Bitácora I.-II

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Del miedo a la cordura
(Cómo nació Nobra Merg)

 

 Si un ángel viene hacia mí ¿qué es lo que prueba que es un ángel?
y si oigo voces ¿qué  es lo que prueba que vienen del cielo y no del infierno,
o del subconsciente o de un estado patológico? (Sartre)


En una Isla llamada «FUERTEAVENTURA»:
Maldiciendo su puta suerte con la cruda grosería del desalmado y revelando la contenida ansiedad del condenado, alguien, al que no conseguía ver y del que tampoco lograba escapar, aturdía sus sentidos voceando su mortificada existencia sin aclarar las razones de su tragedia.

Aquel ser reclamaba su ayuda de forma tremendamente angustiosa. Solo ella podía percibir su terrible voz y solo ella podía conocer las causas de su cansina exclamación, pues solamente a ella se manifestaba. En principio sospechó que tras el fatigoso desahogo de su lamento denunciaría la gravedad de su castigo y acabaría confesando su insufrible tormento, pero el penitente resultó tan hermético como insoportablemente ensordecedor y sañudo era su gemido.

La ausencia de cualquier señal de arrepentimiento o consideración hacia ella, la sevicia con que exigía socorro y su mal disimulada perversidad aterraba, por lo que de inmediato cayó presa del pánico y echó a correr sin pausa,  sin mirar atrás.

Por más que corría no conseguía sin embargo huir de aquel fantasma. El tono exigente y la rudeza de las palabras que escupía llegaron a hacerse insoportables, y lo peor, sus locuciones denotaban una emotividad tan monstruosamente imperturbable que resultaba del todo inhumana y le impulsaba a seguir corriendo, a escapar como fuese de ese ser espeluznante y de voz omnipresente que la estaba enloqueciendo.

Con la certeza de esta amenaza su carrera se volvió del todo desesperada. Sin pensarlo tomó un estrecho sendero que se fue cerrando hasta hacer impracticable el avance, pero tal era el acoso que sufría que ni los continuos latigazos de las ramas sentía.

Un claro de bosque y, por fin, campo abierto. Gritó. Había equivocado el camino. Aquel sendero solo conducía a un campo tan desolador e inabarcable como el bosque que había dejado. Completamente agotada se rindió dejándose caer en el suelo.

El abandonado campo abrasado por el sol de agosto había arañado también sus pies desnudos y completamente ensangrentados reflejaban la tragedia de su carrera. De nada había servido su desesperada huida; la inaguantable congoja de aquella eternizada súplica que su cerebro era incapaz de enmudecer continuaba debilitando atrozmente y sin clemencia su conciencia.

Su consciencia aturdida; su agonía al límite de lo soportable; su siempre insuficiente templanza prácticamente extinguida, y su oído, traumatizado por el cruel crescendo del estremecedor lamento, apenas le permitía advertir el estruendoso gorjeo del centenar de pájaros que seguían su carrera.

Aunque se levantó con la determinación de seguir corriendo, no lo hizo. Un envalentonado impulso fugazmente inspirado por una fantasía sobrecargada de terrores cinematográficos y se detuvo. Descubrir a qué o a quién se enfrentaba era lo más inteligente que podía hacer. Buscarle y no huir era obviamente arriesgado, pero no insensato. Únicamente así, ignorando su miedo y lidiando con el monstruo, triunfase o pereciese, acabaría su pesadilla.

Si quería acabar con el acoso de aquel fantasma tenía que dirigirse hacia él deduciendo primero la procedencia de su aterrador gemido. Lo había visto en multitud de películas… No funcionó. El acobardado giro de 360 grados que dio, concentrando su lastimado oído en los ocho ángulos principales, resultó inesperadamente desconcertante. La esperpéntica voz chirriaba y reverberaba con la misma intensidad y frecuencia desde cualquier dirección, de modo que parecía provenir de todas partes y de ninguna.

Su desorientación por tanto se agravó, sus esperanzas se truncaron y sus temores aumentaron. No había coordenada espacio-temporal por la que comenzar. Ni recorriendo los 39.830 km del diámetro terrestre durante los restantes 1000 años de vida biológica estimados por Stephen Hawking en el planeta, ni durante los 1750 millones previstos por los astrónomos hallaría escondite o descubriría la identidad de aquella omnipresente entidad. Y es que la hostilidad que manifestaba el fantasma, más que desafiar su valor, probaba su fortaleza mental, su resistencia emocional y la cota de su coraje, a la vez que frustraba las bravatas de su inteligencia y la asfixiaba hasta el punto de que en aquel preciso momento no hubiera dudado, ni por un instante siquiera, en ponerse en las manos del cirujano más incompetente para que le trepanase el cráneo y le hurgase en los sesos si con ello consiguiese de verdad silenciar la cargante queja y dejase de sentir la magnitud de su tormento.

Desterrar el miedo que sentía era tan apremiante que de buena gana se habría ofrecido como cobaya para una lobotomía experimental, aunque la operación la practicara el psiquiatra más loco y solo ofreciera una mínima garantía de acabar con su indefensión y acallar para siempre aquel espeluznante y furioso SOS infernal. A esas alturas estaba tan enajenada ya que hasta la sádica y sanguinaria pericia del mismísimo Hannibal Lecter se le antojaba válida y deseable.

Un arrebato de furia e instintivamente comenzó a excavar la árida tierra como si sondeando aquel pedacito de campo escarbara también en sus entrañas, en las profundidades más oscuras e inviolables de su propio ser y, con ello, de algún modo consiguiera amortiguar los efectos de ese lúgubre ruego de ultratumba que al obligarla a compartir su penitencia la estaba enloqueciendo.

No había nada que excavar. La tierra estaba tan seca y dura que apenas conseguía socavar el terreno. Al menos un ápice de sosiego sí logró.
Un segundo de atención a sus laceradas uñas saldó por un instante su ansiedad y dejó de cavar. Algo extraño sucedía. Del pétreo baldío arado con sus manos, sembrado con dolor y regado de sangre, estaba brotando una mano espectral que le evocó de inmediato el recuerdo de otra mano. Inconscientemente la agarró y se entregó a ese recuerdo reviviendo el instante infantil en que cogió la mano de su hermano para ayudarle a levantarse del suelo, pero pronto el recuerdo dejó de ser placentero. Su hermano ofrecía una desconcertante resistencia a ser socorrido. El sobresalto llegó al descubrir con terror que también la momificada mano tiraba de ella con una fuerza que a duras penas contrarrestaba. Aquella mano amenazaba con enterrarla. Despavorida se soltó como pudo y, acusando el esfuerzo, se levantó y siguió corriendo hasta que sus pulmones dejaron de oxigenar su cuerpo y de nuevo se desplomó en el suelo.

Un minuto de aliento nada más. No pedía nada más. Lo justo para serenarse, sofocar su congoja y reanudar la escapada. La disposición, sin embargo, no sería suficiente. Continuar la carrera resultaba físicamente imposible. Estaba exhausta y se sentía completamente abatida, así que se detuvo otra vez. Solo agotando el gimoteo recuperaría las fuerzas que necesitaba.

De repente la algarada de tordos cesó. Señal inequívoca de que el estado de alerta ya no era necesario, por lo que su miedo se disipó.
Oteó el terreno. El lugar no le resultaba extraño. No lejos podía divisar el cimborrio de una iglesia cuya torre mocha enseguida reconoció, ya que protagonizaba el recuerdo más remoto de su niñez. Estaba en las cercanías del que fue su primer colegio. Un convento de religiosas entregadas a la enseñanza que la acogieron en edad preescolar y que, sin duda, le volverían a dar refugio. Con paso atolondrado, y jadeando todavía, se encaminó hacia el templo con la mayor rapidez y amplitud que pudo dar a su zancada dejando la escalofriante voz atrás.

La proximidad del edificio le reconfortó lo suficiente como para permitirse ralentizar el paso. No en vano había correteado por aquellos jardines desde edad tan temprana. Cuando llegó, la escultura de una ferviente beata de hábito marmóreo, clamando trágicamente algo a los cielos y cubierta por la espesura de una hiedra centenaria, llamó su atención. De niña la había observado infinidad de veces. Ahora con lo que sabía podía afirmar con toda seguridad que se trataba de una obra del s. XVI a juzgar por la tensión de su rostro y el gesto contenido de su acción.

Sabía dónde dirigirse y conocía a las monjas que allí vivían, así que decidió buscar a Sorana, la cocinera del convento que había protagonizado los más tiernos recuerdos de su infancia, y de inmediato a ellos se entregó.
A medida que cruzaba el claustro sus pasos se fueron confundiendo con el torpe y ensimismado avance de una niña de cuatro años que no dejaba de llamar a su mamá. Sorana la descubrió acurrucada en un rincón, sentada en el suelo, abrazando sus rodillas de manera muy queda y pensativa, aparentemente ausente al ajetreo de la cocina.
Esa noche se celebraba un insólito banquete. Sorana no le explicó el motivo, tan solo intentó sacarla de su ensimismamiento elogiando el sencillo, pero desusado vestido blanco con el que debía acudir. Ella no se molestó siquiera en disimular su desinterés.

—Va a ser una noche muy especial para ti. _Le dijo con dulzura la única religiosa cuyo sorprendente envejecimiento desmantelaba todos sus recuerdos. Le hablaba como si no hubiera pasado el tiempo, como si siempre hubiese estado allí, pero ella nunca había pertenecido a ese lugar ni tan siquiera de niña, replicó mentalmente.

Completamente desganada, se dejó asear y vestir por la afectuosa religiosa y se encaminó a la gran sala.

Los invitados estaban ya sentados alrededor de una magnífica mesa de nogal repleta de pucheros y bandejas. La mesa estaba situada en el centro de un gran salón dominado por el claroscuro que producían los abocinados ventanales abiertos en el grueso muro y las irradiaciones lumínicas de la desmedida lámpara cenital que presidía el interior.
Reían y comentaban frivolidades. Ajenos a su realidad efímera. Ignorando que su existencia soñada se extinguiría en cuestión de minutos. El eclecticismo de sus ostentosas ropas entre lo historicista y lo futurista y el maquillaje expresionista de sus rostros armonizaban con la arquitectura imprimiendo al ambiente un aire neogótico de dramatismo rabiosamente actual que aumentaba, más aún si cabe, su desasosiego.

Cuando los emperifollados figurantes se percataron de su presencia el mutismo se apoderó de la sala. Dieciséis miradas gélidas la radiografiaron desde el disgusto y la desaprobación y, sin saber muy bien porqué, se avergonzó de la bucólica humildad de su vestido. Solo quedaban por ocupar los puestos de los anfitriones. Dudó unos instantes y el contertulio más cercano le indicó el extremo que debía tomar. El más próximo a él. Tras sentarse, las monjas empezaron a servir la cena sin esperar a que el asiento opuesto fuese ocupado y los comensales retomaron con la mayor naturalidad la histriónica conversación.

No obstante, carecía de fuerzas y de interés para enfrentarse a los demás, así que se mantuvo todo lo ausente que pudo intentando ocultar la circunstancial fragilidad de su espíritu. Finalmente, incapaz de soportar tanta risa desquiciada se levantó. Entonces, el hombre que le había invitado a sentarse la detuvo agarrándole bruscamente el brazo. La robustez que desplegaba la descarnada mano del sujeto cuanto menos amedrentaba y, lo que era peor, le recordaba el suplicio vivido.

El tipo era el único que no aparentaba ignorarla. Parecía ser el máximo dignatario de la gala. El de genio más excéntrico y original. No disimulaba su hastío y aburrimiento, pero participaba de la fiesta con la comodidad del que se siente plenamente integrado. En verdad era el alma de aquella singular fiesta y el que con su conversación otorgaba a una atmósfera sobrecargada de artificio algo de caprichosa naturalidad. Sin embargo, escrutado con detenimiento este hombre se revelaba igualmente aparente y superficial. Tan engañoso y extravagante como los demás.

