiempo detenida por la culpa.

—Diario al descubierto sin haber sido siquiera ojeado_ exclamé abrumada por el paso del  tiempo.  

Busqué el viejo calendario y comencé a rasgar las hojas restándole años, meses, días y horas.  Jensiliah me detuvo.  La página rescatada contenía su data, la fecha que lo inauguraba y la hora de registro: 2017, Octubre, 8 – 3:20 H.

 —Suena bien y  te quiere. No te preocupes. Le has sembrado la duda y ya no será el mismo.  El influjo existe y es verdadero  aunque no lo manifieste. Luchará por aclarar su corazón y  entenderá que eres la destinada. Verás tu sueño cumplido.  El uno para el otro en completa  dedicación.  La dicha será total.  El barco partirá con vosotros dos de la mano y, cuando realicéis la obra, el sueño de una humanidad solidaria recuperará su valor_insertó en mi pensamiento trasladándome por enésima vez al discurso de  mi megalomanía.

—Sin villano no hay historia y   en la mía pudiera ser el sano… _extracté con claras intenciones de acortar la prédica y facilitar el consenso  en cuanto a ese “él “.

Un efímero instante ¿de lucidez? me sacó del autoengaño y me devolvió al cuaderno con frenético realismo. La oportunidad de realizar el plan se había dado, pero el acaecer había resultado un completo fiasco. Mermeliades tenía razón. ¡Soflamas! El destino era un fraude. La aventura seguía careciendo del compromiso que ansiaba y delataba la urgencia  que tenía de hallar un compañero sincero. No revelaba más que la utopía de mi búsqueda.  ¿De qué servía  alcanzar el cielo si no podías morar en él?  Inventar la vivencia de un amor que nunca satisficiera más que mi imaginación. No repetiría el error. 

*Nota: 1/444-J  
[Intro]

¡Fascinante!   

La carta que tanto he esperado por fin  ha llegado, y no lo ha hecho con sus palabras en la web o en el papel, sino con mi pensamiento. Del mío, claro, soy plenamente consciente. Del suyo no tanto, pero le oigo y para mí es suficiente. 

Te prometo que esta vez me hallarás.  Escucha mi llamado, por favor.
—Acabaré rompiendo el lunario si no te encuentro.   Necesito dormir.  Quizás mañana te busque en la inmortalidad del alma, en sus calles y pasillos otra vez.    Hoy no insisto más.   Si quieres desayunar conmigo estaré en cubierta esperándote. Si no acudes seguiré escribiéndote. Eso es seguro, pero ya no te lo enviaré.

 La  historia supera lo inteligible.  Mis conversaciones van mucho más allá del  diálogo mental que estamos manteniendo.  Llevo  años y quizá toda mi vida hablando en secreto con él, y el realismo  mágico de las mismas sigue sorprendiéndome y alimentando  mi convencimiento  de  que  hay algo allá lejos que nos conecta, nos ha conectado y nos conectará hasta el fin de los tiempos y “ese poco más” que es la propia eternidad del aquí y ahora.  

De nuevo convencida en el reencuentro. Conservando el alma y  la vida; a la espera de  concluir el libro o mejor aún empezarlo; en la soledad de mi cuarto con los papeles en blanco y emborronándolos de pensamientos inconclusos. Sospecho que me está ayudando su verso cómplice.



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