PROFETAS
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Profetas

¿Es el hombre solo un medio o es un fin? Se preguntaba Nietzsche en su ensayo de juventud, Fatum e Historia (escrito en 1862, a los 17 años de edad).

Solo me hubiera atrevido a decir que un medio para otros y un fin para sí mismo y no precisamente en ese orden, en clara referencia a la moral. Seguramente, Nietzsche me hubiese replicado que eso era una presunción fatalista y discurriendo como solía, en “sentido infinitamente amplio”, me habría hecho saber:

«La moral es el resultado de una evolución general de la humanidad. La suma de todas las verdades de nuestro mundo; es posible que en el mundo infinito no signifique ya otra cosa que el resultado de una determinada orientación del espíritu en el nuestro; y ¡es incluso posible que, a partir de las verdades de los diferentes mundos, evolucione de nuevo una verdad universal!». 

Entonces hubiera proseguido anunciándonos que ahora que sabemos que buscamos el centro -¡lo sabemos?-  ahí, en esa competencia de voluntades entre la individual y la general, «se perfila ese problema infinitamente importante, la cuestión de la justificación del individuo respecto del pueblo, el del pueblo respecto de la humanidad, de la humanidad respecto del mundo y aquí se dibuja, también, la relación fundamental entre fatum e historia».

Aunque la voluntad para Nietzsche se manifestara como lo realmente libre, el espíritu. El fatum, en cambio, era la fuerza que ejercía siempre una mayor resistencia contra ella. Uno sin lo otro no se podían entender. Él creía que  todas las utopías sociales padecían el mismo error, pues nunca éramos los mismos. Según Toni Llácer, para Nietzsche el conocimiento –yo añadiría el fatum– era una operación peligrosa de la que uno no salía indemne y tras la cual no volvíamos a ser los mismos. Era, por tanto, «obtuso pretender imponer una forma de estado o sociedad a la humanidad, sometiéndola a tales o cuales estereotipos».

Para mí, y a pesar de comprenderlo, seguía siendo absolutamente necesario, así que, disimulando mi perplejidad, en un arranque de valor interrumpiría el discurso para adelantarle uno de sus famosos aforismos: «Luchar contra las convicciones de los hombres más sabios eleva al hombre hacia la verdadera humanidad». Probablemente me hubiera ignorado y habría continuado su disertación sobre el determinismo histórico:

«El fatum predica continuamente el principio: “sólo los acontecimientos determinan los acontecimientos”. Si éste fuese el único principio verdadero, el hombre no sería más que mero juguete de fuerzas ocultas desconocidas, no sería responsable de sus errores, se hallaría, por lo tanto, libre de todo tipo de distinciones morales, sería un eslabón necesario como miembro de una cadena…  La historia universal sería, entonces, historia de la materia…  ¡Qué feliz sería si no se empeñara en examinar su situación, si no se debatiera convulsamente en la cadena que lo aprisiona, si no mirara con loco placer el mundo y su mecánica!».

Nietzsche sostenía que tenía que haber todavía «otros principios más elevados ante los cuales la totalidad de las diferencias confluyan en una gran unidad, ante la que todo sea evolución, serie escalonada…donde el conjunto de las corrientes (de pensamiento) que han hecho evolucionar el mundo vuelvan a encontrarse, a fundirse en el todo-uno».

Sería solo en ese momento que el futuro gran “maestro de la sospecha” (Ricoeur), interpelando una respuesta con la mirada, concluiría:

«Yo he intentado negarlo todo: ¡pero destruir es muy fácil, más cuán difícil es construir!»

Entonces yo enmudecería y, pensando todavía en mi utopía, agacharía la cabeza porque nadie lo ha hecho como él.

Los hay que enriquecen el intelecto y los hay que enriquecen el espíritu. Nietzsche hizo las dos. Aunque sostenía que las religiones no eran más que conjeturas (basándose en las grandes monoteístas) pensaba que mientras que la unidad de la historia universal y sus fundamentos principales (historia y filosofía en colaboración con las ciencias naturales) no se abrieran al espíritu –sí, he dicho bien–   «atreverse a entrar en el mar de dudas sin brújula ni guía alguna era de locos».

No era, por tanto, ni individualista, ni existencialista, ni siquiera holista (¡?), sino sobre todo un idealista, un vitalista y defensor del «superhombre”[1]. Qué más clara utopía que la búsqueda del superhombre me cuestionaría en silencio y ya verdaderamente intimidada por esa voz tan llena de contenido filosófico y espiritual.

Sus profundas y sabias palabras de juventud me han convencido, aún más, de que la única razón de nuestro errar es nuestro alejamiento espiritual, y me pregunto si pudo existir un conocimiento, una revelación o un aprendizaje muy especial que no llegó a nuestro tiempo, que se quedó en un escalón temporal perdido, roto, y que hubiera podido ampliar nuestra conciencia actual para poder conseguir esa identidad universal que el filósofo buscaba.

Hace ya siglo y medio que Nietzsche auguró que tanto los historiadores como los filósofos no serían más que «profetas». No se equivocaba. Sin embargo, siempre seguiremos estando en deuda con ellos. La historia, su historia, mi propia historia, no dejan para mí otra lectura:

Acceder al campo metafísico de cognición existencial es un proceso de conocimiento como diría el profeta “infinitamente amplio” que nuestro materialismo nos impide acometer.  Y me pregunto si hoy la metafísica no nos estará poniendo ese escalón que se rompió y que es tan necesario para entrar en su mundo infinito y descubrir el gran secreto de su conciencia: que no hay nada en el universo que no pueda ser entendido ni siquiera el camino hacia el todo-uno nietzscheano.

Hay algo superior que nos condiciona las decisiones que vamos acometiendo a lo largo de la vida, el fatum. Puede que la historia la escriba el hombre con mayor o menor espíritu y filantropía según qué época y qué fortuna de fatum, pero el mundo a pesar de esa interacción parece gobernarse – yo diría que se gobierna-  solo.

“No se puede entender –como dice el profeta– lo uno sin lo otro”. Cuando esta comprensión se haya alcanzado, nuestro universo será el que nos revele la verdad, nuestra voluntad de poder, y nos enlace ya como superhombres con la totalidad. Un camino anhelado que probablemente tomaremos solos, pero que indudablemente nos garantizará avanzar por fin en íntima conexión con los demás, con todo lo demás. Vamos a ver cuántos siglos se necesitan que transcurran para ello. Hoy estamos tomando conciencia de nuestra necesidad de recuperar el ente subjetivo y de volver a mirar el mundo con ojos más universales. Veremos qué ocurre en la transición hacia la descosificación y decodificación de la conciencia mientras tanto. Algo que temo no ocurrirá hasta que todos, absolutamente todos, seamos utópicos.


[1] Véase Beytia, P. (2016): Teoría de la acción esbozada por Nietzsche en su juventud
Andamios: revista de investigación social, nº32, págs., 281-304

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