Vestía camisa blanca, fina y holgada, guarnecida de puntilla en el pecho y encaje volado en los puños. Combinaba esta camisa con unos bombachos de franela negra ligeramente cardada, y una chaqueta de tres cuartos y talle entallado exquisitamente confeccionada en terciopelo granate. El conjunto de su ropaje denotaba estilo y personalidad, pero no conseguía disimular su enjuto y anamórfico cuerpo.

En verdad el individuo resultaba fachoso. El maquillaje de su rostro lo único que pronunciaba era sus ya sobresalientes pómulos y su frente huidiza. La pintura negra y corrida de sus ojos alcanzaba sus ojeras confiriéndole un aspecto demacrado y desagradable al primer vistazo. A retrato tan nefasto se añadía además una despoblada y recortada barba que siguiendo la línea de su puntiagudo mentón exageraba más aún, si cabe, la rara angulosidad de su mandíbula y  que, sumada al conjunto, denunciaba toda la fealdad de su vanidad. Sus notables esfuerzos por hermosear su desgraciado físico resultaban del todo vacuos.

—Si te marchas ahora nunca sabrás porqué estas aquí ¿No quieres saber quién te ha invitado? _Le preguntó con mirada incisiva mientras la conminaba a sentarse.

Más intimidada que intrigada recuperó su asiento y, sin mediar palabra, se concentró en la música hasta conseguir ensordecer el murmullo ansiando el desenlace de tan desmesurado ágape al parecer en su honor, y en el que la única que desentonaba era ella, pues era incapaz de integrarse en una comedia en la que todos sus sobreactuados personajes la perturbaban e incomodaban.

—Paciencia. La pesadilla de aquella tragantona surrealista y todo su paripé acabará en cuestión de minutos _Se dijo serenando su pensamiento.

Efectivamente, el banquete fue perdiendo majestuosidad al tiempo que el mantel regado con el vino perdía su pulcritud, las bandejas se vaciaban, y el caos y el desorden se apoderaban de la mesa.

Los presentes ya saciados, salvo el insatisfecho gordinflón con babero grasiento del séptimo puesto, se mostraban cada vez más inquietos y, excitados e incapaces de mantenerse en sus asientos, pululaban alrededor de la mesa cuchicheando unos con otros y exagerando sus papeles mientras la observaban de reojo.
La opulenta cena concluía, sí, y lo hacía al tiempo que el Miserere de Allegri enmudecía. Fue entonces cuando, sin protocolo alguno, el ya inesperado anfitrión apareció y se le acercó. Llevaba el rostro oculto tras una máscara de factura indígena elaborada con el desangelado plumaje de la hembra del pavo real.

Decididamente todo en aquella fiesta era raro, empezando por el grotesco festín y acabando por los chillones hábitos rojos de las irreconocibles monjas, por no hablar del insólito verde esmeralda de los ojos que vivificaban aquel macabro antifaz.
De nuevo sintió el impulso de escapar y de nuevo fue frenada. El enigmático sujeto tomó delicadamente su mano y le invitó a levantarse ante la celosa mirada de los demás.

El acercamiento le permitió adivinar un bello rasgo almendrado en sus acuíferos ojos, advertir lo arrebatadora que resultaba su imponente figura y reparar en lo turbadora que podía llegar a ser su personalidad con la galantería de su comportamiento. No era de extrañar por tanto que la solemnidad del acto trascendiese rápidamente en seducción.

Conocía al enmascarado aunque no pudiese reconocerlo. Le inspiraba más confianza que ninguno de los individuos con los que había compartido mesa. Es más, aquel anónimo personaje le transmitía la familiaridad y seguridad que tan desesperadamente había buscado. Así que se dejó imbuir de la serenidad polifónica de Palestrina y permitió que la abrazara rindiéndose ante el tremendo reposo que le ofrecía su hombro.
Solo el susurro de su voz y el determinado gesto de quitarse la máscara disipó la eternidad de aquel mágico instante envuelto en una noche de plenilunio que alcanzaba su cénit, y que, soñado o no, no olvidaría jamás. El pánico se apoderó de ella y despertó sobresaltada, sin llegar a descubrir su rostro ni escuchar el resto de sus palabras:

—El sueño de la razón produce…
—…monstruos _Aseveró susurrando a Goya, tras dudar unos instantes sentada a mi lado en el avión sin advertir mi distracción.

No quise discutir que ese fuera el mensaje de aquel sueño. Un sueño sin desenlace que tuvo a los 16 años y que a sus 29 seguía intentando desentrañar.

Así de diferentes éramos. Ella preocupada por el contenido de un sueño y yo por su naturaleza o finalidad, pero nuestros diferentes caminos nos llevaban a menudo a la misma conclusión, y en el campo de lo onírico  era que los sueños narraban de forma alegórica nuestras vidas.
Continué fingiendo que la escuchaba mientras me preguntaba ¿por qué si el sentido de los sueños era anunciarnos lo que está por vivirse siempre despertamos en el momento más crucial, en el instante más decisivo y revelador? ¿Para qué vivirlos con el mismo suspense que anima nuestras vidas? ¿para qué experimentar un clímax onírico si nunca alcanzamos su desenlace?

Su discurso estaba finalizando, así que decidí abandonar mi disertación y prestarle atención:
—El amor no empieza a morir desde que nace si amamos de verdad. La tristeza y el desengaño no tienen cabida para el que ama de verdad porque su amor es inmortal y por ello su felicidad mayor. Si solo amas mientras te sabes correspondida no sabes amar. Si no le dejas partir llegado el momento tampoco sabes amar. En el cielo no hay cabida para las medias verdades y amar es compartir el mismo cielo antes, durante y después. Si no amas siempre a quien has querido alguna vez no es amor verdadero.
Aprender a expresarlo y enseñar a quien todavía no ha aprendido a amar. A eso se reduce todo, pues nada es para siempre ni para nunca jamás.

Con estas palabras intentó consolarme ante mi último desengaño amoroso. No sabía que amar es sufrir cuando el mundo está podrido, y nada, nada suena bien en él.


El Peso de una Maleta.
(01/Octubre/2018)

Podría detenerme a comentar como Nobra entró en mi alma. Es sencillo, con la sonrisa en la mirada. Nos conocemos desde siempre y a pesar de mutuas decepciones seguimos siendo amigas.

De nuestra pubertad recuerdo que a pesar de nuestros precozmente contestatarios 9 años estábamos ya profundamente adoctrinadas. El vestigio más claro para mí de esa disciplina  fue el día en que la sorprendí, y de forma más grata a las monjas, al escoger para la clase de lengua y lectura un poema de Santa Teresa de Jesús: El místico “Vivo sin vivir en mi”. El único poema que he sido capaz de retener en la memoria con el paso de los años y que aquel día recité con una sensibilidad para ella insólita. Fue entonces cuando me di cuenta de mi emergencia espiritual.

Yo no tenía padre. Este murió cuando tenía dos años y medio. Murió cumpliendo el servicio militar como médico legionario en el Aaiún, durante los últimos coletazos del conflicto colonial del Sidi-Ifni con Marruecos.
Sí, pongamos nombre a los muertos. Mi padre había consumido todas las prórrogas posibles para acabar la carrera de medicina y no pudo elegir destino. Murió durante el traslado del campamento base, huyendo de las guerrillas de liberación e intoxicado por unas bombonas de gas en mal estado que con las prisas pasaron desapercibidas y se colocaron en el camión de los sanitarios… Una vida inútilmente sacrificada y de la que, entre los 8.000 soldados jóvenes y de reemplazo que murieron de forma tan infructuosa en un conflicto que a día de hoy sigue sin terminar, lo único que puedo hacer es destacar su memoria.

Conocer a mi padre, aunque fuese a través de los sueños, se convirtió en mi deseo más quimérico y delirante, especialmente desde el día en que contagiada de la espiritualidad de la Congregación a Dios supliqué tener de alguna manera una conversación con él. Aunque las religiosas me aseguraron que esa conversación llegaría en algún momento de mi vida ambas sabíamos que ese deseo era irrealizable, pues a nuestros once años ya no éramos las niñas ingenuas que las monjas querían creer. Con todo, habíamos repetido tantas veces el Credo que acabé creyéndomelo y fue precisamente en la literalidad del primer verso: «Creo en Dios-padre todopoderoso» donde hallé refugio y consuelo a mi carencia.

Las monjas nos enseñaron también a valorar el mérito propio y la familia como lo único auténtico y confiable, así que crecimos planificándonos un futuro acorde con tales valores, pero el ambiente familiar de Nobra no era precisamente ejemplar. Ello le decidió a no condenar su existencia a un hombre que no amase realmente y así comenzó su búsqueda del Amor Verdadero.

A los 13 años, y de excursión por Sevilla, una gitana se empeñó en leerle la mano. No le importó que no tuviese dinero. Tenía algo muy importante que comunicarle. Recuerdo que sentí celos de que no se interesase también por mí.
Le habló, entre otros asuntos, de un amor impedido y le mencionó que durante un viaje en barco  un hombre de su pasado le entregaría un anillo con un misterio que ella tendría que resolver.
Regresamos con el grupo en silencio, intentando desvelar cómo consiguen leer lo que está escrito en cada ser humano. Aunque me dijo que no se lo había creído con el tiempo supe que aquel cuento pasó a formar parte de su equipaje, y así se lo manifesté en diversas ocasiones.

Once años después yo experimentaría el episodio más trágico de mi vida y mi percepción de la realidad cambiaría. Conocer a la   más huesuda de las Parcas  me impulsaría a buscar en la vida diaria la confirmación a mis íntimas convicciones espirituales. En mi desdicha  pude constatar que realmente vivía entre dos mundos: el onírico y el consciente, y no resultaba fácil deducir en cuál me hallaba. Vislumbrarlos en mi mirada acabó siendo un reto incesante para Nobra, como para mi descubrir su propio autoengaño sentimental.

No obstante he de reconocer que Nobra nunca mentía. Se sinceraba hasta el punto de que llegué a creer que su inocencia rozaba la ingenuidad. No era así. Mi amiga reconocía la maldad como cualquiera, solo que no sabía ignorarla.

Su mirada pues era un problema también para mí y, ya que sus ojos anticipaban siempre la honestidad de sus pensamientos, allá donde fuéramos y habláramos con quien habláramos siempre decía lo que pensaba. Con una mirada que la delataba, qué podía hacer si no, eso, decir lo que pensaba.  Para alguien como ella la hipocresía de nuestro mundo siempre será un tormento.

Por la misma razón que yo la amé, otros la odiaron. Por la misma razón que ella me amó, otros me odiaron…


Welcome to the Tribe.
(02/Octubre /2018)

En la Navidad del 96 llegamos a la isla de Fuerteventura. Habíamos escapado de la capitalidad madrileña y del provincianismo salmantino para refugiarnos en la agreste vida insular. El paro y nuestro afán por recorrer el mundo nos empujaron. ¿Qué mejor destino para dos cabras locas como nosotras que Capraria? bromeamos para reafirmar una vez más nuestra decisión.

Por entonces contábamos con una rebosante juventud, una preparación más que satisfactoria para el Sistema y, muchos, muchos proyectos en la cabeza. Por fin éramos libres y estábamos dispuestas a comernos el mundo empezando por una pequeña y despoblada isla en la que, sin embargo, la integración europea era ya un hecho de convivencia afincado en las cabezas.

Haciendo las maletas nos prometimos no empaquetar también los desamores pasados. Yo sumergí mi anillo en una copa de vino y recordando agriamente el empujón del burgalés le comenté que si no me iba me volvería loca. Advertí que el impulso para descubrir con ella las latitudes subtropicales lo recibí con aquel empujón.

Llegamos a Fuerteventura confiadas de que el mundo que dejábamos era opcional y que allí, entre los hombres que solo buscan convivir mejorando entre otros como ellos, encontraríamos la paz interior que buscábamos.

