ENTRE DOS MUNDOS

Conozco un ser que me habla a dos voces.

Una posee un timbre angelical.

Con la mayor dulzura me susurra ideas al oído y me cuenta cosas hermosas, jamás descritas, que salvaguardan la ilusión de poder y querer contemplar cada mañana.

Su grata voz me inspira un rostro afable, de amplia sonrisa y mirada apacible.

Este mensajero del firmamento conoce bien la frigidez del día y, modulando su voz con plácida calidez, me templa el ser.

Las sabias palabras que transmite amparan el alma y me rescatan de un potencial suicidio.

Acunada en su regazo, me siento segura, protegida, atendida.

Mi sueño se vuelve profundo, pacífico y sensato e, impulsado por sus alas, mi vuelo adquiere altura y autonomía.

Ahora siento lo importante.

Me siento importante.

Mi espíritu reposa por fin en sí mismo.

Con él aprendo a a vivir, a creer y a crear, a forjar e inventar; a desoírle en lo que sigue, su quejido, y a soñar a voluntad.

 

La Otra voz se manifiesta con un tono diabólico, grotesco, amargo y atormentado que con demasiada frecuencia me chilla.

Ante mí se descubre, entonces, un ser endemoniado y de habilidad maquiavélica que se sirve de mis miedos para golpearme el alma.

En la osucuridad de la noche arroja un sinnúmero de maldiciones que me perturban la aurícula, confunden el tímpano y corroen mis entrañas.

El sueño se inquieta. El pánico aumenta. Y, con la cóclea prácticamente desquiciada, enseguida brota la desesperanza.

Entonces, el extraño ser recrudece sus palabras, me arrebata las sábanas y me levanta de la cama.

Buscando el lugar más seguro de mi hogar enturbiado deambulo sin rumbo por cada rincón de la casa.

En esa trágica hora soy sometida por él a un Juicio Sin Final

en el que una de sus voces me exculpa como víctima y la otra me inculpa como verdugo.

Noche tras noche

Voy perdiendo la libertad.

Me siento en peligro.

Incapaz de soñar.

Trastornada,

Afligida.

¡Tanto se me ha aparecido el querube de la túnica y la guadaña que considero estar tan muerta ya, como viva!

No sé por qué lo oigo.

Menos comprendo aún porqué sigo escuchándolo

y, lo que es peor,

por qué con renovada sorpresa

continúo respirando cada noche el hálito maldito que expira y arruina mi lecho de descanso.

¿Quién puede sospechar en mí?
Este estado permanente de vigilia.

¿Quién ha osado imaginar?
Los lugares de mala muerte que he tenido que visitar.

¿Quién hubiera podido pensar?
Que por un encontronazo intercultural conocería un hospital mental.

¿Quién?

¿Quién será capaz de adivinarme?
Cuando en el horizonte solo se atisbe nuestro común final.

Tan solo soñando, me reconozco en mí y encuentro paz.

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