Sus gentes nos recibieron con los brazos abiertos, así que no tardamos mucho en establecernos y conseguir ocupaciones laborales acordes con nuestras carreras. Yo conseguí un contrato de reportera en un semanario y Nobra se colocó en una emisora de radio. A ambas nos gustaba escribir y solíamos compartir apuntes por lo que acabaríamos ejerciendo un periodismo conjunto.

La alegría de los insulares, nativos o de adopción, dispuestos siempre a ofrecer una sonrisa al viandante con el que se cruzaban, lo conociesen o no, pronunciaba el carácter cerrado, depresivo y gris de los peninsulares recién llegados, de modo que no era difícil diferenciarnos. Supongo que la constante insolación tenía mucho que ver.

En principio, asumimos  una actitud convencional, pero no tardamos en adoptar el look insular más coherente a los ojos de los demás, gustando a mucha más “people” de la que hubiéramos deseado.

En aquella isla nuestro aislamiento del mundo era total. Era el calendario el que nos anunciaba el cambio estacional, pues advertirlo por el clima era imposible.  Pasábamos los días sin tele. Sin noticias  que comentar salvo algún suceso  que de vez en cuando contábamos con carácter anecdótico, ya que  éramos las que más actualizadas nos manteníamos por  interés profesional: El hallazgo de una tortuga careta en determinada playa, los esfuerzos para que apoyaran nuestro absoluto rechazo al proyecto de  Chillida de perforar  la montaña  sagrada de Tindaya, las acciones de los ecologistas contra la especulación urbanística, el escándalo de la malversación de fondos públicos por parte de un político que no viene al caso citar…

No teníamos televisión y tampoco la queríamos. Nosotras ya contábamos lo que importaba. Sin la televisión  éramos mucho más felices. Ignorantes de acuerdo, pero sanos y felices, y hasta tal punto que  desde que llegamos a la isla no habíamos acudido al médico  ni una sola vez.

Musgos y líquenes constituían la flora  más endémica de la isla. Cuando llovía, uno o tres días al año, si es que llovía, lo hacía torrencialmente. Las coladas volcánicas quedaban entonces alfombradas de forma tupida por estos musgos y  el paisaje se coloreaba de verdes, rojos y ocres que la hacían particularmente bella en el conjunto de las islas Canarias.

Recuerdo que uno de esos tremendos chubascos nos pilló en la carretera y Nobra  experimentó por primera vez temor ante aquella intempestiva expresión de la  Naturaleza. En otra ocasión fue la calima sahariana la que nos sacó del apartamento,  y a la calle nos lanzamos con la cámara  dispuestas a inmortalizar la desolación del paisaje bajo esa otra y no menos impresionante atmósfera.

Ante ese mundo estepario yo me consideraba afortunada de vivir junto a un árbol, si bien alóctono y solitario como yo, un árbol al fin y al cabo.  Nobra, en cambio,  no tardó mucho en conocer a uno de esos hombres, Ilan Culpepper, inglés.

Lo consiguió como no lo conseguía yo; deseándolo  con esa particular intensidad que consigue confabularte con el universo, o lo que es lo mismo, pidiéndoselo a los cielos. Un día se cruzó con él, le gustó, y con todo su fervor deseó conocerlo. Aunque por aquel entonces un músico austriaco, Girgel Ducovich, se estaba abriendo paso también en nuestro corazón,  la rápida y decidida actuación de Ilan   fue decisiva. A los pocos días, y  sin saber  muy bien cómo, estaba  comprometida y viviendo  con él.

La gitana no le había mentido. Su nombre empezaba por la letra ‘I’. Letra que como le hice notar también concurría en el siguiente significante:

—Idiopatía increíblemente infundada  o instigada  por  las trolas de una estulta y zalamera mujer. En una palabra: ¡IDIOTEZ!

No le importó que la considerase una núbil necia, así que  cuando su relación con Ilan decayó  me ensañé,  no sin dolor, con ella.

No obstante, hasta entonces fueron  años felices. Adorábamos aquella isla: el clima, el sol, el mar; el ánimo relajado de sus gentes y nuestro trabajo nos entusiasmaba. Por mi parte la compensación obtenida con ello era tan completa que conseguí liberarme de mi pacto y mi secreta promesa a Iván quedó convertida en una chiquillada de juventud, puesto que si de algo disfrutábamos en aquellos tiempos era de juventud. Es decir,   a carcajadas y con la ligereza y gratitud de sentirla plenamente compartida.

El grupo era lo suficientemente numeroso como para no darnos cuenta de lo mucho que echábamos de menos a nuestras familias hasta que éstas nos visitaban.  En verdad nos habíamos constituido en tribu  y como tal funcionábamos: mimetizándonos o proyectándonos unos en otros socializábamos, nos ayudábamos, nos complementábamos y,  llegado el caso, nos tolerábamos, y digo esto último porque  era imposible que la convivencia no provocara roces y hostilidades. Hubo uno  que por su graves consecuencias quiero recordar.

«The talk of the town».
(09/octubre/2018)

Y lo quiero hacer partiendo de un viaje muy especial:
En junio del 98  Nobra me sorprendió comunicándome que dejaba la radio para marcharse con Ilan a Inglaterra. No le importaba sacrificar el trabajo. Deseaba fervientemente conocer el país de su novio. Ilan tenía una casa que debía realquilar para no perderla. La casa necesitaba ser reformada y eso llevaría un tiempo, por lo que su primo le buscó trabajo como mecánico en una taller de Cambridge y el proyecto se realizó.

Para ella el traslado suponía una oportunidad inmejorable para mejorar su inglés y, aunque partía de una decisión precipitada que nunca comprendí conociendo sus ambiciones profesionales, sobre todo en un momento en que estaba consiguiendo un rápido ascenso hacia la dirección, no fui capaz de declararle abiertamente que se equivocaba, ya que marchaba con garantías de recuperar su puesto en la radio si no se adaptaba y decidía regresar. Con esa promesa por parte de la empresa no perdía nada, así que la animé, pero antes  Ilan se encargó de prepararla para el viaje. Me explico:

—Te voy a llevar a un bar donde no quiero que vuelvas a entrar. Todos los bares que veas nombrados como éste son muy –escúchame bien!– muy peligrosos para ti. Así que no los pises más que ahora conmigo.

Tras prometerle que no lo haría la llevó al lugar. Entraron. Ella siguiéndole a él.  Cruzaron el bar y salieron. En el trayecto de salida una mujer  muy  vulgar, vociferando algo, le  hizo una  zancadilla.  Los presentes se rieron. Nobra no lo entendió y con  mucho miedo agarró la mano de Ilan, quien una vez en la calle le aclaró:

— Lo has captado? Te has dado cuenta de lo que  estoy intentando decirte. Por favor, nunca entres en un lugar como éste  ni aquí ni «in England».
—¿Pero qué tipo de apartheid es éste! Sigo sin comprender cómo se atreven a burlarse de mí, a vapulearme en mi propio país.  Ahora comprendo la expresión de sentirte extranjero en  tu propia tierra.
—Nobra, la isla está realmente colonizada, y no precisamente por los mejores que somos los que vivimos en ella. Tenlo presente también en mi país.

Y  la verdad fue que a tenerlo  muy presente ciertos «very british patriots» (ingleses/-as) la obligaron. A pesar de ellos, y gracias al ánimo de las miradas recibidas y gratamente sorprendidas de pakistaníes e hindúes cuando iban en pareja, pudo conocer y descubrir la belleza de la Gran Bretaña.

En Cambridge hizo buenos amigos. Entre ellos una gata con la que congenió desde el primer momento en que se vieron y que la ayudó a superar su aislamiento inicial, ya que  no se atrevía a salir sola de casa más que para recibir al heladero ambulante; un hombre que Ilan le había presentado para que probara su inglés y fuese ganando la confianza necesaria para relacionarse con los británicos.

Desde entonces, cada día y a la misma hora, la musiquilla infantil que anunciaba la llegada del furgón de los helados se convirtió en una de los momentos más esperados del día. Otro de los momentos señalados era el mediodía mientras cocinaba algún pastel con el que sorprender a Ilan y a David cuando regresaban cansados del trabajo. La gata protagonizaba siempre ese momento. La primera vez que descubrió a la gata con un ratón en su boca gritó asustada. La gata intentó quitarle el miedo jugando con el atontado ratón en la cocina, empujándolo de una pata a otra para que viese que no había nada que temer y entendiese que aportaba  aquel ratón como alimento: su particular contribución al hogar, a la familia que habían constituido. Desde entonces siempre cocinaba temiendo lo que le traería una gata que día a día se ganaba su cariño arrullándola a los pies de la cama cuando Ilan marchaba por las mañanas.

Con todo, la hora más temida del día sin duda era la visita al supermercado. Especialmente  cuando llegaba el momento de solicitar «sausages» a un carnicero que no la entendía ni aunque le indicase las salchichas con el dedo o pedir Benson & Hedges cigarettes a un malhumorado e intolerante cajero que no vacilaba en manifestar la exasperación que su deficiente pronunciación le provocaba. Si el carnicero acabó entendiendo su mímica y confirmando la universalidad de este lenguaje, el cajero dejó de ser un problema cuando Ilan le propuso pedir la marca del tabaco pronunciando solo las iniciales: “be and eich”.

Si la estrategia funcionaba «in the little town» por qué no intentarlo también con el conductor del autobús que llevaba a la «city», decidió en un arrebato de valentía y determinación.

Una mañana despertó con el culo de la gata en la nariz. Corrió hacia el baño y con la prisa del que llega tarde al trabajo se quitó el pijama y se duchó. Aquella mañana se limitó a quitar los pelos del lavabo, estirar la cama y colocar los cojines del sofá, dando su desayuno por terminado tras tomar un simple te suavizado con leche en el jardín. Su prisa estaba justificada. Ese día se había levantado decidida a afrontar el reto de descubrir los misterios de la ciudad de Cambridge “alone”. De todos modos su inglés nunca sería suficiente, así que o lo hacía ese día o nunca lo haría, se convenció.

La marquesina más ocupada tenía que ser la que llevara a Cambridge. Se encaminó hacia ella y tímidamente confirmó la dirección. Subió al autobús y con voz insegura pidió al conductor que le avisase al llegar al centro de la ciudad. La amabilidad del hombre la despreocupó y pudo disfrutar el trayecto.

Cambridge estaba plagado de museos, colegios e iglesias. Arquitectónicamente era tan impresionante como su Salamanca natal, pero en hectáreas vegetales la superaba. Todos los edificios históricos estaban presididos por generosos jardines que invitaban al reposo y la contemplación. El trasiego por el casco urbano se hacía en bicicleta; el único medio de transporte que permitía circular por callejuelas y jardines y detenerse en cualquier parte. Mercados de artesanías, cantinas y actores callejeros, interpretando sus pantomimas a cambio de unos «pennys» voluntarios, entretenían un paseo de por si apacible y siempre interesante que decidió acometer cada mañana, al menos hasta que ganara suficiente seguridad para ampliar sus horizontes.

Aquel verano del 98 conoció la City londinense y disfrutó de un crucero fluvial por el Támesis (=Thames) que le permitió conocer las celebérrimas ciudades de Oxford y Windsor. En un cuatro latas descubrió con Ilan las midlands y la costa oeste de Inglaterra hasta Land’s End, pernoctando en los «bed and breakfasts» más pintorescos y tradicionales. En Winchester  «La auténtica Camelot» contempló la maravilla de «otro» cáliz sagrado y disputado, junto al valenciano, por  franceses y germanos. Admiró los molinos y cottages de la Old England, el ambiente cultural del Stratford de Shakespeare, y los pubs y  workhouses del Manchester industrial y ludita que inspiraron a Dickens y Engels en los comienzos de la revolución industrial.  Sin embargo, fueron los 3 días del festival musical, que la discográfica Virgin celebró en los jardines del romántico castillo de Leeds, los que quedaron señalados dentro de aquel memorable verano del 98 como una experiencia inolvidable a cuyo recuerdo acudir en los momentos más bajos.

Estos no tardaron en aparecer. Es más, los bajones se multiplicaron al llegar el otoño. Nobra no conseguía integrarse e Ilan odiaba el depresivo clima británico, por lo que a los seis meses retornaron a Fuerteventura.

De vuelta en la isla me percaté de que algo había cambiado entre ellos. Además el regreso no les resultó fácil. Ilan no conseguía mantener ningún trabajo y ella no recuperó su prometido puesto en la emisora. La dirección había cambiado; había sido usurpada por el colega que más detestaba. Un hombre de edad cercana a la jubilación, sin titulación y sin más currículo que la venta a puerta fría. Diablo viejo de ingrata vida probablemente, y sabio en mezquindad, que no dejaba de presumir patéticamente de una profesionalidad que no tenía. Un hombre del que siempre tuvo que defenderse, y que no dudaba en competir utilizando las armas más rastreras y dañinas contra cualquier persona que obstaculizase sus objetivos. En suma, se culpaba de haber dejado la emisora en las manos de un arribista sin escrúpulos y sin código deontológico alguno que ostentaba una dirección caprichosa y que había convertido un medio de información, hasta entonces imparcial y objetivo, en simple vocero de partido.

Una trágica pérdida.
(18/octubre/2018)

Fue en las playas del Cotillo  donde privatizaron su propio Edén. Las aguas del siempre embravecido Atlántico habían erosionado el arrecife volcánico del noreste de la isla creando bañeras paradisíacas  que invitaban a hacer el amor. Un atardecer, sin importarles nuestra presencia, ambos  se amaron  con toda la discreción que su mutuo deseo les permitía. Una amiga lo comentó ácidamente: “la mismísima reencarnación de Adán y Eva”,  afirmó socarronamente intentando provocar la burla de los demás.  Se llamaba Bríxida Novoa Carballo. De padres  portugueses afincados en las islas,  mirada fría y  espectacular melena con la que yo no conectaba. 

Aquella tarde decidimos dejarlos solos para que disfrutaran con la mayor plenitud  su romance, y así hubiera sido si  Nobra no hubiese perdido entonces su mayor tesoro: el anillo. El sello de oro que llevaba desde los 9 años y con el que solía jugar cuando meditaba, se sentía insegura o bajo presión. Se lo regalaron el día de su primera comunión y al recibirlo se figuró que con él contraía, cual monja, un particular compromiso con  Cristo.  Con el tiempo el anillo quedaría convertido en una prolongación de sí misma, en una especie de amuleto receptor de bendiciones celestiales.

Lo perdió abrazada a Ilan, resistiendo el oleaje. Ambos lo buscaron  buceando hasta que sus cuerpos se quedaron fríos y la oscuridad impidió encontrarlo.  Ilan, mucho más resignado a la pérdida, secó las lágrimas de Nobra y la consoló comentándole que su abuela también perdió su alianza en una playa y que la recuperó al año siguiente paseando por la misma playa. A partir de entonces frecuentó la playa de Esquinzo con la esperanza de hallar el anillo, pero nunca lo encontró.

Desde su cosmología, la pérdida del anillo no podía significar  para ella otra cosa que no fuese que su relación con Ilan no era bendecida  al estar incumpliendo su anterior promesa.  Simplemente era incapaz de concebir el azar o la casualidad  como principio rector del universo. La causalidad era para ella mucho más convincente; pudiésemos o no  demostrarla de forma empírica y fuésemos el primer o el último bicho con  o sin protagonismo en él.

Happy Birthday!
(27/octubre/2018)

Nobra tenía fama de ser una excelente ajedrecista. En la fiesta del cumpleaños de Ilan que celebramos en casa de Aradia Bethencourt Oramas, una amiga canaria de la hermana de Ilan, April, Bríxida insistió en que Nobra jugara con ella una partida. Nobra, que en principio nunca rechazaba una afrenta, se negó. No se sentía lo suficientemente cómoda como para jugar y menos contra alguien que le resultaba tan antipático. Bríxida se puso pesada y los demás insistieron, así que accedió perdiendo bajo una terrible tensión. Todos observamos con gran interés su destronamiento. Un despiste de la reina blanca sumado a  la traición del alfil, su hombre de confianza, y el rey quedó desprotegido y rendido  a la dama negra. El repostero de camas hizo el resto.

Bríxida se creció y Nobra se retiró modestamente a un segundo plano, no sin antes dar la enhorabuena a su rival y susurrarme al oído que en aquella partida se había jugado algo más que su prestigio. Meses después comprobaría que no se equivocaba.

 Sucedió algo más en aquella fiesta organizada por las extrañas amigas de  April. Estando todos  en el porche, sentados alrededor de una mesa,  Bríxida cogió al bebe de April y lo meció. El niño lo agradeció. Al poco rato se lo pasó a Nobra y en el traspaso el bebe lloró. Intentó tranquilizarlo entre sus brazos hasta que la madre se lo arrebató. Nobra afligida y muy consternada se sentó en la mecedora y enmudeció. Fue entonces cuando Aradia insistió en que Girgel, dada su considerable altura, arreglara el farolillo que colgaba del techo de la terraza en ángulo cenital a la mecedora en la que estaba mi amiga. Girgel contestó que en ese momento no procedía, pero terminó accediendo al capricho de Aradia. El farol se le escapó al austriaco de las manos cayendo en el asiento en el que estaba mi amiga. Era de hierro macizo y si Nobra no llega a incorporarse justo en ese momento la mata. Solo Bríxida reaccionó ante el accidente y con sonrisa incierta interfirió:
— ¡Vaya ángel que tienes, te acaba de salvar la vida!
Ante la indolencia de los demás Nobra contestó  con sarcasmo:
— ¿Acaso hay algún demonio intentándome matar?

Bríxida desvió su  mirada hostil y del interior de la casa salió Aradia. Observó al grupo con ojos desorbitados, se detuvo en Nobra y  sin mediar  palabra  alguna se introdujo de nuevo en la casa.

El ambiente se estaba enrareciendo y Nobra estaba cada vez más perpleja, así que me senté a su lado para darle el calor humano que le faltaba, pero se levantó y me rogó que la acompañara.

A pocos metros estaba la playa. Anochecía  y la marea estaba subiendo. Corría septiembre y el mar se encrespaba  salvo en la costa sureste a la que llamábamos “pacífico”.  Buscamos el lugar más apetecible, lo suficientemente cercano a la orilla como para humedecer nuestros pies sin mojarnos los pantalones, y allí  nos sentamos decididas a observar la partida del ferry de las nueve mientras las olas removían la arena con la que masajeábamos los pies.

Nos gustaba contemplar la imagen festiva del barco al anochecer cuando encendían las luces de colores entre ambos mástiles y, como en una acuarela,  el barco quedaba difuminado por los tonos pastel de un cielo que iba perdiendo gradualmente su claridad.  Recuerdo que esa noche la luna llena, baja y de color amarillo, coronaba el islote de Lobos reclamando todo el protagonismo de aquella cautivadora estampa  que en pocos minutos desaparecería con la promesa de repetirse cada día sin calcarse.

—Es la hora bruja.  Be Careful!  _murmuró con sorna.

Le pedí que se explicara y me comentó que el interés de Aradia por lo esotérico le asustaba y, cuestionándose lo que estuvo haciendo dentro de la casa mientras todos estábamos fuera, me preguntó si no me había resultado sospechoso que solo a ella le pidiera la fecha y hora de su nacimiento. ¿Para qué?  Además, estaba convencida de que Bríxida había pellizcado al bebé de April con la intención de que llorase en el traspaso de brazos; 

si no,  ¿por qué se lo ofreció sin que ella lo hubiera reclamado? _Preguntó sin inquirir respuesta.

A Nobra le gustaba dramatizar por lo que resté importancia al asunto, y la animé a regresar con el grupo haciéndole notar que peor era lo mío, pues a mí me ignoraban por completo.

Cuando regresamos Aradia tenía en sus manos el pastel de cumpleaños que ella misma había encargado. Había hecho imprimir en gelatina una fotografía de Ilan. El pastel estaba dividido en cuadrantes iguales y propuso a cada uno elegir un trozo de Ilan. Sin respetar las buenas maneras en la mesa,  Bríxida tomó el trozo de pastel que se ajustaba al corazón de Ilan dejando un feo hueco en el centro del pastel. El detalle no pasó desapercibido para nadie y menos para Nobra que se conformó con el trozo de la mano. Nadie acabó su trozo de pastel salvo Bríxida y su amiga Aradia, que lo devoraron, claro. El regusto era desagradable. Todos lo comentamos y lo tiramos a escondidas.

Al final de la velada me comentó:
— Un verdadero banquete para el diablo y sus arpías ¿no te parece?
Por irracional que parezca yo asentí y al regresar con el grupo me despedí bruscamente. Quería alejarme de todos y especialmente de ella.

 De camino a casa no pude evitar pensar en la conversación que mantuvimos en la playa ¿Qué caos interior la oprimía? Era conocido el interés de las gentes de Fuerteventura por el oscuro mundo de la magia y lo chamánico. La tradición hablaba de aquelarres en Tindaya y la leyenda sostenía la idea de que la isla por ser volcánica era poderosamente energética  para todo este tipo de prácticas. En los círculos  se hablaba con bastante frecuencia de ello. El ambiente contagiaba y a saber.

Yo sabía que Nobra nunca había temido la  magia negra. Convencida de que si no se creía perdía su efecto despreciaba  su práctica, pero solía decirme que los infiernos estaban abiertos para el que se atreviese a bajar y que en aquella isla había muchos osados. Entre ellos Aradia. Influenciadas por el ambiente, practicamos con ella la güija en una ocasión. Recuerdo que el vaso comenzó a moverse  sin una dirección clara.

— Has sido tú _Afirmó riéndose.
— No, has sido tú _Repliqué desconcertada.

—Ha sido ella _Nos dijimos con la mirada.

Entonces nuestros ojos  se clavaron en el tablero, retiramos las manos y el vaso continuó moviéndose, y ahora sí, señalando ciertas letras. Su mensaje nos aterró: “No es un juego”. Sin esperar a saber más levantamos el vaso y el asunto quedó sellado por el olvido. La impresión fue tan fuerte que ninguna quisimos recordarlo y menos comentarlo con Aradia.

Si entonces la reacción de Nobra fue tan cabal como la mía y no dábamos crédito alguno a las prácticas oscuras ¿por qué ahora se expresaba como si inspirada por la locura estuviera descubriendo una conjura del mismísimo diablo?

No tardaría en comprobar lo trascendental y decisiva que resultaría esta fiesta  para ella, especialmente desde que al día siguiente descubriese un moratón en la espalda del bebe de April mientras le cambiaba los pañales. La madre  no pudo decirle cómo había sido provocado. Sin duda aquel moratón tuvo que ser para Nobra una confirmación a sus sospechas. 

Mercadillo.
(05/noviembre/2018)

Una tarde de mercadillo en que la atmósfera estaba particularmente densa visitamos con Ilan el puesto de pareos africanos de su hermana y  novia de su mejor amigo, Frank Edwards.  Frank trabajaba de ingeniero en una plataforma petrolífera en medio del Atlántico, así que April pasaba grandes periodos sola, que Nobra  intentaba mitigar  por mandato expreso de Frank, pero la orden de Frank no era necesaria. April despertaba un afecto merecido. Tenía cualidades que ella admiraba. Entre otras, un  saber estar que proyectaba elegancia, discreción y dignidad. Así que cuando April, después de tener a su hijo, se quedó de nuevo sola, Nobra incrementó su dedicación hacia ella con toda naturalidad.

Aradia, de la que solo sabíamos que debía ser hija de papa, a juzgar por la vida desocupada que llevaba, estaba pululando por el mercadillo también. En cuanto nos vio saludó expresamente a Nobra y le puso en las manos un horrible llavero de madera con la imagen de una mujer colérica que amenazaba con el índice y que curiosamente se parecía a Nobra. Un recuerdo de su viaje a la India que le erizó el bello del brazo y que bien podía haberse ahorrado. A Ilan el llavero tampoco le agradó, pero como buen británico dio las gracias y lo dejó olvidado en el portallaves del apartamento. Al poco tiempo Aradia les regaló una bola de cuarzo tallada que les agradó bastante más. El mismo día que recibieron aquella bola tuvieron su primera y última disputa. Nobra se sorprendió realizando inconscientemente el gesto de la mujer del llavero y en ese instante supo que había perdido definitivamente a Ilan. Como si de un horrible artilugio de vudú se tratara lo tiró a la basura.

Una punta de flecha envenenada.
(20/noviembre/2018)

Cuando paseábamos su silencio evidenciaba que se hallaba muy lejos del suelo que pisaba.  Una de esas tardes me recordó  la esterilidad de las dos adelfas que  Ilan le había regalado en pleno desentendimiento. Pensó en como el sorpresivo abrazo de las plantas en Nochebuena  y el intenso aroma  de su repentina floración  con el que  despertaron  la mañana de Navidad  podría haber recuperado la magia de la relación, si no hubiese encontrado en el maletero de su coche  una laja punzante que contenía su nombre escrito con esmalte de uñas rojo y  una cruz invertida que enseguida enterró. Inmediatamente sospechó que el objeto  únicamente podía proceder de Bríxida, la amante, y de su queridísima Aradia. Otro de sus «detalles». La mal disimulada animadversión que ambas  mostraban  hacia Nobra, y el indignante chantaje  que la segunda le hizo para que se marchara de la isla pagándole el billete a donde quisiese bajo la  condición de que jamás regresara, sustentaba la acusación.

Mi desconfianza  hacia Aradia  aumentó  cuando Nobra me especificó además que el   ofrecimiento fue  hecho con otra extraña condición: que no le comentase nada a Ilan. Lógicamente  Nobra   rechazó el pasaje y se lo contó a su novio. El lo desoyó actuando con el clásico encanto británico o, lo que es lo mismo, cambiando diplomáticamente de tema, pero el interés de Aradia  en que desapareciese de la isla no por ello dejó  de ser preocupante  y perturbadoramente malicioso.  Para nosotras   estaba  cada vez  más claro que algo se cocía.   No así para el inglés, a juzgar por su indiferencia. 

Tengo que decir que Ilan era un hombre normal y sencillo, ni guapo ni feo, pero sensible, tierno, dulce y, sobre todo, atento. Nobra no entendió su momentánea sordera, pero estaba convencida de que era   extraordinariamente bueno y que a su lado nada malo le sucedería, así que acabó ninguneando el chantaje  ella también.   Sin embargo, a  esas alturas la relación se mantenía sin apenas pasión ni comunicación y Nobra lo sabía. Su compañero en cambio se mostraba completamente ajeno a esta percepción por lo que actuaba despreocupada. Con todo, me reconoció que el viaje de Leeds a Cornualles resultó trascendental para ella. Fue una aventura espiritual llena de introspección. En la región de Somerset, tras el Festival de Glastonbury, pisó las ruinas de un Camelot medieval, reconocido a medias por francos y germanos, con la sensación constante de que la historia con Ilan, ella lo llamaba Lot –su Lancelot particular– se acababa; nunca me atreví a preguntarle quién era pues Arturo.

Soy de la opinión de que cuando aparecen los primeros síntomas de decadencia en una relación la ruptura es inevitable. Puedes prolongar la agonía, pero la muerte es segura. Consciente de ello  mi amiga luchaba en secreto por desmentir la brutal sentencia. El hecho era que habían dejado de ser la envidiable pareja de enamorados que recordaba.  Le advertí que esas corazonadas mellarían la relación si continuaban persistiendo y no hablaba con él, pero ella se empeñó en ignorarlas. Suspicacias de una susceptibilidad engañosa lo llamó. Una forma de justificar su desazón y restar importancia a un desamor que presentía tan certero como el que presenta la muerte, y malestar con el que continuó viviendo hasta que no quedó nada que salvar, la ruptura se hizo oficial y comenzó su encierro.

Me fui a vivir con ella.

El encierro.
(01 /Diciembre/2018)

Solía pasar las mañanas en su escritorio, acompañándose de música y té pues había cogido el vicio de los ingleses. Por entonces ambas trabajábamos como redactoras en el semanario por lo que nos sentíamos ociosas. Demasiado tiempo para elucubrar.

La mesa de trabajo estaba arrinconada en el pequeño salón frente a la ventana, oculta a la mirada de curiosos por una tupida tela blanca que hacía las veces de cortina. El apartamento era alquilado, pequeño pero luminoso. Dotado de carácter e intimidad. Todos decíamos que tenía calor de hogar y Nobra sabía muy bien que el calorcito provenía únicamente de aquel rincón. Un espacio modesto y dedicado al estudio que manifestaba con escasos detalles su personalidad. Un viejo fotograma en que ella aparecía tras el visor de una cámara cinematográfica sustituía la clásica fotografía que los yuppies suelen colocar en las mesas de sus despachos para recordar que también tienen una vida privada; para ella una vida olvidada. Un sello rescatado por mi hermano de un anticuario francés hacía las veces de pisapapeles y lo que más llamaba mi atención: el desmesurado orden.

Era un apartamento adaptado a nuestras necesidades más vitales, carente de adornos y presunción. Dos pinturas costumbristas de técnica espatulada, algún que otro objeto de arte utilitario africano, y pocos discos de música étnica y clásicos contemporáneos marcaban nuestras tendencias estéticas, artísticas y musicales. Yo no me quejaba. El apartamento estaba bien, pero Nobra echaba de menos un espacio más íntimo que el que le ofrecía aquella estancia. Una habitación más en la que ocultar su trabajo a las visitas y en la que encerrarse, pues ya no frecuentaba la playa sino que ocupaba sus horas en aquel salón, sentada frente al papel, quieta y concentrada en sí misma, absorta en sus pensamientos, escuchando las sirenas de los barcos y el bullicio del muelle, aunque esto último empezaba ya a resultarle también insoportable.

El sol estaba garantizado y a ella le agradaba especialmente sentir el trinar de los pájaros y la calidez de algunos rayos mientras escribía. Los alisios barrían la isla de nordeste a suroeste atemperando las temperaturas. La vegetación de la isla: rala, xerófila y esclerófila, conformaba un paisaje desnudo que pronunciaba la escasa altitud del relieve. La isla majorera carecía de dragos y sabinas, pero tenía su propio encanto y contaba con varios parques naturales, como el paraje siempre cambiante de las Dunas de Corralejo; un entorno cercano en el que nos gustaba perdernos.  A pesar de nuestra complicidad en la convivencia, nuestras rutinas acabarían separándonos sin por ello dejar de sentirnos como hermanas en ningún encuentro.

La conjura.
(13/Diciembre/2018)

En realidad lo que  Nobra hacía cada mañana era enfrentarse a sí misma con una hoja en blanco que llenaba de pensamientos. La mayoría frustrados. No creía en sí misma, pero albergaba la esperanza de descubrir en sus relectura algo que le ayudara a superar su crítico momento. De modo que el hábito se convirtió en ensayo.

En los últimos meses el acto era ya más un ejercicio meditativo de autoconocimiento que de invención novelesca o práctica periodística. Me contó que cada vez le costaba más redactar la columna del periódico. Se estaba «rayando» intentando comprender lo que le estaba pasando y eso no le dejaba pensar en nada más.

Nobra –de firma anónima  en el periódico– sabía ser objetiva y, como todos, intentaba ser lo más cartesiana que podía, pero la lectura de los hechos acaecidos le mostraba con lógica convincente una conjura que le llevaba a pensar que o bien la querían volver loca o, por duro que parezca, matar. Algo que el chamán le confirmó  y que  de ninguna manera podíamos explicarnos ni queríamos entender.

«Just in Time»  en francés.
(06/enero/2018)

Era el 06 de enero. La mañana estaba fresca y soleada y fui a buscarla para dar un paseo. Cercano al escritorio tenía una flor de pascua que regaba con mimo. Según ella el termómetro de un amor espontáneo en el que había puesto nuevas esperanzas. «Just in time», pero esta vez —Navidades del 99— en francés. Jean Ernaut, un aventurero vasco-bretón recién llegado a la isla con el que inmediatamente conectó.

Caminábamos por el paseo marítimo echando de menos las chaquetas cuando nos encontramos con el francés y con él la dejé.

Un café y en seguida la mutua confianza que se tenían se evidenció.  Jean era cantante y compositor y su conversación no desmerecía su atractivo. Nobra con el pretexto de que en Francia todas las mujeres tenían una canción le preguntó que decía la que llevaba su nombre. Jean asintió y solo le tradujo la imagen de un hombre que en edad avanzada se pregunta todavía a quién ama su mujer. Nobra se atragantó y carraspeando le preguntó cómo acababa la canción. Él le sugirió dejar el final en dos interrogantes y ella pensó: “Acaba de colgar mi vida entre dos hombres”. Para Nobra todo eran señales. Seguro que el mensaje se lo tomó como el enigma del nuevo año.

Los comentarios del francés la intrigaban y la inspiraban cada vez más.  En una ocasión le advirtió:

—Tendrás que acostumbrarte a la soledad por una larga temporada. La soberbia no es buena compañía. _y a su memoria vino el recuerdo de Iván.

Cuando estaban juntos le hacía extrañas preguntas: ¿Qué miran los que no quieren ver nada? ¿De dónde sale el aliento de la vida? ¿A dónde van los pensamientos? etc. Después, sin esperar respuesta, se iba y no regresaba pasada una o dos semanas.

Para mí era un buen hombre que, consciente de su problema,   intentaba por todos los medios sacarla de su ensimismamiento.  Ella se había enamorado del francés, cierto, pero seguía queriendo al inglés. No podía quitárselo de la cabeza como tampoco a Aradia, y ésto Jean lo sabía, como sabía también que su pronta partida la dejaría cargada de dudas y esperanza.

Si  Nobra nunca pudo explicarse  el llamémoslo caprichoso comportamiento  de Aradia ni la complicidad de Bríxida en el oscuro asunto, yo, por irracional que parezca, interpretaría sus presagios concluyendo que, tanto el tremendo anuncio  de indefensión y  alarma que para ella supuso la pérdida de su único amuleto y  posesión más preciada (el  anillo forjado con las alianzas originales de sus padres), como el  terrorífico indicio de fatalidad revertida que para Bríxida tuvo que ser  el inmediato accidente que en consecuencia –tras el entierro de la maligna laja– sufrió, destaparon la realidad de una peligrosa práctica  de hechicería en una trama que no terminaría hasta que no se fuese de la isla.

El mundo parecía querer advertirle de algo y ella, más que  atender,  se esforzaba en asumir lo que su juicio todavía sano deducía: ¡Una locura!   La vida para Nobra era  puro vaticinio y la lógica  que aplicaba cada vez más repentina.    El potencial de locura  que  su tragedia contenía era notable, pues descubría un mundo alimentado  con un dramático y empalagoso romanticismo,   completamente ajeno a los tiempos que corrían, y   un sentimentalismo  exacerbado hoy irrisorio; sin embargo, no fue eso, sino el grado de inquietud y ansiedad que alcanzó intentando vislumbrar el alcance y las  posibles consecuencias del maleficio recibido, lo que precisamente  suscitó el verdadero drama del poema que escribió  como sigue, con clara conciencia ya de que si no hacía algo perdería de nuevo un gran amor.

El susurro de TINDAYA en Navidad.
(28/ Febrero/2018)

Un Príncipe llamado Sueño a una isla embrujada arribó y de la tristeza de una princesa se conmovió entrando en su vida la noche de Navidad. Era el cambio de Milenio. Magos y adivinos auguraban fuerzas secretas que unirían a las personas que más concordaban entre sí. ¿Una señal entonces? ¿Qué más da: oros, copas, bastos o espadas? Las cartas están echadas y el tiempo decidirá el As.
La princesa Sol, condenada al ostracismo de aquella isla paseaba sosegada, esperando el barco que en sueños le prometía que el exilio de su alma concluiría algún día. Cada ocaso imaginaba que no era la única mirando a las estrellas y cada amanecer despertaba confiando en que el Océano ¡al fin! su anillo le devolvería.
Fueron las traicioneras mares de un funesto septiembre las que robaron su sello de princesa. Allí desnuda, en medio del inmenso azul, fue raptada por Neptuno, ultrajada por sus aguas, y desde entonces vivió enajenada con el mundo.
Una tarde de aquel invierno, en que la primavera se anunciaba ya con romántico oleaje, el apuesto príncipe arrulló a la princesa con su canto, y en el eclipsado corazón de la fémina un castillo de arena se desplomó y otro se cimentó.
Príncipe y Princesa subieron juntos a la cumbre y quisieron proclamarse Rey y Reina de corazones, pero los ánimos mostraban marejada en el amor y el susurro de Tindaya advertía: mejor ser príncipes sin trono que reyes destronados.
El Príncipe Sueño: mundano, quijano, juglar y algo pendenciero, jugó sus cartas y lo hizo mal. Caballero humillado negó lo que sus ojos decían. ¿Qué más da príncipe, Copas, Oros, Bastos que Espadas? Las cartas están echadas y el tiempo decidirá tu As.
La Princesa Sol, amiga de su pasado, de su corazón nunca a nadie quiso desterrar.
Dama herida, su miedo a pasar la página le hizo dudar: ¿concubina, sierva, reina o hechicera? ¿Qué más da princesa? Las cartas están echadas y el tiempo determinará tu As.
Princesa Sol,
Ahora sufrirás pensando que tu hoy ya es su ayer y que tu príncipe, allá en su castillo, una nueva princesa halló; la princesa luna, que arropará su sueño y levantará murallas de sombras a tu recuerdo.
Príncipe Sueño,
Del mar a una de tus almenas este canto de sirenas llegará: búscala en tus sueños más remotos y si la encuentras, ve y rescátala, porque en los suyos ella ya te ha encontrado.

Una apacible tarde de principios de marzo se despidió de ella con el corazón encogido y no volvió a verlo ya. En realidad la historia con él se reducía a este poema, un castillo de arena en la playa de Punta Elena y el recuerdo de tres encuentros pasionales que devolvieron algo a su sonrisa. Ciertamente su corazón tenía ya dos interrogantes.
El francés, a quien apodó «ladrón de calcetines», porque nunca le devolvió los dos pares que le prestó –tampoco los quería– respondió preguntándole qué pensaba de las promesas incumplidas. Nobra recordó el  obsoleto «love forever and a little bit more» de Ilan y la relación  se quedó ahí. No pasó de una mera y aturdida aventura, pero así la vivió y así lo expresó.

(22/Marzo/2018)

Serían circunstancias de otra índole las que a mí me conducirían a un estado existencial similar que, al igual que en  ella y cual prueba de fe, desmantelaría mi ciega confianza en la  absoluta veracidad de la razón objetiva.


—Pasión—
(06/Septiembre/2018)

Domingo de Ramos, año 2000: Pasión

Recuerdo que ese día –18 aniversarios atrás– concluí su  mensaje. Lanzaríamos la botella más tarde. Todavía teníamos que redactar  la columna para el periódico. Con todo, yo no podía dejar de  seguir divagando sobre cuál sería el destino de dicho mensaje: ¿llegaría a alguien, conmocionaría al mundo o acabaría como un grito de silencio, o lo que es lo mismo, perdido en el fondo del mar?
Regresé al papel y al tema que me apremiaba. En vano intenté concentrarme en algún tema sociopolítico de interés para la isla. Mi mente quería vagar en otras direcciones.

Recuerdo que estaba escuchando el ya clásico tema de Ennio Morricone:  «Moisés, el legislador».  ¡Es increíble lo que este compositor consigue con un crescendo de apenas 4 minutos! Quería prolongar la emoción contenida indefinidamente, así que lo convertí en bucle pulsando la función “repeat” de mi aparato musical, y me concentré en una imagen de Stonehenge en un día tormentoso hasta percibir el instante con una intensidad y sensibilidad que Nobra y Girgel bien entenderían.  El mantra funcionó.

Comprendiendo el pasado y el presente no tendría que ser difícil predecir y corregir el futuro –me dije-. Recordé la Carta del Ángel Custodio que el chamán de la isla me había entregado:

“Está a punto de revelarse ante ti un camino que te pondrá en contacto con la espiritualidad: solo tienes que confiarte a tu capacidad de comprensión para hacer algo. No te resistas”.

Volví al papel. No se me ocurría nada periodístico y quería evitar el naufragio del grito de Nobra. Desistí y decidí practicar lo que llaman escritura automática. Las palabras eran ilegibles al principio, pero en sucesivos intentos se fueron mostrando con claridad. De repente una frase:

«Tu silencio también es elocuente para nosotros».

Así empezó mi transcendental experiencia: los garabatos se convirtieron en palabras, las palabras en frases, y las frases escritas en voces… Al momento una secuencia visual: la imagen mental de una figura andrógina, etérea. Este ser  fue dirigiéndome –siempre frente a mí, por lo que avanzaba de espaldas– un recorrido específico por la casa. A cada paso guiaba mi atención visual sobre una serie de objetos, y con cada uno me transmitía un mensaje.

Recuerdo que parecía un director de orquesta. Apuntando con su índice derecho al techo (en mi contexto: el cielo) y, girándolo constantemente al compás de la música, me hizo entender como si de una sinfonía se tratase la conexión que hay en Todo (sucesos, personas, animales, plantas y cosas). Al igual que un director de orquesta, que bajo el plan de un compositor combina los diferentes instrumentos para conseguir una determinada armonía musical, así también, pero bajo el plan magistral universal, las cosas interactuaban en la vida reproduciendo una sinfonía para cada uno. ¡El ángel custodio existía y su  predicción era cierta!  ¡aquella carta era mágica!

Embriagada por todo lo que me decían y por la comprensión que estaba alcanzando de nuestra participación cósmica entré en éxtasis experimentando una felicidad indescriptible. Los asuntos mundanos de la vida dejaron de preocuparme: el trabajo, mi soledad… Todo perdió su importancia. Lo único que quería es que ese sentimiento de conexión con el universo no desapareciese jamás.

Todo se volvió significativo y simbólico. Los libros y sus ilustraciones, los periódicos con su específica selección diaria de noticias e incluso la televisión y su secuencia de anuncios tenían un mensaje oculto que me estaba siendo revelado. El Tao Te Ching que estaba estudiando y su oráculo se volvieron comprensibles. La guerra cósmica, el enfrentamiento entre el bien y el mal me estaba siendo justificado y lo que es mejor, explicado. Perdoné y disculpé a los que me habían hecho daño y los justifiqué sin requerir su intervención. Lo entendía todo y mi desapego por las cosas de este mundo terrenal llegó a ser total.
El sentido de mi vida era infinito, la felicidad tremenda, y yo quería compartirlo con todo el mundo. Hacer de mi verdad privada una verdad universal ¿Me creerían?

Gracias a este ser desarrollé una conciencia hasta entonces desconocida: los objetos en los que me detenía no traían simples recuerdos a mi memoria. Estaban allí porque así debía ser. Habían llegado a mis manos con un fin y ese fin, para bien o para mal, me estaba siendo revelado. Comprendí que todo, hasta el detalle más nimio, tenía un propósito en la trama universal, y que el mal acababa siempre por servir al bien.

Aprendí a releer mi vida. Era sencillo, solo tenía que hacerlo en corriente alterna, como los hechos o dichos del pasado que pasan inadvertidos en su momento y de repente, en algún instante de tu presente, te afectan o te dicen algo que aporta mayor sentido a algo específico de tu vida.  De esta manera,   ampliando mi consciencia sin límite aparente de inteligencia, me  percaté de que con ello lo que el ángel  pretendía en realidad era enseñarme los secretos de la palabra y el  arte  necesario para  comunicarlo desde la óptica más completa: la cuántica; la  que contempla la Luz en toda su información y  fenomenología espiritual; es decir aplicando a la psique las mismas interacciones electromagnéticas que la hacen inteligible en  la materia: reflexiones y refracciones, difracciones, interferencias y polarizaciones que determinan  su propagación y velocidad. Comprobar con esta dialéctica interna  la esencia de la consciencia o cuanto menos intuirla resultaba apasionante, pero a pesar del impulso  de mi guías  ¿lo conseguiría?

En plein sens.
(06/septiembre/2018)

Ese viaje me fue anunciado en la navidad del 1999, pero no se hizo realidad hasta la Pascua del siguiente año. Dos seres entrañables me hablaron.
Jensiliah me ayudó a introducirme en mi mente, a desdoblarme y navegar en dirección contraria a la órbita trazada de mi vida y sobre todo me ayudó a comprender el antes y el después con el ahora.
Mermeliades –le puse ese nombre porque el real era impronunciable y me hacía reír- me enfrentó con comicidad a mis ogros,  fantasmas y  pasiones.
Con ellos conocí mis defectos y virtudes, mis carencias, mis límites y potencias, y  mis miedos más soterrados. De los cuales he sabido, por fin, a que se deben.
Creo que el primer indicativo de locura es la mirada, así que de cuando en cuando me miraba en el espejo para reconocerme. Mi cara y músculos estaban contraídos, pero la mirada siempre relajadamente serena; como muy pocas veces la he visto.

De pie ante el espejo, solo podía repetirme que si el nirvana era posible yo lo estaba viviendo. Finalmente entendí el poder que encierran las palabras y sentí mucho miedo a pronunciar alguna. Me acordé de ti, hermano, y lloré hasta desfallecer. Acababan de revelarme el sentido de mi vida: La Misión. ¿De verdad lo lograría? ¿Estaría a la altura?.

—Thánatos—

Solía escribir lo que no podía decir en el momento. De esta manera desahogaba mis réplicas impedidas. Argumentos que nunca llegaban a los interesados, que se quedaban en el papel esperando la respuesta de la propia vida, del destino. De ese modo me sentía menos fracasada. Mi voz no llegaría a quien quería, pero al menos no sería desoída por el mundo. Me gustaba comprobarlo con el tiempo. De ahí extraía el hálito vital que me sostenía y toda mi cosmogonía. 

Si el problema de ese día fue la aceptación de lo que estaba experimentando: un contacto extrasensorial estimulante y nada fácil, ya que se confunde con locura.  En los 5 siguientes tuve que aceptar lo  inevitable: la introspección más despiadada  que de modo positivo he sufrido jamás.  Un juicio final con mi propia conciencia como fiscal y la impasibilidad de un Dios que se mostraba con la autoridad fría y objetiva del que todo lo sabe y ante el que nada puedes esconder. Luego devino el análisis: el esfuerzo intelectual más duro  al que he sometido mi cerebro.

(10/Septiembre/2018)

Jueves Santo, 2000: Última Cena

Desperté sin haber dormido y con  hambruna el día del jueves santo. Había voces nuevas, como si alrededor de mi cama hubiese un corrillo de espíritus hablando en animado debate. No los veía, solo les oía. El tema me daba pánico.

— ¿Qué le ha ocurrido al mundo? bajo una confidencialidad obligada y legalizada se está permitiendo un contagio en masa _Dijo uno de ellos.
—Es cierto, los infectados se dedican a contagiar a otros bajo el lema: «cuantos más como yo, mejor»_Añadió otro.

Estaba claro, me estaba muriendo y habían venido a buscarme. Me abracé y lloré, dejándome caer en el rincón más oscuro de la habitación. Ellos me lo negaron una y mil veces.

—No son tus tinieblas, Elena. _Me aseguraron.

Entonces me pidieron que cogiera la rosa amarilla  de mi escritorio y la metiera en un vaso con agua.  A mí me pareció una estupidez porque la rosa llevaba tiempo seca, pero insistieron y con gran congoja lo hice. Semanas atrás, y  a cuento de nada,  un desconocido  se acercó, me sonrió  y de forma graciosa y espontánea me la entregó marchándose al instante sin mediar palabra.

Consiguieron calmarme algo hablándome de mi futuro. Al parecer lo tenía. Después me pidieron que tirara las tijeras, cuchillos y todos los objetos cortantes que encontrase. Posteriormente me sugirieron que hiciese una limpieza general de mis cosas.

—Donde vas no necesitas esto. _Me repetían constantemente mientras acometía la limpieza de mi armario y de los objetos que había acumulado estos años.

Según ellos, tenía muchas cosas que ocultaban secretas y pérfidas  intenciones. Así que me deshice de todos los regalos, menos de uno: la fotografía de Stonehenge. No quería cerrar aquella puerta, acabé reconociendo.

Me recordaron la rosa y fui a verla. Su tallo había resucitado, no así la flor. La cogí y la observé meticulosamente. Su aroma era intenso y su aspecto tierno; el color verde del tallo era más claro aún que el de la hierba. No amaderado como es en realidad.

Me explicaron que me sucedería lo que a la flor. Resucitaría mi cuerpo, pero no mi cabeza. Sentí un miedo aterrador…

Ante esa semimortalidad  ¿qué muerte es preferible: la física-corporal o la psíquica-mental? ¿saberte enfermo o tener  el fantasma de la enfermedad metido en la cabeza? Hay muchas formas de vivir, pero en todas se muere. La muerte como vida podría ser la mejor de todas las vidas porque no muere, es siempre muerte. En cambio,  la vida si no se sabe llevar se convierte en siempre muerte también, pero sin esencia divina… 

 ¿Qué estaban intentando decirme?   Sonó el timbre.  Era una vecina. Completamente alterada, le pregunté si veía lo que estaba viendo yo en aquella rosa. Me contestó que la estaba asustando y se marchó.

No sabía que era mejor si pensar, escuchar o intentar escribir. Decidí ir a pasear por la playa, pero antes de salir me aconsejaron que recitara la siguiente súplica: «que todo el mal que me hayan enviado vuelva al que me lo haya enviado sin haberme tocado».

No sé qué hora sería. De seguro que tarde porque la playa estaba vacía, aún así escogí el pedacito que entre rocas y setos ofrecía más intimidad, y allí me senté recordando mis amoríos.

—Busca la verdad, ¿quién llega más directo a tu corazón? _sin esperar respuesta por mi parte, sentenciaron_ Regresarás a la Península, entonces.

Por un momento salí de mi marasmo y, con la reposada confianza del que sabe que tiene un guía en su camino, contemplé el oleaje con gran serenidad. Al poco rato, me descubrí rememorando con una consciencia desconocida pasajes olvidados de mi vida. Sin poder evitarlo, los comparé con los capítulos silenciados de los apóstoles que las voces me iban revelando a un tiempo.

El nuevo experimento mental me permitió comprender el conflicto interno de quienes los habían protagonizado y, desde entonces, meterme en la piel de cualquiera con acierto. En cambio, tomar conciencia de mí a través de todos ellos me removió tanto las entrañas que decidí pedir ayuda.

Me levanté nerviosa y confundida, mirando a todas partes sin saber qué dirección tomar y rogando a Dios que me cruzara con la persona indicada. Decidí dirigirme al paseo marítimo. Lo único transitado a esa hora. Fue entonces cuando divisé una persona caminando por la playa y hacia ella me dirigí. Se trataba de una monja. ¡Salvada! Quién mejor que una religiosa para ayudarme, advertí.

Sin embargo,  aunque durante el trayecto pude escoger las palabras más adecuadas de mi SOS, al producirse el encuentro ninguna de ellas me brotó. El abordaje,  pronunciado con una torpe súplica de ayuda, sin más explicación que la de no saber lo que me pasaba,  resultó tan violento que lo único que conseguí de ella fue que desconfiara y sospechara de mis intenciones. ¿Qué podía hacer ella? Solo era una monja, argumentó con injustificada impotencia.

—Lléveme a su convento_ rogué con insistencia. Quería obtener el descanso de su propia celda, nada más.

Acabó tan asustada que cortó de golpe la conversación y mandándome a casa con viento fresco se despidió sin más. La indignación se apoderó de mí y el nerviosismo desapareció. Estaba en lo cierto. Vaya que lo estaba! Las monjas no servían para nada más que para rezar, y con oraciones solamente en este mundo no se ayuda a los necesitados. Su principal voto, creo recordar. De buena gana se lo hubiera gritado si el desconcierto no me lo hubiera impedido.

Defraudada por haber constatado sin desearlo aquella certeza que a costa de una bofetada declaré siendo niña, volví a casa. No había un largo camino que recorrer, pero era ya de noche, y a juzgar por la profundidad del cielo muy tarde, y además para llegar tenía que cruzar un descampado. De nuevo una mano invisible en mi hombro y una voz que me instó a mirar atrás con rapidez. A poca distancia vi como un hombre me mostraba un  largo pañuelo estirándolo de un modo alarmante. Me amedranté y salí disparada a casa de aquel desolador campo.

Al abrir la puerta las voces me instaron de nuevo a recitar aquella frase: «que todo el mal que me han enviado vuelva a quien me lo ha enviado sin haberme dañado». De nuevo, terror. En casa me hicieron detenerme en los dos cactus que tenía en la encimera de la cocina. Al tocar uno de ellos se desinfló expulsando un polvillo negro entre un humo acre. Toqué el otro y le pasó lo mismo. Aquellos cactus ahora podridos, sin vida, habían estado absorbiendo el mal que me habían enviado hasta perecer, me aclararon. Al parecer me habían estado protegiendo.

(11/septiembre/2018)

Viernes Santo, 2000:  Crucifixión.
SOS: Muertos en vida.
Afrontando una muerte simbólica.
-la gran prueba-
Un hombre que muere antes de morir no expira cuando fallece.

Esa noche tampoco dormí. Me obligaron a continuar reflexionando…

Como un ángel  que viene y va sin detenerse a mirar así es la muerte. Ella no cambia  para cada uno aunque transforma el aspecto de las cosas. Convive con nosotros mostrando siempre la misma sonrisa trágica; su olor es agrio y hediondo como el azufre, su presencia tan gélida y gris como el invierno y su lenguaje tan aséptico como esta comunicación. Ahora consciente de mi trance, todo parece inerte, corrupto. La casa está muerta también. La pintura, los muebles… Todo está sucio, viejo, sin vida. Todo parece morir conmigo. 

Los ángeles de la muerte no profesan ética ni fe. No son del bien ni del mal. Simplemente te abren las puertas del más allá con una indiferencia espantosa, y es nuestra propia conciencia la que definitivamente se erige  en fiscal supremo. En ese trance la conciencia se separa de tu psique y con una impasibilidad brutal repasa contigo tu vida siendo tú mismo quien te juzgas. Si hay algo en ella que no te perdonas quedas condenado a…  (me atraganté y volví al papel).

En realidad si aterran es porque son los únicos que con su visita pueden dictaminar  una muerte física o espiritual, y convertirnos sin darnos apenas cuenta en siempremuertos: cuales zombies; físicamente vivos, pero espiritualmente muertos.

Pensé en ciertos pseudoamigos y en la morbilidad que me rodeaba. Es fácil reconocer  la  gran mortandad de almas existente en nuestros días, pero mucho  más doloroso es  observar la degollina en aquellos que amas, porque es cierto que el hombre  que se ignora a sí mismo abandonando, despreciando y olvidando su espíritu pierde la inmortalidad de su ser.

Por un momento desvié la mirada  del papel y descolgué  la fotografía de las ruinas de Stonehenge de la pared con la intención de destruirla y cerrar definitivamente la puerta que me comunicaba con un mundo sensorial y cognitivo que ahora aterraba.  No lo conseguí.   Mi interés por ella  en realidad se había disparado. 

La observé detenidamente recordando una vez más la vivencia de aquel sobrecogedor amanecer   que con tanta frecuencia solía contemplar.   Aquella fotografía era el único vestigio de mi breve aventura en  Inglaterra. Un fotógrafo, amigo de Ilan y entonces también de Nobra, me la regaló  al ver mi reacción e insistencia tras la excursión programada por mi visita. Ya había visto fotos del megalito, pero esa sí llamó mi atención. Su atmósfera  atraía aunque resultaba trágica y misteriosa. La imagen estaba cargada de fuerza y despedía humores extraños al que la contemplase. Todavía recuerdo el escalofrío  que recorrió mi cuerpo al contemplarla por primera vez. Estaba claro que fue meditando la experiencia con la mirada detenida en su cielo como abrí la puerta.  Me angustié. Sabía que tenía que cerrar aquel paso definitivamente, pero no quería  hacerlo todavía y menos aún destruyendo la fotografía.

Ante mi creciente agonía me hicieron coger la raíz de un trébol e introducirla  en el marco negro de mi retrato,  entre el cristal y la imagen. La raíz fue bajando lentamente.  Pasó un buen rato y ya no bajó más. Una cuestión de física, exclamé. Ellos asintieron. No obstante, me aclararon que su escaso descenso simbolizaba también la profundidad de mis raíces en el infierno: superficiales.

El comunicado resultó efectivo. Me tranquilicé y pude regresar al papel.

Vida hay en todo lo que existe por insignificante o inerte que nos parezca.   Si el hombre muere espiritualmente también lo hará el universo, pues formamos un todo sincronizado de consciencia colectiva en caótica armonía psíquica y espiritual. En verdad tenemos el poder de transmitir energía vital a las cosas inanimadas y quitársela a las animadas. Es el diario maldecir y bendecir de la vida, pero en nuestro mundo se maldice demasiado hasta en opinión del mismísimo diablo y el universo se está resintiendo por ello.

Vida es muerte, pero muerte no es vida. Así lo entendemos ahora, pero si la vida es muerte por lo mismo la muerte debe ser vida. Otro estadio existencial del que me atrevo a decir: consciente. La muerte solo responde a ese nombre: Thánatos.  Con esa espantosa figura estoy traspasando las fronteras más vitales de su dominio… Contemplando su rostro  se comprende que se trata de un combate ya demasiado viejo  para el  mundo y sin esperanza alguna de conciliación:

Del lado crédulo los gnósticos. La creencia en el más allá que profesan se debe a su conciencia espiritual. Ésta les aporta una consciencia en que la fe no es desmentida por la razón. Conciencia y consciencia les lleva a pretender  entender la vida como una fase más de conexión con el espíritu universal y a disfrutar su misticismo.

La situación  empeora  y la desazón aumenta si lo contemplamos desde el lado agnóstico. Desde su pragmatismo solo hay una vida frente a la cual no hay que rendir cuentas ante nadie más que a uno mismo. En su descreencia defienden un ideario que sacraliza el mundo físico, con todo su utilitarismo  y  materialismo, condenando a la hoguera cualquier interpretación  alejada de las ciencias más exactas por herética.   Un pensamiento  con el que nunca comulgaré, puesto que desemboca en un absoluto y desesperanzador nihilismo.

La muerte que éstos conciben es su final y es el miedo a ella lo que les hace seguir vivos. Su vacío espiritual no les impide apostar por el mal si les beneficia, porque ciegos de materia desconocen en qué consiste la inmortalidad del espíritu vivo y en vivo.  ¿Acaso esa era la meta?  me pregunté. 

En realidad para mí resultaban tan dogmáticos y cerrados a la discusión unos como otros, pero sobre los últimos algo comprendí:   conseguían atraer  a  la gran masa de desengañados  que con desconfianza y prevención combatían  cualquier creencia, incluida la ausencia de ella, como  única actitud aceptable por considerarla científica. El conformismo que defendían, y  que según ellos colocaba al hombre en su verdadero   lugar,   presentaba contradicciones. En mi opinión  solo conducía a una ceguera total y a la más simple subsistencia.  Un consuelo de  argumento fácil para tener un pasar despreocupado, pero nada más.  ¿De verdad esa era la meta?  

Lo cierto es que, despreocupados o no, la negación y el rechazo de cualquier concepción inteligible de lo divino que profesaban se debía a su muerte espiritual.  Esto no quitaba que practicasen el bien o mal; cuestión puramente ética o moral que viene dada por la socialización. Su relativismo les impedía formar la  noción de lo absoluto a la vez que les constreñía a su temporalidad más terrenal, e incapaces de reconocerse en íntima conexión acababan negando con verdadera repulsión  cualquier posibilidad de integrar un Todo existencial por  nuestra incapacidad para definirlo. Simple coherencia intelectual, decían.

El  problema radicaba, como siempre, en la duda. Actitud humana definitoria y sobre la que «ellos» (¿los ángeles?) están actuando. Un  asunto que  no debemos desatender, porque lo único que confiere espíritu al cuerpo, y con ello eternidad, es la aceptación de  la capacidad que tenemos para transcender los límites naturales de la experiencia en la forma concebida desde nuestra identidad universal.  Somos mucho más de lo que creemos  y pensamos. Somos infinitos, pero el hombre no conseguirá la ambición gnóstica del  conocimiento supremo hasta que esté preparado para ello. Así me lo anunciaron.

El mal nunca muere en el corazón de los siempremuertos. Reporta más alegrías momentáneas; aquello que quieren y cuando lo quieren. Ésto les hace sentirse vivos aunque sus corazones en esos momentos mueren y contaminan. No consiguen percibir siquiera  en qué reside la grandeza y beneficio  del bien. Si optan por el contrario es porque no creen en su  utilidad, necesidad o provecho y, por tanto, tampoco llegan a descubrir los efectos de su carencia. En todos y cada uno de estos corazones se repite solo una cosa: muerte muchas veces y para siempre.

Sustrayendo respeto al óbito físico y otorgándoselo al espiritual, sin otro ismo en boga que el humanismo como actitud vital,  conseguiremos frenar  la génesis constante de un patrón de pensamiento y conducta corrosiva que nos impide acabar con el gran engaño terrenal.  

 Estaba de moda ser agnóstico, ateo, apóstata y cualquier calificativo que empezara por ‘a’. El sentido de la vida era que no tenía sentido.  No había que preocuparse más que de vivirla, por tanto. A eso se  reducía la existencia. Entonces, ¿por qué evolucionar hasta desarrollar una conciencia consciente si ésta carecía de sentido?  La pregunta que se venía haciendo el hombre desde que era sapiens  seguía en  punto muerto.  ¿Acaso yo necesitaba  mayor aleccionamiento?   ¿Qué pintaba  entonces ante las puertas del mismísimo Infierno; impotente, temerosa y sometida   a una justicia que desconocía

H. Marcuse  acertó al afirmar en El hombre unidimensional  que «el tópico sobre la banalidad del mal carece de sentido en nuestro tiempo y  (ahora más que nunca) se muestra en la desnudez de su monstruosidad como contradicción total a la esencia de la palabra y acción humanas».  Reconocer  esa ausencia de sentido en mí me desarmó mentalmente. 

Discurrir a Marcuse con los inquisidores no fue fácil, tampoco reconocerme y definirme gnóstica resultó fácil, pero  lo peor fue percatarme de lo lejos que estaba   de  comprender el alcance y envergadura de mi acción más malvada.  El Interrogatorio  resultaba cada vez más insoportable y opresivo. Profundamente cruel y objetivo.  ¿Qué pretendían  en realidad quienes así me hablaban?  ¿En verdad mi pecado era mortal y escarmentarlo exigía bajar al inframundo y quedarme de por vida ahí?
Al parecer sí, pues desperté en él.

Empecé a desconfiar de mi intelecto y a sospechar una vez más: locura.  El viaje  sumerge de tal manera en la intimidad de la tragedia que la desdicha resulta insufriblemente tortuosa  para el alma, y no precisamente por ponerte en presencia de un Dios impasible que sientes que te abandona como le pasó a Cristo en la Cruz, sino por la congoja que provoca observar como en esa hora final tu conciencia –lo más íntimo que tienes– se desapega de ti para fiscalizar tus acciones ante un Tribunal  Sagrado y  atestado de rostros de mirada inquisitiva que reconocía.  Me declaré culpable.  El sentimiento de abandono es monumental. No hay dios al que rezar, tribunal superior al que recurrir ni abogado del diablo que socorra en la defensa  si te sabes o sientes culpable.

Al margen de mi rendimiento, en aquel simulacro descubrí  de forma justa y limpia  la  magnitud de la condena que  inconscientemente sufría  por causa de   una culpa  reprimida y jamás expiada. En mi defensa  opté por denunciar con valentía la mella psicológica que  el angustioso proceso me  estaba causando  y  decidí acusar, a la espera de  veredicto  final,   la  complejidad de toda la conciencia generada en  este cuaderno.

Ahora  puedo afirmar que conozco la muerte y su averno: la conciencia, la única enfermera por la que nadie quiere ser asistido.  He  ingresado y cohabitado en su elíseo hospital   y no me excedo  valorando  su facultad. Así es la muerte y en eso consiste su drama.  Yo ya no la temo ni huelo su pestilencia.  La  eterna doctora requiere  únicamente sinceridad.

En verdad Dante nunca llegó a conocer el último infierno…  En consecuencia, si veo que uno de mis amigos ha caído  o está cayendo en alguno de los actuales yo bajaré también, aunque solo sea para servir de guía  y bocetar  un nuevo cielo con él. En el que yo pinté encontré  paz y gran satisfacción, puesto que ni  laureada o derrotada, ni conforme o resignada, dejé de sentirme siempreviva en él.  La vida cobra  magia   a través de sus sombras  tanto como de sus  luces, y  merecen  por ello ser  profundamente exploradas.

Estaba con este pensamiento cuando entré de nuevo en trance. No puedo describir lo que sentí. Básicamente recuerdo que el sentimiento de comunión no fue tan maravilloso como el disfrutado el pasado domingo y que tras el episodio me sentí bastante  intimidada, sin la más pequeña ambición ni  el deseo más humilde. Tan solo fuerza vital, paz interior y la fortuna de saberme bendecida, al menos hasta que me recordaron:

—Nunca dejes de mirar atrás.

Desde la ventana de mi dormitorio pude atisbar de nuevo al individuo en el edificio en construcción de enfrente, espiándome.  Esta vez el pánico sí me decidió. Regresaría con mi familia. La muerte me había visitado y seguía acechando.


La Partida.
(30/octubre/2018)

No intento desafiar al destino, pero yo también tengo derecho a inventarme mi propia vida. Repetí ante Girgel con la ausencia del que no tiene compañía.

— ¿Por qué te marchas ahora? _Me preguntó.
—He tenido una extraña experiencia que me ha decidido. Ha sido el viaje más fascinante que se puede realizar con la mente y los sentidos. El lenguaje es universal, coordina sensaciones, emociones, impresiones y pensamientos, y los sincroniza con las cosas de la vida en completa armonía.
No voy a decirte quien me ha dado el billete de este viaje, porque los hombres odian todo lo que suene mal, y «muerte y locura» son palabras que todos instintivamente rechazamos, aunque sean mero tránsito.
No he necesitado barcos, aviones ni coches, porque mi viaje ha sido transcendental. He volado durante 7 días y 7 noches. He recorrido el sentido de mi vida adelante y hacia atrás penetrando en una verdad infinita. He comprendido el papel que la fe y las premoniciones juegan en nuestras vidas, hasta que completamente embriagada por la emoción conseguí sentir el amor divino, viviendo una pasión llena de recogimiento interior y de misticismo. _Concluí.

Por su gesto me percaté de que no me quería decir lo que realmente pensaba. Si desmentía la experiencia obviamente no seguiría confiándome a él, así que manifestó todo el interés que pudo intentando ocultar su absoluta descreencia.

— ¿Qué te ha pasado? _Reiteró sin mucho énfasis.
—Te aseguro que he comprendido el verdadero sentido de las cosas. _Contesté con enfado por su descreencia.
— ¿Has tomado drogas? _Preguntó, ahora sí más preocupado.
—No se necesitan drogas para conocer el cielo y el infierno de las marionetas. _Una desquiciada carcajada y Girgel quedó convencido de la seriedad del problema. Cuando me serené, continué explicándome_. Creo que he tenido una experiencia transcendental. Un viaje a “plein sense” que me ha explicado todo, absolutamente todo lo que no entendía en mi vida, que era nada, absolutamente nada. Dicen que los mejores libros necesitan una segunda lectura. Si es así, he iniciado la relectura del libro más complejo que existe: el libro que narra nuestras vidas en formato de bolsillo, y yo quiero  corregirlo escribiendo  cada capítulo con las palabras correctas y en su justa  medida: la extensión  textual que, merecida o no, les ha dado   la vida. Es decir,  5 minutos de  pasión y el resto padeciendo.

Sin mediar más palabras que las propias de una despedida excusada me fui tan pronto como sus brazos me lo permitieron. ¡Había tenido un orgasmo espontáneo!

(01/noviembre/2018)

Nobra y yo cogimos el primer ferry de la mañana para partir en avión desde Lanzarote. Elaine una amiga francesa que conocí trabajando en la máquina de grabados nos acompañó y, es más, se despidió  con lágrimas en los ojos. Cuando subí al barco caí en la cuenta de que solo Elaine y Girgel habían sentido de verdad nuestra marcha. No pude evitar replantearme qué hubiera sido de Nobra si no se hubiera comprometido con Ilan tan a la ligera y hubiera esperado a ver qué ocurría con Girgel primero. Lloré. De nuevo había confundido el príncipe. Sin duda, había caído de nuevo en la insensatez de Nobra; una necedad que no conseguía escarmentar y que  esta vez me reportaría años de soledad. Así lo presentía.

Una vez en cubierta me dirigí hacia la proa. El oleaje silenció mi congoja y me permitió seguir llorando en intimidad. Me acordé de Girgel y de cómo me avergoncé tanto de la sensibilidad de mi fisiología que aceleré la despedida alejándome   tan rápido como me fue posible.   Seguro que Borges estaría de acuerdo en que con él sí lo hubiera conseguido, pues  mi alma dejaba de ser torpe en su compañía.  De todos modos demasiado tarde para actuar. Girgel tenía pareja. En el fondo me alegré y  mi arrepentimiento acabó diluido entre las aguas.

Llegué a Lanzarote con el cerebro completamente monopolizado por las voces. Cuando me vi en el avión no recordaba siquiera cómo había llegado hasta él. Ni el viaje en gua-gua hasta el aeropuerto ni el tránsito en él, pero al fin estaba en aquel avión de regreso a la Península y a los míos.

En el avión Jensiliah me hizo fijarme en el viajero de la izquierda, situado dos asientos atrás. Lloraba desconsoladamente.
—Ves, no todos los ojos lloran el mismo día. _Me dijo, contándome que aquel joven iba al entierro de un amigo.

Nadie hizo nada para calmarlo. Ni siquiera la azafata. Su compañera de asiento tampoco le dio oportunidad para desahogar su llanto. Así de aséptico y despiadado era el mundo que estábamos construyendo! Exclamó Jensiliah.

Tan consciente como los demás, yo tampoco hice nada. Miré por la ventanilla. Estábamos sobrevolando ya la península. Me acurruqué todo lo que pude en el asiento, cerré los ojos e intenté dormir, pues me sentía extremadamente cansada.

Fue un 01 de noviembre. El día en que recordamos a nuestros muertos y el día en que entre sollozos abandoné de forma definitiva una isla que adoraba, pero que ya nunca más vería con los mismos ojos.



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